Nacional Por: Javier Boher27 de abril de 2026

Vacío de poder en la escuela

La crisis de las amenazas de tiroteo muestran lo mal orientada que está la política educativa, que empezó corriendo del centro a las instituciones

El tema de la educación es complicado. La gente dice valorar la formación que reciben sus hijos, pero después los dejan faltar si hace frío o si se acostaron tarde. No se puede relativizar la función escolar si se pretende sostener una educación de calidad.

Más allá de la buena noticia de que se arregló el tema de la paritaria docente, la cosa no anda tan bien. Los que estamos en las aulas sabemos que es cada vez más trabajo por menos plata, pero también que está alejado del verdadero trabajo que deberíamos hacer los que pretendemos dar herramientas a los niños y jóvenes para que se puedan defender en la vida.

El sábado a la noche fue noticia que intentaron asesinar (otra vez) al presidente norteamericano, Donald Trump. Al conocerse el nombre y perfil del tirador -un docente californiano que incluso había llegado a ganar un premio a docente del año- el chiste me salió solo: quizás allá Trump está pensando en hacer que sus docentes carguen notas en dos (o más) sistemas de gestión distintos, que llene el Informe de Evaluación Formativa (también en dos o más sistemas), preparar tres, cuatro o cinco modelos distintos de ejercicios y evaluación (siguiendo los lineamientos de las psicopedagogas y trabajando con las Docentes de Ayuda a la Inclusión, a las que hay que atenderles el teléfono cuando se les ocurre que es buena idea hablar de sus clientes), para lo que luego hay que tomar uno o dos recuperatorios (también adaptados al diagnóstico de cada alumno). Ni hablar de los que piden los tutoría por la tercera materia, una estafa para que sea más fácil levantar una previa. También está el tema de que llegan mails y WhatsApp institucionales a cualquier día y horario, porque ¿quién no está pensando en que es buena idea mandar un mensaje sobre carga de notas un viernes o un domingo a las 20.00? Las maestras, por lo menos, tienen menos de 30 o 35 alumnos, mientras que los del secundario quizás lidiamos con 300 o más, repartidos en tres, cuatro o más escuelas, cada una con su propia versión de la burocracia.

Ser docente y entrar al aula es difícil, pero para el que tiene vocación eso es lo más fácil. Todo lo de la lista anterior no tiene nada que ver con el trabajo docente, pero es lo que más tiempo insume y lo que expulsa a mucha gente valiosa para dejar en el puesto a gente poco creativa, con poca capacidad crítica y que solamente sabe disfrutar del trabajo del burócratas, llenar fichas que no sirven para nada. Me crié escuchando a mí papá repetir que la burocracia siempre encuentra formas de justificar su existencia, lo que es aún más cierto cuando esa burocracia se llena de gente poco idónea, que está ahí por su militancia política.

 

El vacío de la escuela

La semana pasada fue el clímax de la crisis de las amenazas de tiroteo, claramente un desafío viral, una broma propia de los adolescentes. De los casos que conozco, todos fueron alumnos de cuarto año, lo que suena bastante lógico. Ni siquiera fueron los peores alumnos, sino algunos zonzos que querían hacerse los vivos y mostrar que no son solamente buenos alumnos. Les salió mal.

Una de las cosas sobre las que nos hacen trabajar son los Acuerdos Escolares de Convivencia (AEC), en los que docentes, alumnos y familias ayudan a plasmar su visión sobre las normas escolares. Eso es además del reglamento tradicional, en el que las autoridades de cada escuela definen lo más importante y lo que queda fuera de negociación. De ese modo, los AEC no sirven realmente para mucho.

Cuando arranqué mi carrera (hace casi 20 años) los alumnos le tenían miedo a las amonestaciones. Todos sabían que eso significaba un problema para terminar el año, porque podían quedarse libres o se les podía pedir que se cambien de escuela. Ni hablar cuando llegaba la instancia de un claustro docente en donde se definía la suerte de esos alumnos problemáticos. La escuela tenía herramientas con las cuales resolver los problemas de conducta de manera interna, fortaleciendo a sus autoridades y docentes. 

Hoy eso no existe más.

El tema de las amenazas de tiroteo es una muestra cabal de ello, porque la escuela está en una situación en la que debe seguir ciertos protocolos que la dejan fuera de toda discusión sobre qué hacer con los alumnos responsables. Debe aceptar que al alumno (un adolescente sin demasiadas luces) se le pinten los dedos y tenga una causa penal, o mentir para resolver la situación internamente. Es una disyuntiva moral horrible.

No es solamente esto. Hace un tiempo tuvimos una situación de un caso de violencia de género entre alumnos. Había testigos, pero todo pasó por el Polo de la Mujer. Al acusado no se le pudo impedir la matriculación, no le pintaron los dedos y todo corrió por fuera de la escuela. Es decir que a un alumno al que lo vieron pegándole a una mujer le corresponde una sanción menor que al que sigue un reto viral que todos sabían que estaba en auge.

Hoy no hay más amonestaciones reales, porque en el peor de los casos se lo cambia de turno: no se lo puede echar. ¿La matriculación? Si no encuentra otro colegio hay que recibirlo lo mismo. Hay tantos protocolos y burocracias que desapareció el sentido común y se generó un vacío de poder que va a ser realmente problemático cuando los alumnos se den cuenta.

Poner gente poco preparada a definir las políticas educativas sale muy caro. Ojalá alguien se dé cuenta pronto de que la educación tiene ciertas bases que son milenarias porque funcionan. Todos estos experimentos antipunitivistas solamente van a traer más dolores de cabeza. Ojalá que cuando llegue el primer tiroteo real los responsables ministeriales se hagan cargo de la parte que les toca.

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