La campaña del PJ Capital amenaza desestabilizar la interna (y viceversa)
Cuando se pregunta por las actividades vinculadas a la gestión en Capital, todos los interlocutores ofrecen una misma respuesta: “haga lo que se haga en la ciudad, la instrucción es siempre avisarle antes a Miguel (Siciliano)”. Y el nombre del ministro de Vinculación también aparece como común denominador en las actividades partidarias que asoman, como las recorridas para inaugurar los comandos de seccional y entregar, en cada una de ellas, los diplomas a las autoridades partidarias.
La conclusión que asoma es que el gobernador lo ha elegido para conducir, al menos, la puesta a punto de las estructuras territoriales partidarias previa a la campaña provincial en la ciudad, que tendrá un único eje: Llaryora 2027.
Este protagonismo, probablemente merecido por el peso específico del ministro y su indudable gravitación en la gestión municipal 2019-2023, dispara sin embargo algunas alarmas hacia adentro del oficialismo.
Es que Siciliano es uno de los probables candidatos para la Intendencia. Y a pesar de que él niegue estar pensando en candidaturas, algunos de sus colaboradores admiten que él mismo dice ser el mejor posicionado para retener la ciudad, con un cuerpo de distancia sobre los dirigentes de Hacemos Unidos que se quieren probar el mismo saco.
Ahora bien, el PJ Capital acaba de ponerse en movimiento y Siciliano tendrá un papel protagónico en las actividades con que se recorrerán las seccionales para aceitar el dispositivo territorial detrás de la reelección del gobernador.
La tarea, formalmente, no está directamente vinculada a la sucesión de Daniel Passerini. El calendario que proyecta el Centro Cívico pretende justamente lo contrario: separar las elecciones, concentrar primero todos los esfuerzos sobre la Provincia, y dejar para bastante después la discusión sobre la Municipalidad.
Pero la política difícilmente respete una frontera tan prolija.
No significa que Llaryora ya lo haya elegido. Significa algo más concreto: uno de los aspirantes a la candidatura municipal será, quizá, el principal responsable de organizar en Capital la campaña del dirigente detrás del cual todos los demás necesitan encolumnarse.
La posición ofrece ventajas evidentes. Mientras se despliega para Llaryora, Siciliano recorrerá seccionales, hablará con dirigentes, reunirá militancia y tendrá interlocución permanente con la estructura partidaria. No necesitará convertir explícitamente esos movimientos en una campaña municipal para que produzcan efectos sobre ella. En una interna todavía “verde”, administrar el dispositivo territorial del gobernador no es neutral.
Pero la decisión contiene una dificultad.
Los demás aspirantes a suceder a Daniel Passerini también cuentan con agrupaciones, dirigentes y estructuras territoriales propias. Ahí están Marcelo Rodio y Juan Domingo Viola, que siempre cultivan el territorio; Héctor “Pichi” Campana, eterno portaestandarte del viguismo; y es probable que surja también algún pretendiente desde el passerinismo. Esto, contando sólo a los interesados dentro del justicialismo, sin hablar de los aliados extrapartidarios.
¿Responderán todas esas estructuras al llamado de un virtual adversario en la interna municipal? Ese es el punto en el que la interna municipal podría terminar interfiriendo con la campaña provincial en Capital.
Llaryora corre el riesgo de que las convocatorias de Siciliano sean leídas como una inversión anticipada sobre su propia candidatura municipal, y que lo que debe funcionar como mecanismo de alineamiento pueda producir recelos. He ahí un gran desafío de conducción para el ministro, que deberá amasar los consensos que no consiguió en 2023.
En cualquier caso, sería naíf atribuir la situación a una inadvertencia del gobernador. Llaryora conoce el partido que conduce y conoce, naturalmente, las aspiraciones de quienes integran su primera línea. Difícilmente ignore que poner a Siciliano al frente de su campaña territorial le concede una centralidad que excede la tarea que formalmente le encomienda. Pero tampoco puede leerse en ello una decisión del gobernador de clausurar la competencia.
Juan Pablo Quinteros constituye la prueba más visible. Desde el Ministerio de Seguridad conserva un perfil deliberadamente alto, con presencia permanente en la agenda pública y una exposición que Llaryora no sólo tolera sino que fomenta. También él aparece en la conversación oficialista sobre la sucesión de Passerini.
La foto, entonces, es menos lineal de lo que podría parecer.
Siciliano gana territorio desde el partido y desde la gestión. Quinteros construye volumen desde su cartera. Ambos cuentan con una proximidad evidente al gobernador y ninguno recibió, hasta ahora, una señal que permita considerar cerrada la competencia.
Eso habilita distintas interpretaciones.
Una es que Llaryora simplemente distribuye responsabilidades entre dirigentes de confianza sin que cada movimiento deba ser leído en clave sucesoria. Otra, más política, es que el gobernador permite deliberadamente que sus potenciales candidatos acumulen activos diferentes, que tributen a su reelección, antes de resolver quién llegará mejor posicionado al momento de la definición municipal.
La apuesta del Centro Cívico consiste en que esa tensión pueda administrarse sin romper la prioridad que ordena todo el calendario: retener la Provincia. El riesgo, que las dos elecciones comiencen a mezclarse mucho antes de que llegue la hora de la segunda.