Cultura Por: J.C. Maraddón18 de agosto de 2026

La reivindicación de la rareza

Moria Casán, como sujeto de un relato biográfico, y Javier Van de Couter, como director de la serie de ocho episodios que acaba de ser estrenada por Netflix, han optado por un abordaje de la vida de la diva que pone el acento en el componente inclasificable de su personalidad. 

En la segunda mitad del siglo pasado se produjeron algunos cortocircuitos en la siempre vigente tensión que se verifica durante la adolescencia entre la necesidad de integrarse a una comunidad de pares y la búsqueda de una identidad propia. En esa correlación de fuerzas, hubo muchos que se dejaron llevar por la centrífuga y salieron disparados en direcciones completamente divergentes de lo que se podría considerar razonable. La burla que provocaba su conducta, su estilo para vestirse o su peinado, no aminoró sino que fortaleció su exotismo, y hasta les reportó el respeto y la admiración por su valiente osadía.

Fue así como la categoría de freaky, o sea “raro/a”, que transformaba a no pocos jóvenes en las víctimas favoritas del bullying, pasó a ser una virtud en ciertos ambientes donde ese atributo se valoraba por encima del adocenamiento inducido a través de la educación formal. La amplia galería de ídolos musicales que bien podía ser incluida dentro de ese universo, legitimaba la actitud de las chicas y los chicos cuya disposición a romper los moldes los instaba a conformar nuevas tribus urbanas. Cuando el fenómeno se hizo global, hasta aparecieron películas de gran éxito que procuraron reflejarlo.

La visibilidad que asumió el segmento LGBT por esos mismos años, implicó que sus circuitos, antes marginados en la oscuridad por obra de la discriminación, adquiriesen un brillo enceguecedor y terminaran impactando en los consumos culturales de toda la sociedad. A la par de las otras, esta modalidad de frikismo pareció haberse ganado una valoración superior, y aquellos que habían sido objeto del escarnio bienpensante, se atrevieron a treparse a los peldaños de la fama y aportaron el estímulo para que quienes compartían su orientación dejaran de ocultarse por temor al ridículo. También en este tránsito los medios audiovisuales actuaron como facilitadores.

En los inicios de este siglo, la popularidad que alcanzó la palabra “bizarro” dio cuenta de esos procesos de emergencia y, sobre todo, fue el mejor ejemplo de cómo un término originalmente despectivo era adoptado como una etiqueta digna, que infundía orgullo a los que se sentían englobados por ella. Ser distinto, ser “zarpado”, ser extraño, perdió su carácter de lastre y, por el contrario, se volvió un objetivo para la masa juvenil que en esa época aprendía con rapidez el aprovechamiento de las oportunidades que les brindaba internet para encontrar una usina de almas gemelas con las cuales vincularse.

El arte reportó de infinitas maneras estos cambios, pero fueron en especial las manifestaciones musicales las encargadas de expresar eso que ponía patas para arriba una forma de pensar que había tenido siglos de vigencia. Estrellas de la canción que se reclamaban a sí mismas como frikis, tuvieron una repercusión masiva a pesar de sus incongruencias con respecto a lo que se suponía eran las pautas aceptadas por las mayorías. Y con su irrupción se terminó de consagrar un estereotipo que consistía, precisamente, en renegar de los estereotipos y establecer parámetros disidentes en un contexto proclive a tales vías de escape.

En el año 2012, el desopilante proyecto sonoro sudafricano llamado Die Antwoord publicaba su segundo disco, donde figuraba una canción a la que algunos, por su mensaje, tomarían como un himno. Por caprichos fonéticos el tema se llamaba “I Fink U Freeky”, y en su estribillo, repetido hasta el hartazgo, sostenía: “Pienso que sos anormal y me gustas mucho”. Y en una estrofa añadía: “Es lindo que sea diferente, daña al sistema”. Más allá de que los miembros del grupo se han visto involucrados luego en una oscura denuncia, en aquel momento sonaban en sincronía con las tendencias de moda.

Moria Casán, como sujeto de un relato sobre su vida, y Javier Van de Couter, como director de la serie de ocho episodios que acaba de ser estrenada por Netflix, han optado por un abordaje de la diva que pone el acento en este componente inclasificable de su apariencia y de su personalidad. Y desde esa mirada desarrollan una narración que atrapa al espectador y lo libera de las ataduras que acarrea la pregunta sobre si lo que está viendo se ajusta a los hechos verdaderos o si se trata de una recreación en la que impera la fantasía.

Desde esa primera escena donde se la muestra a la Moria auténtica festejando su cumple de 80 años, danzando en una pista de baile rodeada de un entorno que no puede ser más queer, entendemos por qué camino nos conducirá esta saga de la que en algún tramo hemos tomado nota en tiempo real. Con una ajustada interpretación de Sofía Gala Castiglione, junto a las de Griselda Siciliani y Cecilia Roth  en las distintas edades de esta celebridad argentina, “Moria” es a la vez una reivindicación de la rareza y un entretenido producto audiovisual que nos deposita en un futuro retrospectivo.

 

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