Provincial Por: Felipe Osman07 de agosto de 2026

“Sin LLA no se puede, con LLA no alcanza”

La misma paradoja que hoy entretiene a los peronistas podría preocuparlos si LLA termina de desandar el camino del PRO.

Un cordobesista entusiasmado ofreció esta reformulación de la máxima que desveló al peronismo en la previa de las presidenciales de 2019. Al parecer, divertido de que la paradoja que entonces explicaba las dificultades del justicialismo para recuperar el poder nacional sirva para explicar ahora la mecánica que, en los pronósticos del oficialismo, servirá para garantizar otros cuatro años de Hacemos Unidos en el poder.

En la visión del oficialismo provincial -que curiosamente comparten algunos juecistas- La Libertad Avanza no es una marca invencible. Aunque el pavoroso resultado de las Legislativas parezca contradecir esta conclusión (Roca 42, Schiaretti 28).

Según este cálculo, LLA es una escudería importante, sí. Pero incapaz de ganar elecciones por sí misma cuando el Gobierno nacional deja de ser el eje ordenador de la elección.

Como laboratorio de esa conclusión ofrecen dos ejemplos: Río Cuarto y Marcos Juárez. Las dos son ciudades enclavadas en el sur provincial, donde la actividad agropecuaria ordena la vida y la idiosincrasia de los vecinos. Las dos votaron masivamente a Javier Milei y a sus candidatos en 2023 y 2025. Y, sin embargo, en ninguna de las dos LLA decidió ponerse a prueba. (En rigor, el sello podría inscribirse sin aliados hasta el sábado, pero es sumamente improbable que lo haga).

Lo que los oficialistas deslizan es que, en elecciones provinciales o municipales, donde no aparece una variable nacional nítida, LLA sólo sería competitiva montada en una alianza amplia. De lo contrario, la oposición se disuelve. Y esa es la oportunidad del oficialismo.

Los libertarios aportan, bajo esta tesis, un capital material y un capital simbólico: por un lado, el voto de derecha/conservador. Un caudal electoral que, aun sin ser mayoritario, puede ser determinante si se agrega a una masa crítica opositora consolidada. Y por el otro, la identidad de la renovación, de representar a un espacio político que, a diferencia de los demás, no viene participando de las contiendas democráticas durante los últimos treinta años, sino que hoy representa “el cambio”.

Son condiciones suficientes para rematar una faena electoral, no para dominarla, en soledad, de punta a punta.

A su vez, el mismo diferencial que convierte a LLA en una pieza indispensable para la oposición la convierte en una amenaza. Si el partido se empecina en marchar contra Hacemos Unidos sin preestablecer una alianza amplia, la oportunidad que representa el 2027 terminaría desperdiciada. Y es probable que la propia arquitectura del espacio así lo determine.

Un partido nacido desde el poder nacional, organizado verticalmente alrededor de Milei y acostumbrado a que la marca se imponga por encima de los dirigentes puede sobreestimar la potencia del sello y resistirse a compartir el control de una alianza provincial. Su debilidad territorial, paradójicamente, podría no empujarlo a buscar socios, sino tentarlo a creer que puede prescindir de ellos.

El PRO de Mauricio Macri tuvo un recorrido muy diferente. Nació en 2005 como un partido distrital que, paso a paso, construyó territorio –a veces con dirigentes prefabricados, es verdad-, pero, aun apelando a estos atajos, apiló ladrillos y tejió alianzas antes de lanzarse por el poder nacional.

LLA hizo el camino inverso. Empezó, si se quiere, por el final. La aparición fulgurante de Milei, su carisma, el momento histórico y una profunda crisis de representación hicieron posible que, de un zarpazo, el “león” alcanzara la primera magistratura. Pero no como la culminación de un proceso de construcción de poder. El poder empezó a construirse, paradójicamente, desde el poder.

Desde allí LLA construyó un partido propio, que habilitó en cada provincia. Pero, más allá de resolver el asunto burocrático de dar de alta un sello, ahora, para ganar, tiene que darle peso a ese partido y trabar las alianzas que el PRO trabó antes de proyectarse a la nación. En menos palabras, tiene que culminar la alianza con el radicalismo.

Si lo hace, aquella paradoja que hoy divierte a los cordobesitas entusiastas, podría empezar a consternarlos.

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