Nuevos recortes de los días de papel Córdoba, 1891

La intranquilidad en las calles y en la ciudad toda, alcanzaba su máxima expresión en 1891, a medida que los cívicos locales intensificaban sus tácticas para poner fin al juarismo.

Cultura 24 de julio de 2023 Víctor Ramés Víctor Ramés
Episodios La Picota
Ilustración de La Picota, firmada por "A. Granja", 1890.

Por Víctor Ramés
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El cuadro de situación a comienzos de la década del noventa en Córdoba fue teñido por los enfrentamientos entre facciones y proyectos políticos irreconciliables. En 1891, el panorama iba mostrando un acercamiento a la máxima expresión de la disputa entre cívicos y juaristas, según el diario El Porvenir, que las expresaba desde el ala radical. En mayo de ese año estallaría la revuelta cívica en Córdoba, destinada a ponerle fin a las estribaciones del autonomismo local.
En enero de 1891, hablar de la vida cotidiana no permite quitar los ojos de escenas que ya se habían visto a fines de 1890. La pluma principal de El Porvenir era, en esta materia, la de Juan Mamerto Garro, uno de los líderes radicales protagonistas de la próxima revuelta y futuro fundador de la Unión Cívica Radical local, en agosto de 1891. Representaba al radicalismo católico de cuño cordobés.

He aquí una referencia del 10 de enero de 1891:
Lo de todos los días
El lunes de la presente semana a las 11 y ½ a. m. próximamente, un individuo llamado Anastasio Gramajo, miembro de la Cadena, penetró al café Lafayette en estado de ebriedad y empezó a provocar a un hombre del pueblo que tranquilamente encontrábase sentado en la sala de dicho café.
Le replicó éste, tomáronse en palabras y después a bofetadas.
Gramajo, que probablemente llevaba la peor parte en la lucha, sacó un revolver dispuesto a hacer fuego sobre el otro, lo que felizmente evitó la oportuna intervención de los mozos del café.
Ambos contendores fueron momentos después conducidos al departamento Central de Policía, donde se encontraba de guardia el Comisario Argüello. Este, después de oír a los dos, y a los mozos del café que unánimemente aseveraron que Gramajo había provocado al otro, que, según después se supo, era miembro de la Unión Cívica, y amenazándolo con su revólver.
El Comisario nombrado después de esa información pronunció la siguiente sentencia: despidió a los testigos, los mozos; dio libertad al cadenero autor del desorden y envió al segundo patio a la víctima de aquel, al cívico, que, sin otro delito que ese, todavía ayer permanecía preso.”

Del mismo mes, otra referencia aportada por El Porvenir amplía el cuadro del temor oficialista y el control sobre la ciudad ejercidos por el gobierno de Eleázar Garzón, sin duda alertado por la organización de los partidarios de la Unión Cívica.
Revolución!
Son las once de la noche del Miércoles. Las patrullas de vigilantes a caballo, que ordinariamente no dejan pegar los ojos a los vecinos, han sido dobladas, triplicadas, multiplicadas; marchan al trote, armando en las calles desiertas un estrépito infernal. Comienzan a abrirse puertas, ventanas y balcones por donde déjanse ver rostros asustados y ansiosos; no falta algún noctívago que diga a los curiosos lo que estamos oyendo diariamente hace más de dos meses: «Ya estalla!».
(…) La alarma cunde y todo el mundo duerme, o, mejor dicho, no duerme, con el Jesús en la boca.
Las claridades de la aurora comienzan ya a disipar los fúnebres crespones de la noche, como dicen los poetas, y el movimiento no se ha dejado sentir en ninguna parte como no sea en la imaginación de los que se divierten o encuentran provecho particular en la alteración de la tranquilidad pública.
Pero ya a esa temprana hora, alguien dice que en la Policía se tienen todos los hilos de la trama revolucionaria y que hasta se conoce el momento preciso del estallido: las 11 y ¼ a. m.  en punto.
En efecto, el aparato continúa. Los comisarios y demás empleados galopan por las calles, sacando chispas del empedrado; las azoteas del Cabildo se coronan de kepis mugrientos y cañones de carabinas; en las esquinas de las calles que desembocan a la plaza San Martín se ven gendarmes, «haciendo posturas», con las cananas repletas de proyectiles y la mirada invariablemente fija en los transeúntes; en el patio de la Policía hanse desplegado guerrillas y detrás de sus puertas se han puesto dos morrudos vigilantes para trancarles a la menor señal.”

Cerramos los episodios de esta Córdoba erizada, dando un salto adelante para recoger unos pocos párrafos (el relato completo es muy extenso) de El Porvenir del 24 de mayo de 1891, que acercan a un empeño fallido de dar fin a la era de los Juárez. Nos interesan los ecos que interrumpían la vida social de la ciudad.
“El Jueves a las 8 p.m. próximamente túvose conocimiento en el Departamento Central de Policía de que en una casa situada en la calle 27 de Abril, entre Universidad e Independencia habíase reunido un regular número de personas, armadas al parecer.
(…) El Comisario Ceballos, su ayudante y tres soldados fueron enviados inmediatamente con órdenes de disolver la reunión. Al pretender dicho Comisario detener violentamente a una persona que penetraba en la casa, opuso aquella resistencia armada, a la que siguió un ligero tiroteo del cual resultaron dos soldados muertos y heridos el ayudante de Ceballos y éste mismo muy levemente.
Oídas en e Departamento Central las detonaciones, envióse un piquete de veinte soldados, que luego de llegar hicieron repetidas descargas de remington sobre la casa, las cuales fueron contestadas del mismo modo.
El estrépito de estas descargas produjo la alarma en toda la ciudad.
Los transeúntes huían apresuradamente, y no otra cosa hicieron la mayor parte de los vigilantes que se encontraban de parada en las calles. El teatro y los cafés quedaron desiertos. Las puertas cerrábanse con presteza y por todas partes se repetían estas palabras: «Ya ha estallado la revolución». (…)
A las siete de la mañana cesaron los últimos fuegos que, en la ciudad, treinta o cuarenta ciudadanos habían sostenido con extraordinaria bravura contra las fuerzas del gobierno.
De los diversos combates resultaron catorce muertos y un número algo mayor de heridos.
(…) Es fácil conjeturar, en vista de los hechos que hemos presenciado, lo que hubiera sido la revolución abortada el jueves. Un movimiento formidable y tal vez irresistible.”

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