La renovación kirchnerista
Hay un episodio lejano en el tiempo que uso siempre para marcar cómo funciona la negación de los políticos respecto al paso de los años. El acto era en La Calera y Menem estaba tratando de mantener viva su imagen después de haberse bajado del ballotage de 2003. Estaba hablando desde un balcón para un puñado de personas cuando se empezó a descomponer. La imagen lo mostraba aferrado al micrófono y a la baranda mientras se le aflojaban lentamente las rodillas, pero aún así no dejaba de hablarle a los asistentes.
Quizás allí fue cuando entendió que se le podía ir la vida buscando algo que no iba a volver tener, tal vez entendiendo que si modificaba su estrategia podía convertirse en senador y estirar la llegada de la muerte con una pequeña cuota de poder (una banca entre 72) para despuntar el vicio de la política.
Cristina Kirchner sigue aferrada al pasado. Envalentonada después del triunfo de Lula Da Silva, declaró que podría ser candidata si la justicia la habilita, algo que todavía parece improbable (pero no imposible).
El mal momento por el que está atravesando el gobierno nacional ha generado que poco a poco se vaya instalando en los medios la idea de que hace falta que vuelva el kirchnerismo. En diarios, redes y portales de habla de las reuniones entre Máximo Kirchner, Axel Kicillof y Sergio Massa, como así también del conocimiento de la economía que tiene el primero, el ajuste que está haciendo el segundo y el conocimiento del funcionamiento de los resortes del Estado que tiene el tercero. A todos ellos se suma la ex presidenta, que se niega a aceptar la jubilación forzosa que le impuso la justicia para tratar de ordenar la interna y la renovación del peronismo.
En 1989 Carlos Menem ganó prometiendo salariazo y revolución productiva. Hizo todo lo contrario.
En 2002 Duhalde prometió que el que depositó dólares recibiría dólares. Hubo pesificación asimétrica y confiscación de los ahorros de los ciudadanos.
El primer kirchnerismo prometió arreglar las inequidades del modelo anterior, pero fue de a poco destruyendo la economía del país manoteando cada caja que se le cruzó.
Macri hizo un ajuste antipático que le costó la reelección. Alberto Fernández prometió prender la economía y ganó, solo para comerse el orden macro que había conseguido su antecesor y dejar al país al borde de una hiperinflación.
Milei prometió ajuste y lo está haciendo, generando el malestar y antipatía que domina las calles. La propuesta de la renovación del peronismo es subir los ingresos de manera artificial para reactivar el consumo, apelando a un acuerdo de precios con los empresarios para evitar que se convierta en inflación. No funcionó nunca. Jamás.
La única novedad de todo esto es el rumor de que Kicillof estaría dispuesto a enfrentar a Cristina en una interna, quizás lo que la obligó a hacer las declaraciones sobre su posible candidatura. Sería el mayor acto de desobediencia desde la candidatura de Massa en 2013, quien luego tomó sucesivas malas decisiones estratégicas que le impidieron llegar a la presidencia.
La renovación del peronismo está taponada por una figura que no se quiere retirar y por algunas otras que no se animan a tratar de echarla. Así, solamente tiene un pasado para ofrecer y ningún futuro con el que tentar a un electorado frustrado por quince años de problemas económicos. No se puede descartar que vuelva a funcionar en un país que vive en la nostalgia permanente por un pasado glorioso que nunca existió.