Mauro_Vallejo_1_prensa_11012013_aa_92182En Familiarización neurológica versus familiarización psicoanalítica, el psicoanalista y ensayista Mauro Vallejo arriesga una hipótesis sobre Freud y su persistencia en familiarizar lo patológico, inédita para un libro, Deseo, poder y diferencia, cuyo objetivo es discutir las ideas de Michel Foucault respecto a ciertos conceptos del psicoanálisis. El volumen, publicado por la casa Letra Viva en su colección Filosofía y Psicoanálisis, se completa con textos de Matías Abeijón, Federico Abiuso, José Luis Fliguer, Agustín Kripper, Luciano Lutereau y Pablo Peusner, entre otros. Vallejo es doctor en Psicología por la Universidad Nacional de La Plata.
Periodista: ¿Cómo entender esa afirmación de que Lacan y Foucault hablaron de lo mismo pero con otro lenguaje?
Mauro Vallejo: El secreto está en recordar poner comillas a eso mismo de lo que hablaron. Aquella afirmación tiene algo de ironía, pero también pretende señalar un punto de verdad. No es sencillo resumir de qué habla la obra de cada uno de esos autores. Son recorridos intelectuales que resisten todo intento de sinopsis. Y a su vez tanto Foucault como Lacan buscaron desmontar, cuestionar o tensar categorías habituales como las de obra, autor, incluso la de pensamiento. Lacan lo hizo mediante la puesta en acto de una mixtura que muy pocos han sabido desentrañar, comprender o aceptar: desmerecer su importancia da pie a las reacciones que deciden el modo en que acólitos y enemigos se posicionan respecto de Lacan. Unos, para explicar por qué razón su maestro era adicto a un estilo tan difícil a la hora de escribir, o por qué motivo las clases de su seminario parecen emular el decir laberíntico de un poseído, no pueden sino hacer especulaciones sobre su capricho, su hermetismo o su presunto gusto por la espontaneidad. Otros, por el contrario, ven en esos artilugios formales el camuflaje torpe de un vacío al nivel de las hipótesis o los argumentos. Son dos posturas muy distintas, pero comparten una misma desvalorización de esa mixtura que incomoda a unos y otros. La copia mimética de los más fieles es, por supuesto, la resolución más irreflexiva de esa incomodidad. Es como si al hablar de Lacan, se repitieran las actitudes que en su momento acogieron la obra de Raymond Roussel: uno puede comportarse como (Pierre) Janet, o más bien continuar el gesto de Foucault -quien vio que en el novelista el procedimiento era indisociable de la obra. En estos momentos, en que el mainstream político y estratégico de la orientación lacaniana ha apostado por una asepsia democratizadora de la transmisión -tarea para la cual las constantes introducciones al pensamiento del maestro son elementos imprescindibles-, el interrogante por esa mixtura ha dejado de ser siquiera una pregunta. Aunque no para todos: por suerte una obra como la de Jorge Baños Orellana sigue teniendo la misma vitalidad de siempre. ¡Aunque no deja de ser irónico que en todo esto él haya sido el único foucaulteano entre tantos herederos del peor (o el mejor) Janet! Volviendo a la pregunta, en Foucault parece suceder todo lo contrario, pues tratándose de él las cosas serían la contracara absoluta de esa mixtura de Lacan: las clases de los seminarios de Foucault, por más complejidad que presenten los temas abordados, son claras como el agua -y es notorio el esfuerzo del filósofo por lograr una transmisión ordenada y accesible de sus investigaciones. Pero aún así puede decirse que hablaban de lo mismo. Ambos parten de la misma desconfianza hacia la posibilidad de definir lo humano en términos positivos. Sus obras tienen ese mismo punto de arranque: no se puede definir la experiencia humana en términos de tal o cual elemento o categoría; por el contrario, lo humano no puede sino definirse por aquello que, no siendo propio, lo constituye. Lacan puso en ese casillero, desde el comienzo, al lenguaje. Foucault, en cambio… En el caso de Foucault resulta complicado hallar una fórmula sintética. Cuando se ocupó de estudiar qué cosas eran pensables, o qué elementos eran capaces de ingresar al terreno de lo decible, en cierto momento de la ciencia europea, lo determinante no era el lenguaje en sí mismo, sino más bien un sustrato más profundo, que hacía posible que las palabras y las cosas pudieran encontrarse, por decirlo de algún modo. Pero bueno, desde esa premisa común, lo mismo que compartieron fue amplificándose. Sé que sonará como una sentencia superficial, pero no creo que lo sea. Foucault y Lacan fueron dos grandes pensadores del determinismo inconsciente. Podemos ser más precisos: los dos pusieron en duda el yo que quiera colocarse detrás de todo enunciado.
P : Según entiendo, Foucault, en el momento de su repliegue sobre sí, pone al psicoanálisis en serie con otras técnicas confesionales. ¿Esto es así?
MV: En efecto, eso es así. Foucault lo dice explícitamente en su libro de 1976, La voluntad de saber, que inaugura el extraño ciclo de su Historia de la sexualidad. El argumento no se contenta con recordar que en el psicoanálisis, al igual que en la confesión, el sujeto debe descubrir la verdad sobre sí mismo en el acto mismo de hablar de sí. Eso está presente, por supuesto, pero la tesis de Foucault es un poco más ambiciosa. A fin de cuentas, lo que el filósofo quiso postular -pero no desarrolló en su debida extensión- es que un tipo particular de dispositivo confesional, que se impone en occidente a partir del siglo XVI, y que no solamente se basó en ese acto obligatorio de relatar los pecados al confesor, sino que contaminó otras prácticas ligadas a la medicina, a la pedagogía o la puericultura -ese tipo de dispositivo, entonces, produjo nuevas realidades: hizo nacer un cuerpo plagado de deseos imperiosos y ocultos, dio forma a una subjetividad sometida constantemente a hablar de movimientos mínimos de sus imaginaciones o de sus sensaciones. La tesis de Foucault sería, en síntesis, que el tipo de subjetividad que resulta de ese dispositivo confesional es aquella a la cual apunta el dispositivo psicoanalítico. Es peligroso recurrir a proposiciones contra-fácticas, pero digámoslo mediante esta parábola: no habría psicoanálisis si no hubiese esa nueva subjetividad que se define a sí misma por la capacidad y el deseo de poner en palabras su sexo, las zonas ocultas de sus pasiones. Hubo que inventar esa modalidad de ser sujeto, algo tuvo que pasar para que, casi de repente, los individuos adquirieran la certeza de que transformar en discurso el murmullo titilante de su carne significaba un acto de liberación. El sujeto moderno -dice Foucault- es aquel que busca la verdad de sí mismo en la puesta en acto de un discurso sobre sí, sobre todo de su sexo. Tenemos entonces que se puede fundamentar el maridaje entre confesión y psicoanálisis siguiendo las pistas que dejó Foucault respecto de una genealogía extensa que a fin de cuentas concierne a transformaciones del modo de ser de la subjetividad, que habrían acaecido hace unos 500 años. Pero tal y como mencioné recién, en otras ocasiones Foucault ponía en serie esas dos prácticas con un fin más crítico. Y yo creo que esa advertencia no ha perdido vigencia hoy en día.