---
canonical_url: "https://diarioalfil.com.ar/contenido/21954/como-dibujar-al-dibu"
title: "Cómo dibujar al Dibu"
article_type: "Article"
description: "En menudo embrollo se metió Gustavo Cova en su documental sobre el arquero de la Selección, que se estrenó la semana pasada en Netflix con guión de Hernán Casciari, la tanda de testimonios propia de esta clase de películas, y el agregado de tramos de animación a cargo de Liniers."
main_image: "https://diarioalfil.com.ar/download/multimedia.normal.b45e6a750f087fbb.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp"
date_published: "2026-06-02T00:06:00-03:00"
date_modified: "2026-06-01T22:30:36-03:00"
author_name: "J.C. Maraddón"
author_url: "https://diarioalfil.com.ar/usuario/10/jc-maraddon"
category_name: "Cultura"
category_url: "https://diarioalfil.com.ar/categoria/7/cultura"
---

# Cómo dibujar al Dibu

![ilustra-el-dibu](/download/multimedia.normal.b45e6a750f087fbb.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

Muchas opiniones se han manifestado desde largo tiempo atrás sobre las producciones audiovisuales destinadas al público infantil, un catálogo expandido en su momento por Walt Disney, que con el paso de los años se ha revelado como un filón inagotable. Tanto los productos interpretados por actores de carne y hueso como los realizados a través de las diversas técnicas de animación, han podido llegar a tener influencia sobre la evolución de esas criaturas que crecieron consumiendo películas o series donde personajes de la más diversa laya protagonizan aventuras que, además de proveerles entretenimiento, les transmiten valores y enseñanzas.

Luego del deslumbramiento que en un principio provocó el estreno de este novedoso material, comenzaron a aparecer voces críticas que, desde ambos extremos del espectro ideológico, cuestionaban los contenidos de esa filmografía infantil, mentando las consecuencias que su visualización podía acarrear para las futuras generaciones. Por izquierda se subrayaba la perpetuación que había allí de los paradigmas capitalistas, mientras que desde la derecha se hacía hincapié en la forma en que representaban instituciones como la familia y tópicos como la religión o la sexualidad. En definitiva, se tomó conciencia de la importancia de esas realizaciones en la formación de los niños.

Aunque con cierto simplismo, se ponía en duda la validez de los ejemplos de conducta que se mostraban en la ficción, y se acudía a parámetros morales para medir hasta qué punto esas mercancías culturales no ejercían un impacto negativo en la mentalidad todavía inmadura del público al que se había determinado como objetivo. Y si no se encontraba en esa pieza fílmica un mensaje que fuera considerado correcto, se la condenaba con vehemencia y, a veces, se recomendaba no llevar a los pequeños a esas funciones en las que se les iba a impartir una formación inconveniente.

Estos reparos solían derivar en que la pantalla exhibiese historias rayanas en la obviedad, donde héroes inmaculados protagonizaban grandes hazañas, sin cometer ningún desliz ni lastimar a nadie. En este proceso de pasteurización, se perdían las imperfecciones lógicas de los seres humanos y, con ellas, también quedaban en el camino los matices que hacen más atractivo un relato. Nada menos perdonable para un título destinado a la platea infantil, que terminar aburriendo a los consumidores por la previsibilidad con que se desencadenan las cosas y por lo explícito de la incorporación de los preceptos pedagógicos que deberían ser aprehendidos.

Entrados en este siglo, los responsables de señalar hacia dónde dirigir los cañones del marketing, resolvieron aflojar las tensiones y se lanzaron a producir obras mucho más elaboradas, que no solo pudieran satisfacer las inquietudes de los niños, sino que además incorporasen guiños a los adultos, quienes acompañaban a chicas y chicos en el rol de consumidores. Hubo entonces un giro notable, que volvió menos esquemática la trama y que, lejos de atentar contra la candidez de los espectadores, los proveyó de una paleta de opciones inédita, con propuestas para todos los gustos que apuntalaron un fuerte crecimiento del mercado.

Por ese motivo, incursionar hoy en ese circuito requiere de un especial cuidado, para que ninguno de los factores que intervienen sea demasiado predominante con respecto a los otros. Una pizca de audacia, mezclada con un toque de aventura, y a la vez una combinación de inocencia y picardía, de valentía y miedo, todo en dosis homeopáticas, hasta lograr un balance que conforme a todos. Difícil tarea en la que hasta las majors hollywoodenses corren el riego de fallar, a pesar de los fabulosos presupuestos, la tecnología de punta y los equipos creativos de primer nivel con los que cuentan.

Si, además, el argumento se basa en un ídolo deportivo extraído del mundo real, habrá que extremar las precauciones, porque serán mínimas las chances de alterar su biografía para adaptarla al gusto de la niñez. Y en ese embrollo se introdujo el director Gustavo Cova con “Dibu Martínez: el pibe que ataja el tiempo”, el documental que se estrenó la semana pasada en Netflix. Sobre un guión de Hernán Casciari, el filme no se priva de enhebrar la tanda de testimonios propia de esta clase de películas, con el agregado de tramos de animación que ostentan dibujos a cargo de Liniers.

Por más que no se discutan los méritos futbolísticos del arquero de la Selección Argentina y su natural carisma, suena arriesgado proponer como modelo de comportamiento a un atleta que se burla de sus rivales, que festeja sus atajadas con gestos poco felices y que, entre todas las campañas publicitarias de las que participa, también promueve una casa de apuestas online. Dirigida a los infantes en la previa del Mundial, la película quizás los aburra con tanto palabrerío del propio guardameta y su entorno cercano. Pero lo más grave que podría suceder es que los dibujitos animados, de tan ingenuos, tampoco los atraigan.

---

*Contenido creado y optimizado para IA con [Medios CMS](https://medios.io)* — Plataforma profesional para la gestión de medios digitales y portales de noticias.
