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description: "Quizás Samuel Gelblung, fallecido el miércoles a los 82 años, en su afán de no dejar que la verdad arruine una buena historia, haya incurrido en aquella variante literaria que practicó Tomás Eloy Martínez en “Santa Evita”, aunque hacerlo desde los medios trajo consecuencias."
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date_published: "2026-09-11T00:09:00-03:00"
date_modified: "2026-09-10T22:10:47-03:00"
author_name: "J.C. Maraddón"
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category_name: "Cultura"
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# La ficción verdadera

![ilustra-chiche-gelblung](/download/multimedia.normal.b6b3995b2643b9d4.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

En 1990, luego de que el intento de establecer la marca del diario Córdoba a través de un suplemento semanal de avisos clasificados no fuera todo lo exitoso que se esperaba, los propietarios del matutino optaron por contratar a una celebridad del ámbito nacional para que tomara el timón periodístico de la empresa. Fue así que arribó Samuel “Chiche” Gelblung, quien por entonces todavía no era la figura mediática en la que se convirtió más tarde como conductor de programas televisivos y radiofónicos, sino que ostentaba una dilatada experiencia en la prensa gráfica como responsable de las revistas Gente y La Semana desde mediados de los años setenta hasta entrados los ochenta.

El clima en la redacción del Córdoba se había enrarecido tras la campaña del “Chango Mingo”, y la llegada de un extraño para convertirse en el director despertaba más rechazo que complacencia entre los trabajadores de las distintas áreas del diario. Se decía que Gelblung había apañado los crímenes de la dictadura desde las páginas de Gente, que era afín al sensacionalismo y que probablemente recaía en la capital cordobesa como consecuencia de una especie de “exilio”, debido a la cancelación que padecía en Buenos Aires por su colaboracionismo con el régimen militar.

Con la firmeza de un comportamiento tan burlón como disciplinador, se permitió asumir el mando de esa tropa de escribas provincianos e impuso de entrada su criterio, sin importarle las resistencias que pudieran oponerle quienes desconfiaban de su currículum. Reorganizó las secciones, acortó los textos, agrandó las imágenes y se encargó de titular personalmente los artículos de tapa, extrayendo de ellos los aspectos más impactantes para que el periódico no fuese derrotado en la competencia contra su rival impreso y contra la TV por cable, que aparecía en aquellos años como el gran cuco que se iba a devorar todo más temprano que tarde.

Entre despótico y encantador de serpientes, Chiche aplicó en Córdoba los métodos que eran comunes en la metrópoli porteña, pero inusuales en la Docta. Pese a la humildad de recursos del medio que dirigía, se las arregló para destinar enviados especiales con rumbo a los vértices de la información, algo que no había sido frecuente en nuestra aldea. Desde los partidos que jugaban como visitantes los equipos de fútbol cordobeses hasta la Guerra del Golfo, el Caso María Soledad o la temporada veraniega en Carlos Paz, para Gelblung todo merecía una cobertura propia, con fotos y crónicas producidas por personal que seguía al pie de la letra sus instrucciones.

Primero veía las fotografías, fueran estas auténticas o armadas, y luego exigía una nota que se correspondiera con esas imágenes y un encabezamiento que realzara aspectos insólitos de los hechos noticiosos. A veces, los autores se enteraban de que había aplicado esos mecanismos de edición cuando al día siguiente tenían el ejemplar entre sus manos. Y, en reiteradas ocasiones, en los agregados de Chiche había afirmaciones poco menos que dudosas que no estaban en el escrito original, pero que pasaban a constituir el dato esencial sobre el que acentuaban su énfasis el titular y la bajada.

Detrás de unos pequeños anteojos montados sobre la punta de su nariz, encargaba misiones imposibles que debían ser aceptadas sí o sí por el encomendado, tras lo cual despedía al cronista con la frase: “Duermo sin frazada”. Y no aceptaba ninguna excusa si, a su regreso, el reportero aducía que no había podido cumplir con la tarea. “Vos vas y buscás eso que te pedí”, sentenciaba, con el mandato de que no había chance de volver con las manos vacías, y que quien lo hiciera corría el riesgo de recibir una reprimenda que todos sus compañeros presenciaban desde el otro lado del vidrio de su oficina.

En la bisagra que va de su etapa oscura como supuesto comisario político de los genocidas en semanarios de actualidad a su periodo como adalid del espectáculo televisivo, Samuel Gelblung encaminó a la prensa cordobesa hacia una modernidad que, aunque reñida con la ética, obligó a todos a salir del acartonamiento soporífero. Tal vez por eso, a quienes se sometieron a su jefatura les cuesta discernir cuánto de bueno y cuánto de malo aprendieron de sus lecciones cotidianas. Lo concreto es que su particular docencia se hizo notar y que el periodismo escrito local ya nunca sería el mismo.

A cuatro años de que Chiche dejara atrás su aventura laboral en Córdoba, salió a la venta “Santa Evita”, la novela de Tomás Eloy Martínez donde el escritor abordó un género que él denominó “ficción verdadera”, porque consistía en utilizar una técnica periodística para narrar acontecimientos imaginarios. Quizás Samuel Gelblung, fallecido el miércoles a los 82 años, en su afán de no dejar que la verdad arruine una buena historia, haya incurrido también en esa variante literaria. Sólo que, al hacerlo en un diario (o en la televisión), desviaba lo que debía ser fidedigno por la colectora del entretenimiento.

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