Afuera las ferias
Tengo como recuerdo de la niñez ir algunas veces a la feria que se hacía en el Cerro. Siempre acompañaba a mi mamá al super, pero la feria era distinta. Se trataba básicamente de verdura que llevaban quinteros o puesteros del mercado, pero siempre había alguien que vendía alguna otra cosa que llamaba mi atención. Seguramente algo tenía que ver el precio, pero también la variedad o la frescura de la mercadería.
La crisis de 2001 multiplicó las ferias que no tenían alimentos. La gente se la rebuscaba en clubes de trueque y muchos talleres informales vendían ropa trucha con la que sobrevivían muchas familias.
La recuperación económica posterior fue acabando con la mayoría de esos espacios, pero el germen quedó implantado. Muchos vieron en esas actividades marginales la posibilidad de obtener ganancias que en otros lugares era imposible. No se pagaba alquiler de un local, ni impuestos, tasas o servicios. No había controles municipales ni de ni gun otro tipo. El buenismo de la aceptación del fenómeno piquetero como idea de inclusión les permitió asentarse, y la idea de economía popular les permitió institucionalizar. De a poco se aceptó la excepción como regla, del mismo modo que pasó con naranjitas, limpiavidrios, cartoneros y todo el mundo de la informalidad que sirve a los intereses de punteros y partidos.
La semana pasada el municipio desmanteló la feria de barrio Los Olmos, que estaba asentada a la vera de Circunvalación, sobre una plaza y un terreno de Caminos de las Sierras. El conflicto estalló en seguida.
El lunes estaba viendo la televisión cuando el mochilero fue a hablar con el presidente del centro vecinal. De a poco fue llegando gente que representaba distintos intereses en el mismo espacio. Feriantes de vieja data, otros más nuevos, políticos y frentistas se cruzaban con chicanas a cada rato. La presencia policial aumentaba, al igual que la tensión entre los involucrados.
En los argumentos se escucharon muchas cosas que no deberían ser normales pero que se naturalizaron a lo largo de los años.
Primero, la idea de que eso es un trabajo. ¿Cómo puede un partido defender ese tipo de emprendimientos al mismo tiempo que se opone a la existencia de las plataformas tecnológicas? En el caso de las apps al menos hay un registro sobre quiénes venden sus servicios, cosa inexistente en las ferias. Lo más parecido a la app es el tipo que les alquilaba el espacio y los tablones a los feriantes, casi como si él fuese el dueño del espacio público.
Segundo, la aceptación de que en esos espacios está permitido todo para sobrevivir. Se venden alimentos, animales, repuestos para autos y objetos robados con total normalidad. Después hay un brote de triquinosis y no se puede rastrear o se venden perros peligrosos que salen de criaderos clandestinos en los que viven mucho peor que en los criaderos de galgos que había hasta la prohibición.
Tercero, la idea de que la necesidad de la mayoría se puede imponer sobre los derechos de la minoría. En un momento un feriante increpó a una frentista diciéndole que hay 450 familias y sólo 15 vecinos, como si el número diera la fuerza. Una democracia entendida como la voluntad de la mayoría es un régimen demagógico en el que los incentivos están puestos en alcanzar un voto más que el que sale segundo para imponer un programa de gobierno que asegure volver a recibir el favor de los votantes.
Las sociedades de vicio controlado
Existe una doctrina que plantea que la mejor forma de ordenar una sociedad no es prohibiendo las actividades problemáticas, sino regulándolas para evitar las consecuencias más negativas de las mismas.
Los ejemplos más claros al respecto son las zonas rojas en las que se puede ejercer la prostitucion y donde el Estado impone sus normas o la habilitación de lugares para el consumo de drogas blandas y la supervisión del consumo de otro tipo de drogas para evitar el contagio de enfermedades o sobredosis.
La idea central es que la gente no va a dejar de hacer esas cosas y que el objetivo del sector público debe ser minimizar el impacto sobre el resto de la sociedad.
Algo como eso es lo que pretende hacer el Estado municipal respecto a las ferias, aunque con poco éxito. A pesar de que se habla de la situación económica como justificativo para la existencia de las ferias, muchas llevan años o décadas en funcionamiento, con personas más atraídas por la ausencia del Estado que por la presencia del mismo.
En lugar de sentirse presionados por el contexto para desregular actividades, ponen más trabas sobre las actividades lícitas, generando más incentivos para la ilegalidad. Aceptar las actividades en negro y penalizar las que están en blanco (con clausuras o controles que no existen en las ferias) es la receta perfecta para que siga creciendo la informalidad que se lleva la riqueza fuera de la economía en blanco y la pone en manos de gente que prospera al margen de la ley.
No hay que dejarse extorsionar emocionalmente por los que obtienen beneficios a partir de la necesidad de decenas de familias que necesitan ingresos extra. Algunos obtienen plata y otros votos, de allí que sea tan difícil erradicar esos espacios.
Hace mucho dejé de ir a las ferias, porque prefiero mis recuerdos. El olor a papas fritas grasientas, la basura en el suelo, la música fuerte que se superpone y las luces de los juguetitos chinos me parecen el retrato más acertado de la decadencia económica, social y cultural de la Argentina.