La larga historia de las crisis argentinas
Hoy cumplo 40 años. La estadística dice que estoy apenas pasando la mitad de la vida, aunque tres quintos de ese tiempo los voy a dedicar a trabajar hasta jubilarme (si la ley no cambia, por supuesto).
Las cifras redondas nos hacen reflexionar, así que vale la pena el recorrido.
Nací poco antes del mundial que tuvo al mejor Maradona consiguiendo la copa, pero mis primeros recuerdos son de botellones gigantes de aceite de la hiper de Alfonsín. Arrancamos mal, pibe…
En primer grado me cambiaron la plata de la merienda y perdimos muchos ceros. Lo bueno fue que se simplificó el cálculo y se mantuvo por bastante tiempo, aunque no llegamos a terminar la escuela con esas reglas: después de diez años de Menem (con casos de corrupción tolerados por la gente desde apenas iniciado el mandato), De la Rúa no pudo mantener la cosa a flote y en 2001 todo se fue al diablo. Bastante feo terminar la secundaria con la mitad de la gente en la pobreza y que no alcanzara la plata para nada.
Empecé la universidad un año después de que asumiera Néstor Kirchner. Si o sí los de sociología teníamos que ser todos de izquierda, pidiendo más Estado para recuperar capacidades estatales perdidas durante el neoliberalismo. Rápidamente aparecieron los escándalos de corrupción, pero la gente eligió bancar el modelo. Inflación, crisis del campo y una economía que se empezó a estancar son la marca que le pegó con fuerza a mi generación y la que sigue. Llevamos casi desde 2011 sin un buen año económico, perdiendo de a poco la calidad de vida.
En 2015 ganó Macri, pero la cosa ya venía mal y no alcanzó a mejorar (al menos no convenció). Como dato de color, el lunes después del ballotage nació uno de mis hijos y un enfermero me dijo que le ponga Mauricio. Nada más ordinario que tener nombre de político, así que se lo dejé a otra gente más interesada en seguir dogmas y figuras.
El optimismo del enfermero es terrible visto en el tiempo: ninguno de mis hijos vivió sin inflación, con menos de 30% de pobres (no cuentan las mediciones que son casi errores muestrales) o salarios dignos. Siempre les tocó la Argentina a la que nos acostumbramos, esa de las crisis cíclicas que destruyen riqueza y expulsan gente a los márgenes de la sociedad.
Pasaron Alberto, Cristina y Massa, que sostuvieron sus internas, el desastroso rumbo económico y las pésimas decisiones políticas incluso en pandemia. Llegó Milei y volvieron las denuncias por corrupción y un favor popular que todavía parece aguantar. Cada nuevo intento toca una fase de ilusión y otra de desencanto, que estira la agonía de un país que no sabe si recuperarse o morir.
La calculadora de inflación argentina me dijo que los $100 del mes que nació mi hija mayor hoy serían $33.108, algo que a muchísima gente no le parece una aberración. Yo me crié con estabilidad económica y crisis social porque se retiraba el Estado. Cuando lo trajeron de vuelta, solo fue para meter ñoquis ineficientes, terceras líneas poco formadas que nadie quería, los que aumentaron el gasto y redujeron la efectividad. Vivimos 25 años con burocracias mediocres, gasto alto, pérdida de capacidades estatales, pérdida de infraestructura, destrucción del sistema educativo y una sociedad polarizada a la que algunas veces pareciera que ni un nuevo título mundial logró unir. Al menos me tocaron cuatro décadas de democracia, con sus fallas, pero siempre mejor que cualquier dictadura.
De uno u otro modo, la mitad de estos 40 años los vivimos en crisis, sea económica, social o política. La clase dirigente nunca estuvo a la altura y ha sido la mayor responsable del caos, aunque cada compatriota que buscó sacar algún tipo de ventaja en su espacio contribuyó a armar este gran sistema de corporaciones que hacen un esfuerzo enorme por empobrecer a todos con tal de obtener algún beneficio para los propios.
Quizás este año tenga suerte y cuando sople las velas finalmente se cumplan los deseos de estabilidad económica, baja de la pobreza y una población sana y educada.
Aunque, la verdad… a esta altura mejor no hacerse ilusiones.