Presente y Pasado: la universidad y la declinación de la Argentina
En *Nuestra historia como aprendizaje* sostengo que uno de los componentes críticos del proceso de declinación de la Argentina es el deterioro de su sistema universitario. No se trata de un fenómeno marginal ni exclusivamente educativo, sino de un problema estructural, en tanto la universidad constituye —o debería constituir— una de las principales instancias de educación y formación de la dirigencia política.
Diferencias
Un punto de partida indispensable consiste en distinguir entre instruir y educar. Instruir implica centrar la enseñanza en la transmisión de contenidos, habilidades y competencias específicas. Se trata de un proceso de carácter técnico, orientado a la capacitación profesional y, en términos contemporáneos, a la empleabilidad. Educar, en cambio, remite a un proceso integral que incluye la formación ética, cívica y cultural, así como el desarrollo del carácter y de la capacidad crítica. Educar supone formar sujetos capaces de comprender la complejidad social y de actuar responsablemente en la vida pública.
La mayoría de los cuadros políticos y administrativos proviene del sistema universitario, tanto público como privado, lo que convierte a esta institución en un eslabón central de la crisis estatal. Diversos autores coinciden en señalar que, mientras la instrucción se enfoca en el aprendizaje de conceptos y habilidades específicas, la educación apunta al desarrollo integral del individuo y a la formación de su carácter (Míguez, 2018; Marquina, 2018).
Una universidad que privilegia la instrucción por sobre la educación presenta rasgos reconocibles. En primer lugar, el predominio de una lógica tecnocrática refuerza una concepción instrumental e individualista del conocimiento, orientada a objetivos utilitaristas y de corto plazo. En segundo lugar, se observa la ausencia de una educación crítica: los estudiantes adquieren competencias técnicas, pero no desarrollan la capacidad de cuestionar, interpretar ni transformar la realidad social. Este énfasis tecnocrático conduce a una progresiva desvinculación de valores, en tanto la dimensión ética, ciudadana y cultural queda relegada o directamente excluida del ámbito universitario.
Esto que señalo es un tema que aborda desde hace largo tiempo Marcela Mollis: *“La clase dirigente argentina no valoriza la educación y sólo entiende la formación para los mercados. La pérdida de formación crítica es un grave problema. Significa no formar una clase dirigente que sea autónoma.”* (2002).
Interpretaciones
La bibliografía reciente sobre la universidad argentina refuerza este diagnóstico. Míguez (2018) describe la transformación de la universidad pública en una verdadera “fábrica de títulos”, crecientemente orientada a la profesionalización técnica y a la obtención de credenciales. Catanzaro (2020) analiza cómo la penetración de la racionalidad neoliberal subordina la universidad a las demandas del mercado, desplazando la educación integral en favor de competencias laborales y erosionando su potencia crítica. Marquina (2018), al reflexionar sobre el centenario de la Reforma Universitaria de 1918, advierte que el ideario reformista pierde vigencia efectiva. Las organizaciones estudiantiles, lejos de encarnar un proyecto emancipador, priorizan lógicas corporativas o burocráticas, debilitando la función educativa en valores democráticos. A su vez, Fernández Lamarra y García (2015) señalan una profunda crisis de sentido del sistema universitario argentino, producto de una masificación sin planificación estratégica, que deriva en la transmisión de saberes fragmentados sin una formación sólida en ciudadanía ni en ética pública.
El tema es que los liderazgos sociales y políticos requieren de una educación integral que les permita comprender la complejidad social y la dinámica de los cambios contemporáneos desde una perspectiva trascendente e inclusiva.
No simplificar
Las críticas señaladas advierten que la crisis de la universidad argentina no se explica exclusivamente por variables como el financiamiento, el acceso o el volumen de producción científica. Existen numerosos centros de excelencia con reconocimiento internacional que resultan estratégicos para el desarrollo del país; sin embargo, el modo en que se insertan en el sistema académico e institucional los vuelve funcionales a una lógica fragmentada, tecnocrática y escasamente integrada a un proyecto universitario comprehensivo. En consecuencia, su gravitación no se traduce en un cambio de paradigmas al interior de la universidad (Landinelli, 2023).
La universidad, con algunas diferencias de excelencia según las distintas áreas e instituciones, cumple con la formación de profesionales y técnicos, aunque en muchos casos ajenos a las prioridades que exige la sociedad y a la escasez de recursos, pero al costo de dejar de abordar lo sustantivo de su misión.
Pérdida fundamental
El problema central radica en la progresiva pérdida de la universidad como espacio de pensamiento crítico, síntesis cultural y formación ciudadana. Desde esta perspectiva, la crisis universitaria no constituye un episodio
aislado, sino una dimensión constitutiva de la crisis del Estado y de la persistente incapacidad para construir un ideario nacional. Esta carencia facilita la emergencia de liderazgos improvisados o irresponsables, en un mundo que demanda conocimiento, innovación y una renovada fortaleza del espíritu democrático. Se trata, en última instancia, de combatir la anomia.
**Doctor en Ciencia Política (CEA-UNC)**