Usemos en las escuelas el modelo del fútbol
Los que ya nos empezamos a poner viejos siempre hablamos mucho sobre la generación de cristal y la forma en la que los jóvenes de hoy son tan sensibles para tantas cosas y no se les puede decir nada porque se ofenden o les da ansiedad. Para empeorar el cuadro, de a poco se van imponiendo nuevos estándares de relacionamiento según los cuales no se debe presionar a niños y adolescentes para no frustrarlos. Así se desdibujan progresivamente los límites y los incentivos para la mejora en -casi- todos los ámbitos de la vida.
Ayer me crucé con un tuit que tradujo todas las sensaciones que tengo desde hace tiempo sobre la educación al lenguaje llano del fútbol de élite que se ve por el mundial. A raíz de las declaraciones de un futbolista español sobre la cantidad de veces que lloró y quiso abandonar el deporte a lo largo de su carrera, alguien escribió: “En España se acepta la durísima formación de futbolistas desde niños (separación de los padres, evaluación continua, máxima competitividad, revisión anual...) pero, en educación académica, se opta por un método mucho más laxo. Así conseguimos los mejores futbolistas del mundo”.
Justo en el clavo.
La inmensa mayoría de las personas está conforme con la escuela de sus hijos y se deja engañar por puestas en escena de bajo nivel educativo. Los padres eligen mentirse todo el tiempo, inventando excusas para no aceptar que su hijo tiene algún problema o inventando problemas que no tiene. ¿Sentarse a acompañarlo con las tareas? Nunca ¿Pedirle a la escuela que sea más exigente? Menos ¿Sostener que el hijo es una víctima, que los profesores lo hostigan y no saben ver todo lo bueno que tiene? Cada vez más.
El tuit del español se puede aplicar perfectamente a nuestro país, incluso en una magnitud mucho mayor, donde los mejores alumnos argentinos representan el promedio español en las pruebas PISA y el promedio argentino se ubica en el peor 10% del rendimiento de aquel país. Una desgracia absoluta.
En el fútbol no pasa lo mismo. Somos los vigentes campeones de América y el mundo porque no hay margen para no exigirle a los jugadores. Desde chicos aprenden que no hay resultados sin esfuerzo, valor compartido también por los clubes y las familias. Se entrena si llueve, si hace frío, si hace calor, si se murió un pariente más o menos cercano, si al otro día hay examen en la escuela, si les duele un poco el cuerpo o si están un poco tristes. Nadie quiere faltar porque sabe que no juega; ningún padre deja de llevarlo al club porque sabe que lo perjudica. Todo el sistema acepta los incentivos puestos para la mejora, con niveles de exigencia muy superiores a los de la escuela, que se desdibuja cada vez más.
A pesar de que apostar por una mejor educación para un hijo es una elección más segura que hacerlo por un Messi, muchos padres prefieren lo segundo. Después les sale un central rústico con una carrera limitada a ligas regionales y un trabajo de medio día cargando garrafas para el negocio de algún dirigente del club.
A pesar de esos altos niveles de exigencia que hacen que muchos chicos no lleguen a ser profesionales, el fútbol sigue siendo el deporte más popular, con el añadido de que los que llegan son muy buenos. Todos mejoran porque los incentivos están puestos en donde corresponde, premiando a los que hacen mejor las cosas y se comprometen con el proceso.
En las escuelas argentinas hoy estamos enseñando y evaluando como si en el fútbol no contásemos los goles para no afectar a los perdedores, como con los nenes chiquitos de las escuelas recreativas, pero ni siquiera así se evita que algunos se vayan amargados después de haber sido goleados.