

Por más que uno lo mire de reojo, hay un dato que ya no se puede disimular: cuando alguien quiere pararse fuerte en Punilla, pasa por Cosquín. Lo hizo el viernes pasado el diputado nacional Gabriel Bornoroni, referente y armador de La Libertad Avanza en Córdoba, que en el marco de su recorrida por el Valle eligió la Capital Nacional del Folklore para dar una de las conferencias de prensa centrales de su gira. Nada nuevo bajo el sol serrano: cada vez que un dirigente con vocación de poder territorial planea una foto, un anuncio o una definición política en la región, Cosquín aparece en la agenda.
La escena tiene su costado paradójico. Bornoroni llegó a una ciudad gobernada por un signo político distinto al suyo, en un contexto donde buena parte de la dirigencia libertaria construye su relato territorial contraponiéndose a las gestiones locales. Y, sin embargo, ahí estuvo, en Cosquín, buscando la centralidad mediática que la ciudad garantiza casi por default.
Claro que la centralidad de la ciudad no le garantizó a Bornoroni una convocatoria a la altura de sus ambiciones. Apenas una treintena de personas (de los cuales gran parte eran de otras ciudades del valle) se acercó a escucharlo, un número que contrasta con el volumen de expectativa que la propia gira intentó instalar. El dato no es menor: confirma, una vez más, que la estructura de aparato y la conferencia de paso no alcanzan para torcer un escenario donde el verdadero caudal de votos y militancia responde a otra lógica, la del trabajo territorial sostenido en el tiempo. Un trago amargo para quien busca mostrar despliegue de cara a 2027, en la misma ciudad que eligió como vidriera.
Porque esa es la otra lectura, la de fondo: la deuda de antiguos referentes que dejaron en la política y la que no supieron entender los cambios sociales que demanda una política más dinámica, el de aparecer en cualquier pueblo del interior a repartir gestos y promesas, hoy encuentra un límite claro. El músculo político real, el que mueve estructura y garantiza votos, está en manos de los intendentes. Son ellos —no los armadores de paso ni las conferencias de gira— quienes sostienen el trabajo cotidiano en el territorio. Y en ese tablero, Cosquín no es una parada más: es una plaza que todos quieren pisar, y eso no es casualidad ni moda pasajera.
Mientras dirigentes de distinto color político circulan por Punilla en busca de posicionamiento de cara a 2027, la gestión de Raúl Cardinali, intendente que trabaja codo a codo con el gobernador y que gestiona sin intermediarios, sigue el rumbo que se trazó desde el primer día: gobernar puertas adentro sin resignar ni un centímetro de la agenda propia. Cosquín tiene su propio ritmo, sus propios tiempos y su propia hoja de ruta en materia de desarrollo turístico y posicionamiento cultural, ambiental, deportivo y educativo, eso se sostiene más allá de quién llegue de visita, con qué bandera o con qué expectativa electoral.
Ahí está, en definitiva, la explicación de por qué todos paran en Cosquín: no es solo por el peso simbólico de ser la Capital Nacional del Folklore, es porque la ciudad —con una administración que elige construir gestión antes que ruido— se convirtió en una referencia insoslayable de la región. Cuando Cosquín estornuda, en efecto, Punilla se resfría. Y esa centralidad, lejos de improvisarse, es el resultado de una gestión que sabe exactamente adónde va, sin que la agenda de terceros le corra el eje.


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