
Es uno de esos viernes de fin de año, donde las carteleras se superponen, el movimiento se duplica, la oferta se diversifica. Hay en la ciudad una vida artística y cultural contagiosa que expresa y convoca a las tribus.
Como si fuera la coronación de ese regreso a los noventa que aparenta corresponder al espíritu de la época, la banda inglesa Oasis, liderada por los hermanos Liam y Noel Gallagher, se reencontró en la cancha de River Plate con sus seguidores autóctonos, en una fraternidad correspondida que supera las fronteras de la música.
Cultura18 de noviembre de 2025
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
Luego de que el péndulo del rock se estacionara en los Estados Unidos cuando estalló el grunge y Nirvana se adueñó inesperadamente de las listas de ventas, la atención volvió hacia Inglaterra tal como ha ocurrido a lo largo de la historia en ese constante ir y venir del género desde una costa a la otra del océano Atlántico. Como expresión de cultura anglosajona que admite todo tipo de influencias, el devenir del rocanrol ha fluctuado casi siempre entre estos dos países que, o bien proveen de los artistas que darán el paso al frente o bien se encargan de legitimar nombres foráneos.
Hacia mediados de los noventa, en las Islas Británicas iba a eclosionar una tendencia que heredaba el impulso de la tan prolífica cultura independiente del Reino Unido, pero que estaba destinada a una notoriedad global, a diferencia de muchas de los que la precedieron. Porque la movida de “Madchester” había tenido honda repercusión en el mercado británico desde fines de los ochenta, pero a escala internacional se había visto opacada por Kurt Cobain y sus secuaces, quienes con una propuesta más simple y visceral habían cautivado las almas sensibles y se habían asentado en la cima de las preferencias.
Una vez agotada esa veta, las miradas y los oídos se volvieron hacia la escena inglesa, para detectar allí cuál sería la nueva gran cosa que terminaría de consolidarse en los siguientes años en el mercado del rock. Muchos pensaban que la novedad vendría por el lado de la electrónica, que en ese entonces ya había abandonado su residencia exclusiva en las pistas de baile y había sido asimilada a trabajos de experimentación dignos de mérito. No eran tantos, en cambio, los que podían abrigar esperanzas de que fueran las guitarras y no las máquinas las armas de los futuros protagonistas.
La publicación en 1994 del álbum “Definitely Maybe” y de un single determinante como “Supersonic”, instaló a Oasis como la gran esperanza del rock inglés de fin de siglo y apuntaló el camino a la fama de los hermanos Liam y Noel Gallagher, líderes de una formación que al poco tiempo ya era la favorita en las encuestas. Había nacido el denominado “britpop”, que abría un frente distinto e inesperado en el horizonte musical de aquella época, con notorias influencias de los grupos que habían descollado en el panorama inglés de la década del sesenta.
No por nada oriundos ellos también de Manchester, los Oasis aprovecharon muy bien su breve estadía en la cresta de la ola y se establecieron como auténticas estrellas del rocanrol, hasta que la inestabilidad provocada por los constantes roces entre los Gallagher interrumpió una trayectoria notable. Antes de que eso sucediera, fueron adoptados como propios por el público argentino en las cuatro visitas que realizaron al país, donde el fanatismo mutuo por el fútbol los fusionó en un vínculo tan especial como el que ha unido a las audiencias argentinas con bandas como los Rolling Stones o los Ramones.
Por eso, la expectativa generada por la reunión de Oasis el año pasado y el anuncio de que daban inicio a una gira mundial, se centraba en los dos shows previstos en Argentina, que se realizaron el pasado fin de semana en la cancha de River Plate. Como si fuera la coronación de ese regreso a los noventa que aparenta responder al espíritu del presente, Liam y Noel Gallagher se reencontraron con sus seguidores autóctonos en una fraternidad correspondida, que supera las fronteras de la música para confundirse con esas pasiones identitarias que suelen tener como marco el ámbito futbolístico.

Es uno de esos viernes de fin de año, donde las carteleras se superponen, el movimiento se duplica, la oferta se diversifica. Hay en la ciudad una vida artística y cultural contagiosa que expresa y convoca a las tribus.

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