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date_published: "2026-05-29T00:09:00-03:00"
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author_name: "J.C. Maraddón"
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category_name: "Cultura"
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# La cultura que comunica

![ilustra-pintores-con-banderas](/download/multimedia.normal.91d6dd503357c24f.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

A lo largo de la historia, la humanidad se ha visto atravesada por conflictos entre tribus, pueblos, civilizaciones y naciones, que llenan la mayor parte de los manuales de historia con sus causas y consecuencias, y con el recuento posterior de las víctimas fatales, que a veces resulta determinante para definir quién fue el vencedor. Aunque pueda parecer un contrasentido, son las guerras los acontecimientos de los que se nutren esos relatos, porque se ha naturalizado que las diferencias se salden por la vía armada, sobre todo cuando las palabras no alcanzan para arribar a un acuerdo que evite la escalada bélica.

Esas brutales soluciones llegaron a su expresión extrema durante la Segunda Guerra Mundial, que representó una tragedia sin precedentes, con millones de muertos y la aplicación de métodos de exterminio de una crueldad espeluznante. Desde los campos de concentración hasta las bombas atómicas, sólo quedaba el espanto como reacción de la gente ante lo que estaba sucediendo. Fue, sin duda, un acontecimiento que obligaba al mundo a repensar cómo iban a manejarse las relaciones internacionales de ahí en adelante, con el fin de que no volvieran a ocurrir episodios semejantes a los que habían acaecido entre 1939 y 1945.

En ese sentido, se crearon organismos internacionales que se proponían garantizar la paz, aunque con el tiempo se advirtió que su funcionamiento era insuficiente y que contener los reclamos multilaterales entraba en el campo de las utopías. A partir de entonces y durante más de 40 años, Estados Unidos y la Unión Soviética, como potencias que emergieron triunfantes de aquella contienda, sostuvieron un enfrentamiento que nunca fue directo, sino que trasladó sus reyertas a diversas zonas del planeta, donde los sistemas capitalista y comunista se adjudicaban el derecho a dirimir sus divergencias de la forma más cruenta a que diese lugar.

Algunos estadistas proclamaban la necesidad de deponer las armas y negociar pactos de común acuerdo, mientras que por debajo de la mesa alentaban a cavar trincheras y a apuntar los cañones hacia el territorio enemigo. En los años sesenta se produjo una generalizada protesta juvenil que alzaba las banderas del pacifismo, pero sus esfuerzos fueron en vano frente a la maquinaria bélica. Quienes se oponían a la Guerra en Vietnam recién vieron que esa conflagración declinaba cuando el gobierno de Estados Unidos se dio cuenta de que aquella aventura no llegaba a buen puerto y resolvió retirar sus tropas deshonrosamente.

La caída del imperio soviético hizo que ciertos profetas augurasen una época de paz y prosperidad universal, matizada por avances tecnológicos que garantizarían mayores comodidades para la humanidad. Sabemos muy bien que no pasó nada de eso y que en este nuevo siglo los odios viscerales han recrudecido. Los años recientes han mostrado una tendencia cada vez más pronunciada a desafiar nuestra capacidad de asombro: a los insultos les siguen genocidios, masacres, saqueos, ataques letales, bombardeos y asesinatos de niños, que desfilan en las noticias como si detrás de los tituares no hubiese seres humanos que están padeciendo los horrores consecuentes.

Por eso, la reflexión nos lleva a imaginar algo que pueda unirnos en vez de separarnos y que apele a nuestra sensibilidad en vez de promover nuestra ira y nuestros peores instintos. Es en esa búsqueda que aparece la cultura como un salvoconducto, en especial cuando no está teñida de falsos chauvinismos, sino que subraya lo que poseemos en común y encuentra en lo que tengamos de distinto un motivo para acrecentar el interés y no una excusa para la burla de baja estofa, que es la manifestación más burda de esa ignorancia que suele acompañar el discurso del arrogante.

La inauguración el pasado miércoles del edificio remodelado del Kultur Ensemble en Ayacucho 46, donde funcionarán la Alianza Francesa y el Instituto Goethe, es el ejemplo acabado de cómo mediante los estímulos culturales se pueden suavizar antiguos resquemores y trabajar en conjunto en procura de idénticos objetivos. Con la presencia de autoridades de ambas instituciones, de representantes diplomáticos de los dos países y de funcionarios de la Municipalidad y de la Provincia de Córdoba, se llevó a cabo la apertura de las actividades de esta nueva entidad que suma al panorama local un espacio donde se conjuga la iniciativa de alemanes y franceses.

Más allá de los entes supranacionales que se encolumnan tras los intereses europeos, este emprendimiento particular de Francia y Alemania, que se replica en otras latitudes, expone a las claras cuánto tienen para compartir quienes en las pasadas centurias a veces han resuelto sus entuertos en el campo de batalla con resultados horribles, no importa cuál de los dos fuera el victorioso. Juntos, superando barreras idiomáticas y de idiosincracia, impulsan este Kultur Ensemble que amplía el panorama artístico cordobés y, a la vez, nos enseña una opción para comunicarnos muy distinta a la de postear comentarios discriminatorios en las redes.

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