
Apología de la incomodidad
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
Lejos han quedado las épocas en que se creía con fe ciega que la curva del progreso iba siempre en ascenso y que el futuro sólo podía deparar mejoras ostensibles en la calidad de vida de la humanidad, tal como fue el convencimiento generalizado hasta finales del siglo veinte. Las revoluciones industriales y los incesantes avances de la ciencia que, entre otras cosas, implicaron en el campo de la medicina un sensible beneficio para la salud de la población, alimentaban la certeza de que esas ventajas terminarían por alcanzar a todos los sectores y que ya no quedarían rastros de las miserias pasadas.
Las guerras mundiales y el posterior choque frontal entre los sistemas capitalista y comunista, que extendió sus batallas mucho más allá de la economía, representaban un escollo para ese optimismo que impregnaba a las mayorías y las llevaba a confiar con ahínco en que necesariamente todo tendía a perfeccionarse para garantizar el bien común. Sin embargo, hasta bien entrados los años setenta persistía esa seguridad de que no habría retrocesos en una evolución sin pausas hacia el bienestar, al que la tecnología haría una enorme contribución, al desarrollar productos que estaban destinados a hacer más placentera la vida cotidiana.
Las sucesivas crisis económicas fueron minando los fundamentos ese espíritu entusiasta, que tal vez para Occidente haya recibido un golpe letal con el atentado a las Torres Gemelas y sus consecuencias bélicas. El ataque al corazón del poder financiero y militar dejaba al desnudo la endeblez de esa estructura a la que se suponía indestructible, al mismo tiempo que la dinámica de los adelantos tecnológicos ampliaba cada vez más la brecha entre quienes tenían acceso a esos prodigios y quienes quedaban marginados de su disfrute. Las migraciones desde la periferia hacia las grandes metrópolis patentizaron los desequilibrios y la utopía del progreso infinito se hizo insostenible.
En Estados Unidos, que tras la caída de la Unión Soviética se había postulado como única potencia dominante, también quedaron en evidencia las desigualdades que se escondían detrás del concepto de que la competencia era la garantía de que cada uno recibiera lo que le pudiera corresponder. Subir en la escala social se convirtió en un sueño imposible y, si alguna esperanza quedaba de que las cosas se revirtieran, la llegada a la Casa Blanca del magnate Donald Trump clausuró las expectativas. Su consigna de “hacer América grande otra vez” no contemplaba a las minorías.
Frente a ese cuadro de situación, el reality show “Frontera remota”, que completa ocho episodios en la plataforma HBO Max, pareciera responder a las ideas nacionalistas en boga en el país del norte, con su propuesta de retomar el ejemplo de los colonos que ocuparon territorios inhóspitos allá por el año 1880. Tres familias de distinta composición son llevadas a una zona alejada de la civilización, cerca de las Montañas Rocallosas, donde deberán desenvolverse con los recursos que se contaban en esas regiones 145 años atrás. Las vicisitudes que atravesarán procuran proveer de atractivo suficiente a los espectadores.
No llaman la atención de nadie las quejas continuas de los participantes sobre lo difícil que es sobrevivir con tantas carencias, en especial para quienes se han acostumbrado a ciertas comodidades, como estos ciudadanos promedio de los Estados Unidos. Pero sus padecimientos en la ficción contrastan con el sufrimiento real de personas que a esta altura del nuevo milenio están condenadas a subsistir en condiciones peores que las de la conquista del Lejano Oeste. Al igual que “Perdidos en la tribu”, aquel reality que llevó a un grupo de argentinos a convivir con habitantes primitivos del África, este “Frontera remota” camina por el estrecho límite que separa lo antropológico de lo bizarro.







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