Nacional Por: Javier Boher18 de septiembre de 2026

Con la tuya, contribuyente

El latiguillo se popularizó contra el kirchnerismo, pero entre los libertarios también hay quienes se aprovechan de la plata del Estado 

Todavía me falta un cuarto de siglo para la jubilación, así que la miro de lejos. No le presto mucha atención a los cambios de normativas porque seguramente van a volver a cambiar en todo el tiempo que me queda para seguir trabajando, aunque cada tanto hay sucesos que uno atesora como muestra de lo mal hechas que están las cosas. En este momento me acuerdo de dos.

El primero de ellos es la reforma jubilatoria que impulsó Schiaretti, en la que se dejaba de tomar el último sueldo para pagar la jubilación y se pasaba a hacer un promedio de los últimos años. El argumento en favor de ese sistema anterior era que la inflación acumulada destruía cualquier promedio. Lo que pasaba en la realidad era que se daban ascensos el último mes, a los fines de retirarse mejor parados para el cálculo. Un fraude al Estado.

El segundo hecho es el de la famosa “Sergia”, el salteño caradura que se cambió el sexo del FMI para jubilarse cinco años antes. No cambió el largo del pelo, la ropa y probablemente ni siquiera el perfume, que por toda su elección estética debe haber sido alguna colonia fuerte. Otro fraude al Estado.

Como el Estado es como los chicos cuando van al almacén, que gastan en zonceras porque no saben cuánto cuesta ganar la plata, cada tanto aparece alguna nueva noticia que nos recuerda por qué hay que limitarle la capacidad de gastar. En este caso, por lo que parece ser una estafa completamente consciente a las arcas públicas.

Resulta que a fines de julio el Enacom decidió prescindir de los servicios de Daniel Alfredo Neira, que estaba en el Estado desde 2012. El 28 de julio le habilitan la indemnización, el 31 se termina la relación laboral y el primero de agosto arranca a trabajar en el INTA (para los que dicen que la economía está muerta). La liquidación marca que le pagaron casi 110 millones de pesos, unos 70.000 dólares, a pesar de que a los cheques de su nuevo trabajo se los va a seguir pagando la misma patronal (todos nosotros).

Hay dos datos centrales en el hecho y el porqué es indignante. Primero, porque el propio INTA viene con una política de retiros voluntarios por la cual se han desvinculado del organismo unos 1.200 empleados, que se fueron con una letra chica de no poder ser recontratados por el Estado por un período de cinco años. Segundo, porque el tipo ya sabía que se iba a otro organismo y organizaron el despido para quedarse con toda esa plata. Milei decía que no venía a liderar corderos, sino a despertar leones, pero parece que lo que mejor les queda es que se les escapó la tortuga.

Es muy fácil hablar cuando se está del lado de afuera, pero una vez adentro hay que lidiar con este tipo de cosas. El verdadero espíritu del empleo público en Argentina es que no hay nada inmoral en hacer una jugada como esa, del mismo modo que para el político no hay ningún incentivo para cambiar lo que a esta altura es un derecho adquirido. Naturalizar estas actitudes es lo que dificulta que bajen los impuestos y que el Estado sea eficiente en la administración.

De nuevo, este tipo de casos se repiten en los gobiernos de todos los niveles y partidos. De algunos es más fácil esperar que hagan la vista gorda, pero no se puede decir lo mismo de los paladines de la motosierra, los liberales libertarios y economistas austríacos que creen que el Estado es un robo violento. Si el precio de la libertad es la eterna vigilancia, cada vez que aparezca uno de estos hay que hacer sonar el silbato.

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