Más historias de inseguridad e injusticia
Esta nota se empezó a escribir hace unos días y se abandonó, básicamente porque la inseguridad no parece gran cosa en medio de todas las polémicas que rodean a otro tipo de delincuentes que compran piletas con cascadas con dólar billete. Pero la realidad siempre se impone.
Las cámaras de seguridad se han convertido en parte del paisaje cordobés. El abaratamiento de la tecnología y el aumento de los robos las impusieron en casas, comercios e industrias de toda la ciudad, de allí que hoy haya profusa evidencia visual sobre estas situaciones.
El miércoles estaba viendo el noticiero cuando pasaron algo sobre la inseguridad en Manantiales. El dueño del negocio asaltado compartió el video de la persona que le entró a robar. Decían que estaba identificado y que ya había robado en otros negocios de la zona. Es difícil no creerles, porque es algo que hemos visto otras veces.
Lo que me hizo volver sobre la nota fue una noticia de un robo que hubo el miércoles en Salsipuedes. La damnificada tiene todo filmado, pero lo más increíble es que tiene filmadas las tareas de inteligencia previas, que oportunamente acercó a la policía. Tienen (ella y el resto de los vecinos) fotos y videos de gente en moto o en auto que para a tocar timbre y sacarle fotos a las casas. Algunos son vecinos del barrio, otros de un poco más lejos. Dicen que los que roban llegan desde Córdoba, pero quizás esa es la versión que deja más tranquila a la policía.
Hace unos años el caso del samurái cordobés llegó a los medios nacionales, porque era llamativo que alguien se tuviera que defender como un guerrero de hace siglos. Las fotos de las heridas circularon por todos lados, así que todos pudieron identificar a los que habían entrado en la casa del amo de la katana. Entre esas personas había una conocida que ya había sufrido un robo por parte de la misma gente. Los habían detenido tras el episodio que la había perjudicado, pero por algún motivo los soltaron y volvieron a delinquir. O casi, porque los agarraron a machetazos.
Esa situación de que se sabe quienes son los que roban se repite regularmente, porque la existencia de cámaras evita que esos rostros caigan en el olvido. Si lo saben los vecinos o los comerciantes, ¿cómo puede ser que el Estado no lo sepa? O incluso peor, ¿cómo puede ser que les dé lo mismo largarlos? Todos los registros están y se acumulan, pero por algún motivo no sirven como prueba para aislar a esos sujetos del resto de la sociedad.
Así, todo termina quedando en pura indignación para las víctimas, que pueden volver a repasar las imágenes sobre el asalto para amargarse aún más que antes. Ya no es un robo, sino todas las veces que se lo puede revivir a partir de ese testimonio digital imperecedero.
No corresponde que un ciudadano que paga tasas e impuestos para tener seguridad y justicia siga a merced de los malvivientes, a los que reconoce por distintos episodios vividos o porque los vecinos comparten sus propios videos en los grupos de WhatsApp.
En su testimonio, la vecina relató que ya tenía una denuncia previa y que antes de este último hecho había ido a hacer una ampliación de denuncia, pero se fue después de media hora sin ser atendida.
Es muy difícil pensar que la sociedad pueda funcionar si los responsables de los delitos no pagan y si las víctimas perciben que no hay consecuencias por esos actos. Nadie quiere terminar lastimando a alguien como hizo el samurái cordobés, ni como la víctima anterior que conocía a los ladrones, ni como el comerciante de Manantiales que tiene identificado al ladrón, ni como la de Salsipuedes que tenía identificados incluso a los que hacían inteligencia, pero son todos los roles más probables antes que el de un vecino conforme con los niveles de seguridad y justicia.