Nacional Por: Javier Boher26 de febrero de 2026

Todos crecen menos vos

Hace tiempo se habla del igualitarismo argentino como una excepcionalidad en la región, aunque solo nos distingue nuestro estancamiento
Por Javier Boher 
rjboher@gmail.com
Me parece que hay algo de pereza en los razonamientos que tenemos como sociedad. Aunque es normal buscar respuestas fáciles para ordenar el mundo, nosotros encima caemos en una idealización de ciertas cosas de nuestro pasado y una visión peyorativa del resto de la región. 
Hace un tiempo que se viene discutiendo por un ejemplo que se usa mucho en estos tiempos para tratar de explicar los efectos de una macroeconomía ordenada. Ese ejemplo es el de Perú. 
Cuando nuestro país entró en la Convertibilidad la comparación era con Chile, un país “desigual y sin clase media” porque aplicaba políticas económicas aperturistas. Es cierto que en aquel momento Argentina tenía mejores indicadores sociales, pero las tres décadas que nos separan de ese punto cambiaron radicalmente el panorama. Nuestra economía se achicó, mientras que la de Chile creció. Mucho se habla en este país de la importancia de la industria y poco se dice que Chile exporta mayor proporción de manufacturas que Argentina o que en total exporta más en valor.
Habiendo sido superados en esa comparación, hoy la vara bajó hasta Perú, un país que al inicio de nuestra Convertibilidad estaba todavía en un conflicto armado contra la organización terrorista Sendero Luminoso. Aunque sigue siendo un país muy desigual, el PBI peruano pasó de ser la sexta parte del argentino a la mitad, las exportaciones superaron las nuestras en ese tiempo y el PBI per cápita peruano creció cinco veces en el mismo período en que el argentino no llegó a duplicarse.
Todo eso, sin embargo, no es un ejemplo usado para comparaciones sociales, sino para las políticas y económicas. Quizás algún trasnochado sueña con un país con una sociedad estamental como la peruana, pero de lo que se está hablando realmente es de cómo se genera riqueza cuando las reglas están claras y las instituciones económicas no están sometidas al gobierno de turno.
El ejemplo fue particularmente claro hace unos días, cuando una nueva crisis política en el país no afectó en absoluto a la economía. El mundo sabe que el rumbo es el mismo, independientemente de quién gobierne. Esto es exactamente opuesto al caso argentino, donde la mera sospecha de regreso del kirchnerismo desestabiliza toda la economía, al punto de que Estados Unidos intervino para sostener al gobierno de Milei.
En estas comparaciones se menciona mucho la pulsión igualitaria de los argentinos, cosa que es real. El problema es creer que la igualdad solamente puede ser material y encarada desde el Estado, cuando la igualdad ante la ley es fundamental para pensar que es posible un crecimiento sostenido.
El surgimiento del liberalismo contemporáneo tiene mucho que ver con las asimetrías en la aplicación de las normas y en un reparto inequitativo de las cargas económicas. Mientras algunos tiraban del carro para crear riqueza, muchos otros (especialmente los políticos condenados por corrupción) se encargaban de agrandar las brechas sociales.
Hoy el imaginario argentino sigue creyendo en una sociedad igualitaria, en la que es posible el progreso a través del esfuerzo, por eso la gente junta unos pesos para independizarse abriendo un local, poniendo un taller o haciendo lo que sea. Los que condenan al fracaso esas iniciativas son los que ponen regulaciones excesivas e impuestos impagables, o que no aseguran la seguridad física y jurídica. Pensemos en cuánta gente abre un almacén en la cochera de la casa para hacer un extra, atiende detrás de un par de rejas para que no lo asalten y solamente lo puede sostener porque evade todo tipo de pagos al Estado. En esas condiciones pretenden que la gente crea que nosotros estamos bárbaro y que los otros están pésimo.
Creer que este país es igualitario solamente porque existió el peronismo es un ejercicio de pereza intelectual tan mayúsculo que nos hizo sostener políticas que destruyeron la igualdad que supimos conseguir. Hay que abandonar la soberbia derivada de la idealización del pasado y empezar a mirar qué es lo que hacen bien todos los que crecen a nuestro alrededor.

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