Nacional Por: Javier Boher05 de octubre de 2026

Gobernadores autónomos y fortaleza nacional

Los cambios políticos del último cuarto de siglo han destruido los partidos nacionales y fortalecido a las provincias.
 

Carlos Pagni pasó por Córdoba y dejó algunas definiciones que se reprodujeron enormemente en redes. 

La primera fue similar a lo que hacen los rockeros que vienen de gira, se ponen la camiseta de Argentina y dicen que nunca vieron un público así, que tenemos las mujeres más lindas y la mejor carne. El perfil académico de la universidad, la clase media diversa e inquieta o nuestras relaciones exteriores fueron algunas de las loas que salieron de su boca, el tipo de declaraciones que hace bajar la guardia. El nacionalismo provincial se desnuda un poco provinciano al enorgullecerse por la validación que le da un porteño.

La segunda declaración es la más importante, porque habla de lo que pasa con los gobernadores de provincia, que son muy reconocidos en sus distritos e ignorados en Buenos Aires. Es difícil moverse en esa tensión, porque la tendencia natural es a evitar lo que nos incomoda y a concentrarnos en lo que nos hace sentir mejor, por eso algunas veces los gobernadores evitan el salto a la arena nacional. 

Esa observación de Pagni no es errada, sino que explica lo que está en la base de las transformaciones políticas del país en lo que hace a su federalismo. El esquema actual parece tender a una atomización territorial del poder, donde cada provincia es efectivamente como un país en ciertos aspectos de su autonomía y gestión de la política. 

Durante el siglo XIX los gobernadores ejercían el poder absoluto en sus provincias. El gobierno nacional era algo que quedaba lejos de la gestión local del territorio, de allí que la democracia existente antes de la Ley Sáenz Peña dejara mucho que desear e hiciera fundamental la existencia de un Ministro del Interior para lidiar con gobernadores muy fuertes.

El siglo XX fue el de la centralización del poder. El radicalismo se erigió como el primer partido político moderno del país, con una estructura nacional que cambió las reglas de juego. El peronismo y los gobiernos militares también fueron contribuyendo a borrar las particularidades del federalismo, sometiendo todo a la lógica de una cabeza nacional.

Desde 1983, sin embargo, cambiaron las reglas. Se empezaron a desdoblar elecciones y los dos niveles se despegaron en los hechos. Los gobernadores de las provincias volvieron a dejar de depender de ir pegados a un buen candidato presidencial y las estructuras partidarias nacionales perdieron fuerza. El único partido nacional es La Libertad Avanza, que existe solamente para disputar elecciones nacionales contra fuerzas locales. 

Por eso resulta difícil saber qué van a acordar los gobernadores con el presidente de cara al año que viene. Cada uno tiene la posibilidad de seguir gobernando su provincia, por fuera del paraguas de un partido en el que se puedan discutir candidaturas nacionales que los aglutinen a todos. Por eso parece que el gobierno nacional no tiene una estrategia electoral clara: cuanto más ensucie la toma de decisiones de los gobernadores y los aliente a que no unifiquen candidaturas para enfrentarlo, más allanado tendrá el camino para su reelección. ¿Qué mejor escenario que dos o tres candidaturas que representen poderes regionales y se resten votos entre ellas al representar a los mismos grupos de personas disconformes con la gestión de Milei?

El federalismo que enarbolan los políticos y se ve en la práctica cotidiana parece ser más favorable a los intereses del gobierno nacional que a los de la oposición. Cada provincia es un pequeño país y su gobernador un pequeño rey que no quiere ir a revalidar su popularidad local al plano nacional, lo que se traduce en una complementariedad funcional en la que todo parece apuntalar la estrategia libertaria de dividir para reinar.

 

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