La magia del carisma juvenil
Entre los años sesenta y setenta, el folklore argentino atravesó su momento de máxima popularidad, que tuvo que ver con el crecimiento del conurbano bonaerense, donde se afincaron muchos de los que emigraban desde el interior en busca de un mejor futuro en la capital. No sólo llevaban a cuestas sus esperanzas y su voluntad de trabajo, sino que además portaban su bagaje cultural, que difería bastante del que caracterizaba a los habitantes de la gran metrópoli. Los ritmos nativos constituían uno de los elementos centrales de esa idiosincrasia provinciana, insuflada en el ambiente capitalino a fuerza de canciones que se volvieron populares.
Aunque la consagración de la música de raíz folklórica se haya producido hacia y desde el vértice porteño, Córdoba jugó un papel trascendental como cuna de los festivales donde las figuras tenían su posibilidad de mostrarse y recibir la bendición de la gente. Fue en esas mismas décadas que estos encuentros prosperaron hasta convertirse en la máxima vidriera del género, función que, entre otras cosas, respondía a una razón geográfica: ubicado en el centro del país, el territorio cordobés facilitaba el arribo de artistas y espectadores de los cuatro puntos cardinales, un factor determinante para el éxito de aquellas iniciativas.
Mientras los cantantes melódicos y la música beat se sucedían en el gusto masivo al compás de las modas, entre los folkloristas había una tendencia a establecerse de una vez y para siempre, como adherentes a una tradición que se remontaba muy lejos en el tiempo. Y si bien no faltaron innovadores que refrescaron aquel legado y a veces lo elevaron a las alturas de la vanguardia sonora, fueron los ídolos de mayor llegada los que se aferraron a la manera clásica de abordar ese repertorio, en cuyos versos solían reflejarse las inquietudes, los penares y las alegrías de los pobladores del campo.
Este panorama efervescente comenzó a colapsar con el golpe de Estado de 1976, cuando las expresiones con algún grado de compromiso social cayeron en las garras de la censura. Ya desde algunos años antes, amenazados de muerte por la Triple A, varios de los referentes de peso que reflejaban las tribulaciones del hombre común debieron emprender la senda del exilio, en tanto quienes se quedaban en la Argentina se arriesgaban a ser víctimas de la represión, o simplemente optaban por cantar temas románticos y referirse a cuestiones de tierra adentro que evitaran la protesta política.
En los años ochenta, la explosión rocanrolera tuvo tanto empuje que desembocó en el desplazamiento del folklore hacia un segundo plano, con excepciones como Mercedes Sosa, Víctor Heredia o Antonio Tarragó Ros, entre otros que optaron por trazar vínculos con la corriente en alza. Un rockero como León Gieco devino en folklorista y un experimentador nato como el Chango Farías Gómez unió a músicos de uno y otro palo en su proyecto M.P.A., a la par del reconocimiento otorgado a emergentes de la veta folklórica como Raúl Carnota, Peteco Carabajal o Jacinto Piedra, predecesores de la camada que llegaría poco después.
En los noventa, con el rock argentino en proceso de recambio generacional y un Gran Buenos Aires que bullía en una mixtura de culturas provistas por inmigrantes nacionales e internacionales, iba a surgir el fenómeno de la bailanta como manifestación híbrida de esa convivencia multicolor. En un paisaje urbano donde se refugiaban los humildes desplazados que habían nacido en el interior, también iba a encontrar terreno fértil esa movida a la que el marketing de la industria discográfica nombró como Folklore Joven, cuya virtud fue insertarse en el circuito bailantero y desde allí abrirse con rumbo a un éxito anclado en el aplauso del círculo festivalero cordobés.
En ese marco se cimenta la leyenda de Soledad Pastorutti, la adolescente de Arequito que, junto a su hermana Natalia, irrumpió casi sin pedir permiso en el escenario Atahualpa Yupanqui de Cosquín y, revoleando el poncho, conquistó a la multitud. Los treinta años transcurridos desde aquel episodio fundacional, cuando una quinceañera interpretó con audacia piezas conocidas por todos y recogió una espontánea ovación, permiten apreciar la evolución de esa estrella pop surgida al amparo de un entorno folklórico, y escudriñar las razones de su epopeya, que no se quedó en la chispa inicial sino que se prolongó hasta la actualidad.
En procura de testimoniar ese análisis, desde la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba se ha publicado un trabajo bajo el título de “Músicas, experiencias, aficiones. Exploraciones socioculturales a partir de Soledad Pastorutti”, donde distintos especialistas se proponen “homenajear/ celebrar/ cuestionar/ Interrogar a y con la Sole”. Disponible online de modo gratuito en su el formato de e-book, este texto es el resultado del Simposio “La gringa de Santa Fe”, realizado en mayo de 2024 en el Centro Cultural de la UNC. Lo que alguna vez fue la magia del carisma juvenil recibe así su correspondiente tratamiento académico.