La patria no se vende
Finalmente el gobierno perdió la pulseada tratando de modificar la Ley de Tierras y debió dar de baja el capítulo dedicado a la misma en la nueva ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada. La presión social y mediática generó un movimiento por el cual para algunos gobernadores se volvió costoso dar apoyo a la liberación de la compra de tierras por parte de extranjeros.
La preocupación es exagerada, habida cuenta de que la ley preveía una serie de controles en mano de las provincias que podrían haber objetado las operaciones de venta, a la vez que el Estado no cedía la soberanía para controlar el imponer el orden si es esas tierras.
Pese a ello, la cerrazón mental producto de décadas de refuerzo de la Teoría de la Dependencia empuja a creer que todo tipo de transacción por la tierra es negativa. Parte del temor puede estar justificado en la idea de que recursos como el suelo se agoten, aunque el Estado puede establecer regulaciones para evitarlo (lo que lo obligaría a salir a controlar, algo que no se puede hacer desde atrás de un escritorio comiendo criollos).
En lo referido a recursos mineros, agua o petróleo, hay leyes nacionales y provinciales según las cuales los dueños de la tierra no tienen la propiedad del subsuelo. Hay un axioma bastante conocido en este país que establece que lo que hay que hacer si se encuentra petróleo en el campo es no contarle a nadie, porque en esa explotación todos ganan, menos el dueño de la tierra. Insólito e inviable.
Se calcula que en las zonas periurbanas de las grandes ciudades de Argentina el 80% de la producción de verduras está en manos de familias bolivianas, aunque solamente son dueños de un tercio de las tierras que trabajan. Esto no obedece exclusivamente a la actual ley, pero tampoco es un caso contemplado por los actuales detractores de la reforma, que creen que todos son como Joe Lewis y se quieren comprar un lago. Como la mayoría de la gente que se dedica a opinar sin dedicarse a una actividad productiva, desconocen la realidad de los trabajadores que se podrían ver beneficiados por el cambio.
El caso de Lewis y el conflicto por el acceso a Lago Escondido es el que más utilizan para criticar la reforma, a pesar de que el hombre llegó a ser dueño con la ley actual y que el conflicto responde a otro tipo de cuestiones. Sin embargo, el slogan de que “la patria no se vende” es simple y efectivo, transmitiendo un mensaje que se puede repetir rápida y fácilmente por artistas e influencers, muchos de los cuales no saben de qué se tratan los cambios.
Es absurdo creer que alcanza con modificar una ley para cambiar una realidad, del mismo modo que es inocente creer que no hay formas legales de saltear las limitaciones actuales. En un país en el que nos hemos acostumbrado a las mil maneras de evadir los alcances de la ley, valiéndonos de contactos, coimas o la lisa violación de las normas, es difícil de creer que los poderosos de los que tanto hablan se van a quedar de brazos cruzados y frustrados porque no los dejaron comprarse el país.
Por suerte para los que andan huérfanos de representación política, el slogan todavía pega y los hace sentir vivos. Quizás es un punto para empezar a trabajar. Puede ser. Igualmente, a esta altura ya deberían saber que frenar un capítulo en una ley no alcanza para ganar una elección.