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title: "Caras y Caretas Cordobesas"
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description: "La vida de Fernando Fader después de la “pesadilla hidroeléctrica” en Mendoza, floreció en una producción pictórica admirable, a partir de 1914. En 1916, se trasladó con su esposa e hijos a las serranías cordobesas, donde se establecieron definitivamente."
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author_name: "Víctor Ramés"
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# Caras y Caretas Cordobesas

![ilustra-fader-con-familia-en-ojo-de-agua](/download/multimedia.normal.a1b17c8a3463d2f3.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

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## Las tres décadas expuestas de Fader (Sexta parte)

Como quien anuda algunas puntas del relato, para cerrarlas y seguir adelante, se puede comentar que existe actualmente en la oferta turística local de Mendoza una excursión camino a Potrerillos por Ruta 82 llamada “Las ruinas de Fader”, que lleva a los visitantes a Cacheuta, donde se puede “apreciar el paisaje y los vestigios que han quedado” del grandioso emprendimiento de Karl Fader. Esas ruinas pesaron mucho en la vida de su hijo Fernando.

En 1914, Fernando, a su regreso a Buenos Aires de esa casi pesadilla hidroeléctrica, había presentado al Salón Nacional su obra titulada “Los mantones de Manila”, premiada por unanimidad por el jurado para el Premio Adquisición. El rechazo de Fader y retiro de su obra, habría tenido que ver con un embargo que pesaba sobre sus bienes. O tal vez se tratase de la gran necesidad económica que atravesaba el artista, cuya convicción sobre el valor de su obra podría haberse visto reforzada por la unanimidad del jurado, o aspirase a una mejor oferta.

En 1915, Fader participó en la grandiosa Exposición Internacional Pamamá-Pacífico, en San Francisco, California, que representaba una celebración al haber finalizado las obras del Canal de Panamá. Allí el artista obtuvo una alta distinción con “La comida de los cerdos”, uno de sus cuadros concebidos en Munich, y una mención honorífica por su óleo “Mi perro”. Ese mismo año, Fernando Fader tuvo la suerte de encontrarse con el galerista y marchante alemán Federico Müller quien fue, a su vez, deslumbrado por la capacidad del artista. Se produjo un toque mágico entre ambos. Müller le ofreció a Fader un contrato que le permitiría dedicarse por completo a su carrera de pintor.

El marchand contribuiría de manera decisiva no solo al manejar la producción y la obra de Fader con solvencia y un excelente olfato en el negocio del arte tal como este se presentaba a mediados de la segunda década del siglo. Directamente Müller se hizo cargo del pintor y de su familia, que atravesaba un período afligente. Müller impondría definitivamente la obra y la figura de Fader en la pintura argentina, sacando al artista de su agobio y con todas las ansias de recuperar los años perdidos.

La primera muestra de Fader en la galería de Müller tuvo lugar prácticamente de inmediato, incorporándose el pintor franco-mendocino en 1915 a una exposición colectiva titulada “Doce pintores”, donde también se apreciaban obras de Cesáreo Bernaldo de Quirós, Carlos Ripamonte, Héctor Nava, Cupertino del Campo, Ana Weiss de Rossi, Américo Panozzi, entre otros, donde no pasó desapercibida su exquisita obra impresionista “Entre duraznos floridos”, una sutil escena de amor criolla.

Desde enero de 1916, los Fader se trasladaron a Córdoba, en busca de espacio saludable para el pintor, a quien se le había diagnosticado tuberculosis. La búsqueda de aire sano y de un paisaje inspirador para la paleta de Fader los condujo a cambiarse en tres oportunidades de lugar: Paravachasca, luego Totoral y por último Ischilín, en Loza Corral, donde Fernando, Adela y los dos chicos se establecería en forma definitiva a partir de 1919.

El cambio definió la vida, la práctica, el oficio, la profesión de Fader. En Córdoba encontró la luminosidad y el cromatismo con que dotó su paleta de identidad y también inició un gesto artístico que muchos pintores después de él seguirían, al trasladarse a las serranías cordobesas.

Mientras el artista producía en Córdoba los tesoros surgidos de sus pinceles e inspirados por la vida y el color a su alrededor, sus obras eran vendidas en Buenos Aires por la galería Müller, que sería su sostén durante treinta años.

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