
Desde los arcones de la memoria
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
El furor por lo vintage es una de las características de este siglo veintiuno que, a la par de desafiar nuestra imaginación con avances tecnológicos que nos sorprenden día a día, tiende a fascinarse con objetos y obras que datan de la era analógica y que ejercen un magnetismo inexplicable sobre muchos de los que no los conocieron en tiempo real. Esa combinación de un entorno futurista y una nostalgia por un tiempo jamás vivido, impregna el espíritu de esta época en la que, al dirigirnos de lleno a un escenario apocalíptico, pareciera que la única salida es volver todo hacia atrás.
Haber comprobado que las utopías sobre un mañana venturoso no se estarían materializando ni mucho menos, reenvía la imaginación hacia un pasado que, por muy primitivo que haya sido, proveía a la humanidad de una perspectiva esperanzadora. Y la presencia de ese universo pretérito en el actual, ya sea a través de un mobiliario, un producto cultural o una indumentaria, es el vector que remite hacia aquellos años menos infelices, a los que ahora se los aprecia por sus encantos, en comparación con el panorama desolador que nos rodea, plagado de amenazas contra un bienestar que se suponía garantizado.
Entre esos elementos del ayer que provocan un efecto melancólico, sobresalen las fotos en papel, que paradójicamente han sobrevivido durante décadas, mientras las imágenes digitales se esfuman en la nube. Las aplicaciones de inteligencia artificial que posibilitan animar esas fotografías y devolver a la vida, aunque más no sea en una pantalla, a seres queridos que ya no están entre nosotros, no solo constituyen una curiosidad deslumbrante, sino que además son un síntoma de esa debilidad por recuperar un mundo perdido, cuya ingenuidad se extraña ante la toma de conciencia de que quizás no vamos hacia ninguna parte.
Entonces, en vez de modificar el porvenir, lo que están haciendo esas herramientas novedosas es intervenir en el pasado y reconfigurarlo a la medida de nuestros deseos, a pesar de que sabemos que nuestros recuerdos son una construcción que no necesariamente se ajusta a lo que sucedió en verdad. Es paradójico que, después de haber elaborado tantos relatos acerca de lo que vendría, la humanidad se adentre en este tipo de laberintos mentales, en busca de rememorar aquello a lo que no tuvimos la chance de asistir (o que simplemente hemos olvidado) gracias a un procedimiento artificial de reciente factura.
Con astucia, en procura de refrescar su propuesta sin alterarla por completo, Charlie Brooker le imprimió una vuelta de tuerca a su gran creación, la serie británica “Black Mirror”, para que en su séptima temporada profundice sobre esta epidemia de añoranzas alentada por la tecnología. En el quinto episodio de estos nuevos unitarios disponibles en Netflix, un cincuentón es introducido en escenas fotográficas de fines de los ochenta y principios de los noventa, para revivir una historia de amor que lo marcó para siempre y, de paso, entender lo que aconteció aunque ya sea imposible modificar las consecuencias de sus actos.
Con el estupendo Paul Giamatti en el rol estelar, este capítulo titulado “Eulogy” está siendo calificado como el más emotivo de los seis que componen esta última tanda, pero además se perfila como uno de los que pone en evidencia esa voluntad de revolver en los arcones de la memoria las cosas de las que empezamos a carecer. Por supuesto, estas operaciones entrañan peligros insospechados, algunos de los cuales son advertidos en esta conmovedora trama, donde en lugar de asustarnos con un enfoque distópico nos invitan a usar los recursos disponibles hoy para remover lo que creíamos haber superado.







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