Nacional Eduardo Dalmasso 17 de abril de 2026

Presente y Pasado | “La Argentina requiere de “Hombres de Estado”

A la deriva

Desde hace años sostengo que Argentina es un Estado a la deriva. Carece de un progresismo capaz de comprender que ningún Estado se sostiene sin inversión, ahorro y políticas sustentables; y también carece de una derecha lúcida que entienda que las políticas de Estado no pueden quedar subordinadas al comportamiento de los mercados ni a la dependencia estructural de la inversión extranjera. La experiencia del último gobierno peronista y del actual confirma esta carencia. En términos de Hannah Arendt, vivimos sin un “mundo común”.

Lo que señala Arendt implica reconocer que toda lucha política supone elegir valores y defenderlos, pero hacerlo dentro de reglas que reconozcan la existencia del otro y preserven la democracia. Hoy predominan dos visiones contrapuestas, ambas insuficientes para un país que combina una heterogeneidad extrema: por un lado, amplios sectores sumidos en la pobreza; por otro, un capital social valioso en ciencia, tecnología, agro de alta productividad y un campo cultural que nos enorgullece.

Podemos expresar: que cuando una realidad social y política no termina de morir, la crisis no solo se presenta, sino que se agudiza. Esta, se manifiesta dentro de un ciclo de cambios, que en el transcurso no son fácilmente detectables pero que en su acumulación resultan devastadores. Durante ese proceso, los líderes tradicionales pierden conexión emocional con las masas. Antonio Gramsci, lo explica: cuando las viejas ideas ya no convencen y las nuevas aún no nacen, el miedo y la confusión abren espacio a liderazgos providenciales.

Ausencia fundamental

Como he desarrollado en mis escritos sobre “La declinación de Argentina”, la ausencia de un discurso hegemónico y la confrontación permanente han profundizado la degradación social. Esa degradación no tendrá fin si no logramos reconstruir una élite política capaz de comprender que la recomposición del tejido social y productivo exige asumir que el mundo ha cambiado y que los desafíos actuales requieren acuerdos implícitos y explícitos sobre los rumbos a seguir. La consigna “no más guerra”, que describe nuestra dinámica política, demanda una visión que trascienda intereses de corto plazo y genere políticas consistentes y sustentables, alejadas del exitismo y la demagogia. Conviene recordar que la derecha también puede ser tan demagógica y mesiánica como los extremos de los partidos populares.

 

Los antagonismos no desaparecen por voluntarismo, ni deberían hacerlo. Coincido con Chantal Mouffe cuando afirma que no es posible erradicar el antagonismo y, al mismo tiempo, sostener un pluralismo democrático. El desafío consiste en transformar ese antagonismo en una oposición “nosotros/ellos” compatible con la democracia pluralista. Esto exige revisar paradigmas, métodos de acción política y formas de administrar el Estado. Para el futuro argentino, este desafío es decisivo.

La primera condición es preservar el funcionamiento de las instituciones democráticas. La segunda, pensar de otro modo: no se trata de renunciar a los intereses que cada dirigencia defiende según su ideología, sino de comprender que la sociedad y el Estado forman un sistema que necesita sostener e incrementar sus fuentes de realimentación para producir bienes materiales e inmateriales que den sustentabilidad al desarrollo. Todo esto ocurre en un mundo atravesado por crisis de poder, disputas hegemónicas y transformaciones tecnológicas que alteran las reglas del juego y crean estados de incertidumbres crecientes.

Nuevas generaciones y aprendizajes

Las nuevas generaciones expresan valores distintos a los tradicionales: libertad, antisistema, universo digital, emprendedurismo, individualismo. Estos han desplazado, al menos coyunturalmente, a otros como igualdad, comunidad, solidaridad, derechos y república. Sin embargo, estos últimos siguen siendo esenciales para el ordenamiento del Estado. La coexistencia de ambos sistemas de valores plantea desafíos para articular discursos y propuestas dentro del Estado de derecho.

 Lo anterior exige a la dirigencia política, la humildad necesaria para reflexionar sobre sus acciones y los efectos sociales de las mismos a partir de la realidad de un devenir incierto. Reflexionar sobre lo que necesita aprender y desaprender, no como lobos solitarios, sino mediante el diálogo con sus pares y con los diversos líderes comunitarios, única forma de desarrollar un proyecto viable y enriquecedor, dado una mayor comprensión de las necesidades preexistentes y las nuevas que se encarnan en la juventud.

-El tránsito político argentino se dibuja con claridad: del insulto como espejo moral del mesianismo —donde lo emocional domina exacerbando antagonismos— hacia la reconstrucción de un liderazgo racional y cuidador. Un liderazgo que no promete redenciones mágicas, sino que enseña a convivir con la incertidumbre, contradicciones y diversidad, a narrar el sentido común de la acción y a cuidar la vida en comunidad. Edgar Morin, señala que el líder como “Hombre de Estado”, comprende la complejidad de su tiempo y la narra a la sociedad en el lenguaje apropiado. Su tarea más ardua, construir y consolidar instituciones.   A diferencia del líder mesiánico que se sostiene en una fe ciega, el Hombre de Estado se apoya en la razón compartida.                                                                                                                                  

*Dr. en Ciencia Política (UNC-CEA)*

 

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