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title: "Caras y Caretas Cordobesas"
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description: "Entre su porfiada producción de telas en el faldeo de las Sierras de Ischilín, y las exposiciones de su obra, aparecían al menos dos Faders diferentes. Aquí, una visita en su casa cordobesa, un hombre solo que pintaba o tocaba el piano, según la hora."
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date_published: "2026-08-03T00:00:00-03:00"
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author_name: "Víctor Ramés"
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# Caras y Caretas Cordobesas

![ilustra-fader-piano](/download/multimedia.normal.9dd12b841178f633.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

## Las tres décadas expuestas de Fader (Décimocuarta parte)

Vamos haciendo pie en notas sobre las épocas de la vida, la pintura y las exposiciones de Fernando Fader, dando especiales pisadas en Caras y Caretas, parte de un sistema periodístico que mantenía actualizadas las novedades del insoslayable pintor. Lejos estaba ese semanario de ser el órgano principal, se escribían muchas reseñas cuando acontecían sus muestras en Müller, cada octubre. Había una prensa, una hemeroteca de referencias a Fader. Apegados a esa publicación de cada domingo en Buenos Aires, y puesta la vista en el año 1923, se encuentran en enero de ese año unas líneas referidas al pintor franco-argentino, el mayor referente nacional de su tiempo, que lo hallaban en Córdoba. Cuentan una visita a Fader en Loza Corral, por parte de un cronista de origen italiano que por esa época publicaba en Caras y Caretas una sección titulada “De mi Diario”: Augusto Vaccari. Este corresponsal viajero era atraído por las posibles notas que hallaba a su paso. Se deduce, por su fecha de publicación, que Vaccari habría visitado a Fader poco antes, a fines del año 22.

Fader se hallaba sin su familia, que se había instalado en Buenos Aires, y el cronista le hacía un par de preguntas, algo preocupado por la soledad en que encuentra al pintor.

“A dos leguas de Ischilín, escondido entre sierras y bosques, en un rinconcito de paraíso, vive el pintor Fader en la más absoluta soledad, entregado a sus pinceles, a la música y al cuidado de las plantas.  
Ha edificado una casita que es copia exacta de los motivos arquitectónicos que se notan en la iglesia de Ischilín.  
Gracias a un ingenioso sistema de riego, la vegetación es ahí intensa, exuberante. Las enredaderas cubren literalmente el frente y los lados del edificio, cuyo interior encanta por el arte exquisito que domina en todos los detalles.

— ¡Este es mi refugio! — me dijo Fader. — Son pocos los que se animan a llegar hasta acá. Yo adoro esta región que, especialmente en invierno, goza de una luminosidad incomparable. Tengo muchos compromisos que cumplir y aquí puedo trabajar a gusto sin estorbos.

— ¡No se siente demasiado solo?  
— ¡Por qué? Ahí tengo mi piano Bechstein, un gran cola de primer orden . . . Un poco la pintura, un poco la música, un poco las plantas ¡Qué más quiero? Lo que no puedo encontrar es personal para los trabajos de la quinta.  
Esa gente no aprecia las delicias de la soledad... No conoce los goces de la vida interior... ¡Y se comprende! ¡No es para todos!”

Es atrayente esa mención de Fader a su piano, en el que era un ejecutante avanzado, ya que podía interpretar piezas de Beethoven, cuando en su vida social escasa, hoy lejana para él, se le pedía que posara sus dedos en las teclas. Si uno se dejara llevar por la imaginación un momento, podría oír cómo resonaba el instrumento en su paraje de Ischilín, como una voz diferente de mismo Fader, con la que el pintor se expresaba hacia el paisaje en la forma de un abrazo artístico por medio de otro lenguaje. Y, naturalmente, alegraba sus horas, se acompañaba en su austera vida el propio pianista, cuando caía la noche y ya no podía seguir pintando.

No era para todos, eso es indiscutible, esa inmersión en un paisaje apenas habitado por ese hombre del lugar, un pintor demacrado, serio, hosco incluso, con una naturaleza pulidamente refinada en el grado más elevado de las academias europeas, que hacía su “master” en pintura enfrentándose al paisaje de Córdoba. El lugar del mundo que había elegido para vivir.

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