El neoyorquino Mamdani ilusiona al progresismo local

Falto de éxitos en el país, ahora las fuerzas de izquierda celebran el triunfo de un candidato que tiene todo lo que les gustaría poder votar

07 de noviembre de 2025Javier BoherJavier Boher
Doble

Por Javier Boher 
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Hace rato que el progresismo argentino viene de capa caída, lo que se intensificó con el subibaja de emociones que significó la serie de derrotas del milevismo en elecciones provinciales y la contundente victoria en las nacionales. Después de la ilusión que se habían hecho por meses de escándalos de diversa índole, todo terminó de golpe con un baño profundo de realidad.
A partir de este tiempo de nubarrones, los adherentes al progresismo se aferran a cada rayito de sol que se atreve a colarse por entre la oscuridad del avance de la temible derecha. Esta vez la luz les llegó desde Estados Unidos, donde un candidato que juntaba todos los rasgos que hoy parecen configurar el estereotipo buenista woke terminó convirtiéndose en alcalde de Nueva York, la ciudad más cosmopolita del mundo, emblema de la cultura occidental.
Zohran Mamdani reúne todas las características que lo convirtieron en el candidato más votado por los neoyorquinos: es joven, musulmán, con una sonrisa sincera y cautivante, demócrata, anti Trump y progresista. 
Como características -y en abstracto- todo parece un dato más, pero cuando se expresa lo hace en contra del sistema, lo que implica caer en los lugares comunes de que los ricos tienen la culpa, los pobres son víctimas e Israel es un Estado genocida. Abraza hasta las visiones más extremas de la agenda de la diversidad sexual (probablemente con este paréntesis use menos letras y símbolos que los que hay que usar actualmente para respetar el protocolo) y propone políticas públicas irrealizables desde la sencilla racionalidad económica que puede aplicar una persona común y corriente que entiende que no existe tal cosa como algo gratis.

Populismo y democracia 

Justo antes de esta elección escuchaba una entrevista a un politólogo que decía que quizás nuestras definiciones sobre la izquierda y la derecha ya no sirvan para explicar el mundo en el que vivimos. Del afán universalista e igualitario de la izquierda (autoritaria o anarquista) pasamos a una izquierda que define categorías de personas a partir de etiquetas, defendiendo particularismos, identidades sexuales o nacionales que dicen más de la gente que lo que la gente es. En ese reparto, por supuesto, hay algunas que salen fuertemente perjudicadas, como todo lo que terminaron representando los nuevos liderazgos de derecha como Trump y Milei.
Justamente -y a partir de esos ejemplos- el politólogo insistía con algo que se ve hace bastante tiempo, que es el cuestionamiento a los resultados de la democracia y la crítica a los políticos profesionales que saben usar los resortes del Estado (idealmente a favor de todos; lamentablemente en beneficio propio).
Por eso el único patrón que emerge de este tipo de elecciones es que se imponen los candidatos que parecen más sinceros, independientemente de sus ideas. Son los que van contra lo establecido, siempre del lado del espíritu revolucionario que quiere refundar prácticas, culturas e identidades que ya están arraigadas en cada sociedad y se van a seguir manifestando independientemente de la voluntad del que gobierna.
Ese tipo de liderazgos se basan en el carisma y las cualidades del líder, unificando en su figura reclamos diversos que de otra manera difícilmente convivirían en un espacio. El caso de Mamdani es un ejemplo de esto, ya que entre los votantes hay musulmanes, transexuales y anticapitalistas, a pesar de que debe haber una proporción ínfima de personas que reúnan las tres condiciones en simultáneo. Incluso cada una de esas tres categorías (entre tantas otras más) no son homogéneas y presentan altos grados de diversidad interna.
La gran cantidad de promesas que hay que hacer a gente tan distinta entre sí pone en riesgo la capacidad de cualquier gobierno de responder a las demandas, donde algunos van a manifestar una homofobia rampante mientras otros piden viejos travestis leyendo cuentos infantiles en bibliotecas. Quizás estás tensiones moderen al nuevo alcalde y la maquinaria estatal se lo termine comiendo, pero todo permanece en el terreno de lo supuesto. Personalmente me inclino por esta opción, la de un fracaso rotundo que haga de Nueva York una ciudad sucia y peligrosa, nada muy distinto a lo que supo ser.

El caso argentino

Muchos en el progresismo vernáculo salieron a ilusionarse con este personaje, una especie de Obama extremo que le agrega un claro antisemitismo a las características del ex presidente norteamericano. De golpe empezaron a creer que se puede crear una candidatura presidencial a partir de alguien así.
No aprendieron nada de lo que pasó en octubre.
Es imposible que fuera de Buenos Aires o Rosario pudiera pegar un candidato así, donde hasta el coreano candidato de Guillermo Moreno era difundido más como una excentricidad que como un candidato real. 
No se puede decir que alguien no va a llegar a la presidencia, porque acá pasa de todo, pero creer que Juan Grabois es el equivalente local a Mamdani porque es progresista y religioso es pasar por alto que el catolicismo en Argentina es mucho más popular que el islamismo en Estados Unidos. 
Sueños húmedos de un progresismo de capa caída.

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