Indignados de centro
Los que hacemos un intento de análisis y opinión nacional solemos tener algunas dificultades adicionales para hallar una novedad, puesto que casi siempre se trata del mismo puñado de temas con algún giro adicional.
Después del fin de semana extra largo supuse que iba a tener algo bueno para escribir, pero no. En la búsqueda de una explicación llegué a la conclusión de que quizás es porque incluso los que amamos escribir y comentar sobre política también nos vemos sometidos a las presiones cotidianas de un debate público que sigue apostando por la polarización.
Algunos eligen decir que el problema es que “la micro” no arranca y que por eso la gente se encuentra ofuscada o enojada con el gobierno. Puede ser.
Hay otros que hablan del “riesgo kuka”, fenómeno que también hemos abordado acá para tratar de entender la inestabilidad de los indicadores económicos. Quizás ellos también tienen razón.
En cualquier caso, las dos posturas son incompletas y responden al mismo incentivo de abandonar los grises y cargar toda la responsabilidad en el blanco o negro del otro lado. La polarización es un mal que destruye las posibilidades de debate racional y expulsa a cada vez más gente fuera de la discusión pública, haciendo que ambos lados traten de demostrar que el otro está equivocado de una manera en la que la multiplicación de relatos hace difícil llegar a una conclusión sobre qué está pasando.
Voy a tomar algunos ejemplos de la semana pasada.
En su intento por abonar la posición de que hoy Argentina es un país más seguro y vigilante de sus fronteras, el presidente aseguró que el año pasado habían deportado a 30.000 terroristas. La cifra es escandalosa y claramente falsa, exagerada o manipulada, ya que el país habría sido invivible de haber existido tal volumen de terroristas en su territorio.
Del otro lado, sin embargo, se empeñaron en demostrar que esto es una dictadura porque recientemente le negaron el acceso a una periodista vasca que quería sumarse a cubrir el encuentro de mujeres en Córdoba. En la foto tenía puesto un abrigo cuyas mangas estaban fabricadas con una kefiya palestina. Eso por sí solo no es un delito, pero me permití dudar de su objetividad.
Ahí apareció (desde el bando oficialista) una vieja participación de la mujer como soporte de ETA (el grupo terrorista vasco) y alguna imputación o juicio vinculado a eso, que rechazaron desde el bando de defensores de la cronista diciendo que era todo armado.
Así es la rutina permanente de estrés informativo al que nos vemos sometidos. Puede ser el caso del ejemplo anterior, el oro del Banco Central, el encuentro de mujeres, Alberto Fernández diciendo que su gobierno podría haber sido peor si él no se le plantaba a Cristina o cualquier otra cosa. Pocos tratan de frenar un segundo, contrastar información, hacer algún tipo de producto periodístico centrado (y no psiquiátrico) como para aportar al proceso de toma de decisión de la gente, que se aleja de las noticias para vivir más tranquila.
A medida que crece la polarización, la discusión pública se hace más insoportable y más gente abandona la misma para dedicarse a una vida más banal y ligera en redes sociales.
Al final “el pueblo” o “la gente” son diez gatos locos gritándose de un lado a otro y un montón de gente en el medio que elige no escucharlos. Hay algo ahí que podría llegar a constituir una “ancha avenida del medio”, aunque no tiene forma clara, ni ideas nítidas, ni valores que defender con intransigencia, ni nada por el estilo. Es gente que está cansada de que los políticos le mientan, pero que también se empieza a cansar de que los periodistas les den una mano. El desafío para los políticos es representar ese nuevo hartazgo, menos dogmático que el de los extremos.