Nacional Por: Javier Boher03 de julio de 2026

Estado bueno o malo según los valores

Un tuit de Santiago Caputo abrió la discusión sobre la corrupción en el sector público, aunque sin pensar en las reglas que la permiten

Recuerdo el día que el profesor de Derecho Constitucional preguntó sobre qué principio se sostiene la Constitución de Estados Unidos, cuál es el valor con el que organizan su gobierno.

Rápidamente respondí que la libertad, orgulloso por haber participado tan rápidamente con la respuesta correcta. Pero no. Estaba equivocado. Quizás por eso no me olvido cuando dijo que el principio rector es la desconfianza, de allí que se encargaron de evitar que nadie pueda acumular tanto poder como para dominar al resto.

Ayer se cruzaron oficialistas y opositores por el tema de la corrupción. El caso Adorni sensibilizó a muchos a un lado y a otro de la calle, todos convertidos en sommeliers de robo al Estado para señalar qué hacen (o hicieron) los que están al frente.

El debate fuerte vino tras un tuit de Santiago Caputo diciendo que ningun gobierno hizo más por terminar con la corrupción que el de Javier Milei, comprometido a achicar la injerencia del Estado, institución que empodera a burócratas que le pueden sacar alguna tajada a su posición dentro del mismo.

Mónica Fein le respondió diciendo que en Rosario demostraron que se puede tener Estado presente y honesto, aunque en la última década estuvieron más en los medios por la incapacidad del Estado para contener el crimen que por otras cuestiones.

De cualquier modo, indudablemente la respuesta está en algún lugar en el medio. Ni desmantelar por completo el aparato público, convencido de que es un artefacto del diablo, ni creer que es una institución benevolente, fundamental para insuflar una chispa de vida en el día a día de la gente.

La clave está en algo que dijo Fein, aunque interpretado para otro lado. Sostuvo que se puede gestionar bien si se ejerce el poder del Estado con valores, una fórmula que queda bien para el corte en redes, pero que no dice nada por sí sola. Si los valores son buenos (vaya a saber qué entienden ellos por buenos), la gestión va a ser buena. Lo opuesto, lógicamente, también sería cierto: con malos valores (vaya a saber qué hay que entender por malos) se gestiona mal.

Las herramientas son buenas o malas según el uso que se les dé, pero en el caso del Estado no se puede sostener que el buen o mal uso de sus recursos depende de la voluntad de quien ejerce su titularidad. Acá aparece el principio de la desconfianza: como el Estado es demasiado poderoso, no se puede depender de la buena o mala voluntad de los que detentan el poder. La clave de cualquier gobierno republicano es la existencia de límites a los que gobiernan, procurando limitar su capacidad de daño si tienen malos valores y eligen hacer las cosas mal. 

A todos nos gusta la idea de que nos gobierne gente con buenos valores, pero eso no va a ocurrir jamás, por la simple razón de que los dirigentes salen de la misma sociedad en la que pasamos nuestros días viendo de qué manera todos intentan evadir las normas y el alcance del Estado. Adorni lo hizo ahora, del mismo modo que alguien lo hizo antes y otro lo va a hacer mañana. 

Para que gestionen bien no hay que dejar margen para que lo hagan mal. Mientras siga dependiendo de los valores o la voluntad de los que llegan al gobierno -y no de reglas claras, objetivas y exigibles- difícilmente veamos un cambio en la forma en la que se usa el poder del Estado.

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