Cuando Mendoza fue Hollywood
Treinta años atrás, causaba revuelo en Argentina el arribo de Brad Pitt, quien era en ese entonces una de las estrellas emergentes del universo hollywoodense, que llegaba para trabajar en la parte del rodaje del filme “Siete años en el Tíbet” que se llevaría a cabo en Mendoza. En ese mismo 1996, se proyectaba en cines la versión de Baz Luhrmann de “Romeo + Julieta”, donde se iba a consagrar de manera definitiva un jovencísimo Leo DiCaprio, que con el tiempo le discutiría a Pitt el cetro del galán más cotizado, pero que en esa instancia todavía no estaba en condiciones de plantearle competencia.
La gran producción dirigida por Jean-Jacques Annaud recaló en suelo mendocino porque en Nepal, donde habían transcurrido los sucesos que narraba el largometraje, se le había denegado el permiso para la filmación. Aunque una escena tuvo como escenario la Estación de Trenes de La Plata, que simuló ser una terminal ferroviaria austriaca de fines de los años treinta, la mayor parte del trabajo del equipo estadounidense se concentró en la provincia cuyana, cuyos paisajes de montañas nevadas se prestaban para remedar la cadena del Himalaya, hacia donde se había dirigido en 1939 el alpinista Heinrich Harrer.
Simpatizante nazi y miembro de las SS, Harrer no dudó en alejarse de su esposa embarazada para unirse a su colega Peter Aufschneiter en la proeza de escalar el Nanga Parbat, uno de los picos más inaccesibles del planeta, que se eleva a más de 8000 metros en la región de Cachemira. Al desatarse la Segunda Guerra Mundial, el montañista y su compañero de aventuras fueron retenidos por las autoridades británicas en la India y puestos en prisión. Sin embargo, en 1944 lograron escapar con destino a Lhasa, la capital tibetana, donde Harrer terminó convertido en el tutor de estudios del Dalai Lama.
Semejante epopeya, que Harrer relató en un libro de memorias, despertó el interés del cineasta francés Jean-Jacques Annaud, quien había obtenido reconocimiento unánime en 1992 con su obra “El amante”, sobre una novela autobiográfica de Marguerite Duras. En 1986, Annaud ya había trasladado a la pantalla grande con enorme suceso “El nombre de la rosa”, la magistral pieza literaria de Umberto Eco. Y también fueron aclamadas dos de sus películas de los ochenta, como “La guerra del fuego” y “El oso”, que por sus características implicaban riesgos en cuanto a la recepción por parte del público.
Ya desde los inconvenientes con las locaciones, “Siete años en el Tíbet” se presentaba como un dificultoso emprendimiento, al que de todas maneras el realizador impulsó con total entusiasmo. Iba a contar como cabeza de elenco con la participación del actor del momento, por lo que debe haber considerado que no podía fallar. Desde mediados de 1996, una verdadera fuerza de tareas cinematográfica desembarcó en la ciudad de Mendoza, hacia donde se desplazaron toneladas de equipos, el material para el vestuario, los elementos escenográficos y una avanzada de técnicos que reprodujeron en Uspallata el trazado de la ciudad sagrada tibetana.
Para los interiores, se utilizaron las instalaciones de una bodega de San Martín, abandonada a raíz de la recesión que atravesaba el país por un atraso cambiario y la falta de incentivos hacia la industria nacional. En el mes de julio, tres meses antes de que se comenzara a rodar, el propio director fue el encargado de mostrar a la prensa cuán avanzadas se encontraban las tareas previas, que habían empleado mano de obra local tal como habían prometido los productores. Se dijo que el derrame de este proyecto en la economía mendocina alcanzó los 20 millones de dólares.
El 18 de septiembre de 1996 se concretó al fin lo que todos esperaban: Brad Pitt aterrizó en Ezeiza junto a quien era su novia, la actriz Gwyneth Paltrow, para inmediatamente viajar a Mendoza en un vuelo privado. Por supuesto, se trató de mantener su presencia bajo el mayor hermetismo, pero los paparazzi y los fans lo detectaban en sus desplazamientos, tanto en sus rutinas de running como en sus sesiones dentro del gimnasio Bushido, en Guaymallén. Tampoco pasaron desapercibidos los monjes tibetanos, los yaks y los cientos de miembros del personal que se desempeñaban en la megaproducción.
En 1997, cuando “Siete años en el Tíbet” se estrenó, quizás solo los mendocinos más perspicaces hayan descubierto rasgos de la región en el resultado final. Las críticas fueron muy poco benignas con el filme, que quizás en su pretensión abarcadora se volvía presuntuoso a lo largo de sus más de dos horas de duración. Ese traspié no fue óbice para que Brad Pitt se apoltronara en el Olimpo de los ídolos indiscutidos, pero Annaud no pudo retomar su anterior senda victoriosa. A tres décadas de aquel inolvidable rodaje, la película estará disponible en Netflix hasta el 30 de septiembre, cuando la plataforma la dará de baja de modo inapelable.