Las vaquitas son ajenas
Por Javier Boher
rjboher@gmail.com
Una de las cosas que más me gusta de Twitter es que siempre hay discusiones de lo más variadas que demuestran que el país es muy diverso y está lleno de gente que conoce muy poco de eso. Cada uno interpreta las cosas desde su metro cuadrado y deja afuera muchos elementos que permiten entender las realidades de los otros.
Una discusión que copó la parada este fin de semana (además de todo lo referido al sable corvo de San Martín y la batalla por apropiarse del símbolo) fue la referida al precio de la carne. La pelea se desarrolló a continuación de haberse conocido que el 2025 fue el año con mayor consumo de carne per cápita de la historia, con 116,5 Kg en el año, 320g por día, sumando los distintos tipos disponibles.
La discusión también comprende el marco de un nuevo aumento del precio de la hacienda y en el mostrador, más o menos de 30% en los últimos cuatro meses, muy por encima de la inflación.
Exhibe, además, que la inmensa mayoría de la gente no sabe absolutamente nada sobre cómo se produce un kilo de carne de nada, pero pretende disfrutarla como si fuese dueña de los animales: “somos productores, no puede ser que paguemos tanto”, dicen numerosas personas que no entienden que para facturar por la venta de carne lo mismo que cobra anualmente un vocal de alguna agencia de las que hay en Córdoba hay que tener un rodeo de unas 90 vacas, un capital de unos 110 millones de pesos. Ni hablar de que no son los mismos horarios, hay que pelear con cuatreros, enfermedades y cambios de reglas permanentes que hacen que alguien con ese capital prefiera ponerlo en una propiedad o instrumentos financieros para vivir mucho más tranquilo.
La vida en el campo no es bucólica
Hay un libro de la vida en el campo (“para realistas y soñadores”, como dice en la tapa) que está escrito desde la realidad británica pero ilustra bastante bien la cantidad de tareas y responsabilidades que tiene criar animales o cultivar el suelo. En un pasaje, dirigido especialmente a los soñadores, señala que vivir en el campo no es divertido como en las series de televisión: una patada de un caballo puede matar y un error en la provisión de alimento a los animales puede hacer perder todo el capital. Muchas de las situaciones no ofrecen segundas oportunidades para enmendar el error.
En general la producción agropecuaria es una profesión que se hereda en la familia, aunque en los últimos años ha habido una expulsión de pequeños productores y una concentración del trabajo de la tierra, con una propiedad no tan concentrada pero dividida en una clase rentista que no sabe ni le interesa lo que pasa en sus campos. Pese a ello, son muchos más productores de carne o leche que productores de acero o aluminio, de allí que la posibilidad de sentarse a negociar precios con los gobiernos es bastante más difícil. El de la carne, específicamente, es un mercado de competencia perfecta en el que hay tantos actores que ninguno (comprador ni vendedor) puede modificar el precio.
Los que hacen eso son los políticos con sus reglas e impuestos.
Durante dos décadas la política argentina para el sector ganadero fue la de la destrucción del capital, perdiendo millones de cabezas para proteger la mesa de los argentinos, eliminando del negocio a criadores, invernadores, frigoríficos y tambos, beneficiando exclusivamente a los pocos grupos habilitados para exportar por los cabecillas del régimen soviético del cepo al comercio exterior.
La única política del kirchnerismo hacia el campo fue la de la obstrucción de cualquier producción que no fuese soja, destruyendo los márgenes y desincentivando otros cultivos y ganadería. Fue el verdadero modelo extractivista, pero con la demagogia de la carne barata.
No hay dudas de que somos culturalmente carnívoros, particularmente de carne vacuna, lo que generó la sensación de que comer carne barata es un derecho, a lo que el kirchnerismo agregó el corolario de que eso además debe ser cubierto a costas del productor. Sin embargo, condiciones más favorables de producción y la posibilidad de exportar ayudarían a aumentar el volumen de carne disponible, especialmente porque el mundo no consume los cortes con hueso que son los preferidos para el asado.
Entre las quejas de los que quieren carne barata está que además hay una “invasión” de carne importada, principalmente de cerdo brasilero. Es la demagogia del atraso cambiario y la no eliminación de retenciones con la que este gobierno quiere lograr lo mismo que el kirchnerismo y que quizás termine teniendo el mismo efecto de afectar a los productores (aunque en ese caso sea de cerdo).
Hace unos días alguien se indignaba porque había mollejas importadas desde Estados Unidos, ignorando que eso ayuda a que más gente pueda comerla. Es decir que los que se quejan no quieren que entre carne barata (que hace que más gente acceda a proteína animal), pero tampoco quieren pagar la carne lo que vale, porque los productores son unos angurrientos. Así, el productor ganadero debería tener márgenes de pobreza para que ellos puedan comer carne argentina barata. Es absurdo.
Detrás de ese razonamiento tan tosco está la lógica de Yupanqui en El Arriero, esa de que las penas son nuestras y las vaquitas son ajenas, por lo que hay que alegrarse de comer asado barato destruyendo a los productores. Qué ganas de darle un bife a esa gente.
Un churrasco, por favor, que no se malinterprete…
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