Nacional Por: Javier Boher23 de febrero de 2026

Villarruel lanzó (tácitamente) su candidatura

La vicepresidenta marcó profundas diferencias con el gobierno de Milei, apelando a los mismos grupos sobre los que se sostuvo el último kirchnerismo 
 
Por Javier Boher 
rjboher@gmail.com
Estamos lejos de saber cuál va a ser el cronograma electoral del año que viene, pero no es ninguna novedad que hay muchos que ya están haciendo algunas cuentas para saber cómo acomodarse. Si bien dos años en este país es mucho tiempo como para saber quién va a llegar a ser candidato, todo el que se crea con chances va a empezar a tender líneas para llegar a serlo.
Si no se derogan o se vuelven a suspender las PASO, los frentes electorales se presentan en junio y poco después se definen las candidaturas para competir en agosto. Es un año y medio hasta saber efectivamente quiénes serán los que compitan en octubre.
La era de las redes sociales ha comprimido los tiempos, por lo que alcanza con una aparición fugaz para cosechar los frutos de un cambio de época que se fue procesando en el largo plazo.
Una de las personas que contribuyó a generar el momento político y cultural actual es la vicepresidenta, Victoria Villarruel. Durante años se paseó por cuanto programa la recibía para polemizar con los interlocutores de turno y cuestionar la postura del kirchnerismo en torno a la última dictadura. Su discurso fue calando de a poco, desarrollando una de las aristas a partir de las cuales se debilitó al gobierno de Cristina Kirchner. La otra dimensión fue la económica, donde Javier Milei hizo el mismo trabajo, pero enfocado en lo suyo: conseguir que Argentina se abriera al mundo.
En 2023 confluyeron en una fórmula presidencial y consiguieron el triunfo. Eran las dos caras de la derecha Argentina, una más tradicional, católica y nacionalista, la otra más de achicar el Estado y abrir la economía. Si bien la segunda existió mucho en el discurso, en la práctica el intervencionismo se levantó recién en los ‘90.
A poco tiempo de empezar a andar la tensión entre el presidente y su vice empezó a crecer, particularmente porque la agenda de Villarruel está muy clara y quedó relegada a un segundo plano por decisión de Karina Milei. Es notable cómo se insiste en descalificarla como tarotista o repostera, asegurando que no es capaz de tomar buenas decisiones para conducir el país, a pesar de que sería la responsable del triunfo en 2023 contra todo el aparato estatal a favor de Massa y en 2025 contra los que agitaban los hechos de corrupción que se le imputan creyendo que con eso iba a bastar para derrotarlos.
Villarruel trató de levantar vuelo propio y la recluyeron en el freezer del Senado, un lugar que ella aceptó para trabajar por lo bajo en sus vínculos con las provincias. La historia marca que es menos un trampolín que un cementerio para carreras políticas, aunque esa es una regularidad que está pensada para romperse, como todas.
Finalmente parece que ha decidido empezar a carretear para darle inicio a su proyecto presidencial. A sus tradicionales recorridos por el interior del país -en general ataviada con sombrero y poncho, a los fines de exhibir su contacto con las tradiciones criollas- ahora le sumó un posteo de X donde plantea una diferencia central con respecto al rumbo decidido por Milei.
El posteo en cuestión era sobre el freno que la Corte Suprema de Estados Unidos le puso a la política arancelaria de Trump, una figura cercana al imaginario libertario pero opuesta en términos económicos. No le falta razón a Villarruel en su observación final: se trata de nacionalismo contra globalismo, un enfrentamiento directo entre ella y Milei, fervoroso defensor de la integración global. La vice, por su parte, esbozó una defensa de Trump en términos estrictamente kirchneristas, un reflejo de la política económica intervencionista que destruyó las capacidades productivas del país.
Su candidatura tácita representa efectivamente a los sectores de poder tradicionales, incluso algunos que están más desdibujados en términos ideológicos (aunque no dejan de ser los más conservadores, al menos en la idea de defensa de un status quo). 
En los últimos días visitó La Rioja y se reunió con el gobernador Quintela, uno de los que se encuentra en las antípodas del presidente. De profunda fe peronista, abrazó el kirchnerismo como identidad para oponerse a Milei, aunque la piel del “nacionalismo contra globalismo” le puede quedar igual de bien. No hay político riojano que no defienda el aislacionismo federal al estilo Quiroga, una forma de sostener el poder local.
Villarruel también recibió a representantes de la iglesia y se pronunció contra la baja de la edad de imputabilidad. Esto es bastante confuso, porque si bien la derecha argentina ha sido siempre católica, lleva varios años (o décadas) abrevando en el progresismo pobrista que llegó a poner un Papa en Roma. 
Así, Villarruel está tratando de construir una candidatura sobre las ruinas del peronismo, un edificio al que se le está cayendo la pintura kirchnerista y está tratando de remodelarse como para volver a ser elegido por la gente.
Su proyecto no es imposible, pero es difícil, ya que tiene la difícil tarea de defender un orden viejo y con actores viejos, pero tratando de que se vea como algo nuevo. 
 Milei basa su fuerza en su carisma, que todavía no necesita de todos esos grupos a los que apunta Villarruel para dominar. Hoy es más el Néstor Kirchner que se peleó con todos que la Cristina que se arregló y los metió adentro. La vice se parece cada vez más a la que la gente cada vez aguanta menos.

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