Cultura Por: J.C. Maraddón25 de septiembre de 2026

Una antigua denuncia

Hace pocos días, fue una grata sorpresa la noticia de que una película de la directora cordobesa María Aparicio obtuvo el premio mayor de las Giornate degli Autori, una de las secciones independientes del prestigioso Festival Internacional de Cine de Venecia. 

La inmigración europea que recibió la Argentina a partir de la segunda mitad del siglo diecinueve consistió principalmente en personas que en su lugar de origen estaban condenadas a llevar una vida en un contexto muy precario, y por ende venían dispuestas a trabajar a destajo para forjarse un futuro mejor. No tenían nada que ver esos migrantes con los que había imaginado la generación política que gobernó el país después de la batalla de Caseros. En sus sueños de grandeza, esos dirigentes creían que desde el Viejo Continente llegarían técnicos y operarios calificados, con hábitos de conducta que contagiarían valores morales a sus pares argentinos.

La mayoría de esos contingentes estaba integrada por campesinos de escasa formación, que en el mejor de los casos se afincaron en la región pampeana, donde contribuyeron como mano de obra al floreciente desarrollo agrícola ganadero. Su sudor y su voluntad crearon esa riqueza de la que se valió la clase propietaria para emprender luego su propio viaje a Europa, donde se mimetizó con la elite y se destacó por el lujo y el despilfarro con el que se manejaban en lo cotidiano, mientras su peonada pasaba necesidades y apenas si cubría las necesidades elementales.

Una porción importante de los que bajaron de los barcos en el puerto de Buenos Aires, permaneció anclada en esa ciudad y sobrevivió realizando changas, en tanto que otra comenzó a conformar un incipiente proletariado, a partir de realizar tareas en imprentas, panaderías y en los por entonces recién surgidos establecimientos industriales. Estos hombres y mujeres poblaron los suburbios porteños, desde donde realizaron un enorme aporte a la argamasa de la identidad argentina, con ingente participación en la política, el sindicalismo y la cultura. Es imposible ignorar la influencia que tuvieron esos millones de extranjeros en la evolución histórica de la nación.

Pero también se deben contabilizar aquellos arribos que sí respondían al ideal de la Generación del 80 y que, aunque fuesen menos en cantidad, llevaron a cabo iniciativas trascendentales, destinadas a cambiar el curso de los acontecimientos. Profesionales de distintas especialidades, docentes y pensadores de fuste dejaron su impronta en la sociedad autóctona y hoy son considerados pioneros en su materia, al haber hecho escuela y haber construido un legado que ha ido mucho más allá de las urgencias de su tiempo, para plantear una perspectiva que en muchos casos se ha extendido hasta el presente, con una persistencia insólita.

Un ejemplo de ese tipo de personalidades es el constructor catalán Juan Bialet Massé, quien se radicó en la Argentina en 1873, en apariencia huyendo de persecuciones políticas en España. Tenía en ese momento 27 años y ostentaba un título en medicina obtenido en una universidad de Madrid. Luego de desempeñarse como docente, se trasladó a Córdoba, donde desplegó su actividad empresarial a través de una fábrica de cales y cementos, asociado con el ingeniero Carlos Cassaffousth. Juntos emprendieron además la construcción de diques, entre los que se destaca el San Roque, hazaña que les valió una estadía en prisión por supuestas fallas en el proyecto.

No sería esa la única proeza adjudicada a Bialet Massé: también se lo considera el precursor de nuestro derecho laboral por su obra “El Estado de las Clases Obreras en el interior de la República”, un informe que elaboró en 1904 a pedido del ministro Joaquín V. González, quien le encargó que relevara las condiciones en que desarrollaban su labor los trabajadores. Esta solicitud había sido impulsada por una sucesión de conflictos gremiales que paralizaban diversos ámbitos productivos y a los que el presidente Julio Argentino Roca reprimía con ferocidad, a la vez que buscaba comprender su origen y de ahí la petición a Bialet Massé.

Aquel compendio se transformó en un ensayo señero que detalla cuál era la situación del mundo del trabajo en aquella Argentina de inicios del siglo pasado, a la que ahora se ensalza como una “potencia”, por más que en ella hubiera ciudadanos de segunda a los que se trataba de manera inhumana. Resulta lamentable que “El Estado de las Clases Obreras en el interior de la República” no haya resignado actualidad, inmersos como estamos en cambios radicales de los sistemas de producción. Quizás por eso la cineasta cordobesa María Aparicio citó a Bialet Massé en su cortometraje “Buscar trabajo” de 2022, del mismo modo que había entrevistado a los pescadores de Puerto Pirámides en “Las Calles”, su largometraje debut de 2016.

Hace unos días, fue una grata sorpresa la noticia de que su película “A veces me entra tristeza, otras veces rebelión” obtuvo el premio mayor de las Giornate degli Autori, una de las secciones independientes del prestigioso Festival Internacional de Cine de Venecia. En esa, su última creación, retoma la temática que la apasiona por medio del personaje de Dante, un historiador argentino que viaja a Madrid para investigar sobre Bialet Massé. Ese prohombre que no resignará vigencia mientras tampoco la pierda su tan antigua denuncia.

 

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