Cultura Por: J.C. Maraddón09 de octubre de 2026

Un ilustre con nombre equivocado

Desde que murió en 2013, Alejandro Urdapilleta ha sido objeto de incontables homenajes que renuevan la vigencia de un artista que se animó a trascender el under. Mientras en Córdoba le rinde tributo una obra teatral, en Buenos Aires lo evocan con una estrella fallida.

Luego del golpe de Estado de 1976, la desorientación ganó a los agitadores culturales, que ya venían siendo perseguidos por la Triple A, cuyas amenazas obligaron a muchos referentes a exiliarse para evitar consecuencias mayores. Ni bien instalado, el régimen militar comenzó a aplicar políticas de censura que, sumadas a la represión, los secuestros, la tortura y los asesinatos, afectaron de lleno las expresiones creativas. Sin embargo, de a poco, una vez testeados los límites que se les planteaban, los artistas recalcularon y filtraron sus mensajes a través de las grietas del sistema, dentro de una escena subterránea que pugnaba por sobrevivir en los márgenes.

Esas tácticas de resistencia insinuaron el impulso de aflorar a la superficie cuando la debacle en la Guerra de Malvinas acentuó el resquebrajamiento de las férreas estructuras autoritarias. Se forzó así una tenue apertura que fue usufructuada por aquellos que hasta entonces habían tenido que permanecer en las sombras. Por supuesto, el que mejor aprovechó las circunstancias fue el rock argentino, al que la prohibición de difundir música en inglés terminó beneficiando en gran forma. Sus referentes pasaron de pronto a jugar en las grandes ligas y debieron adaptarse a tocar en estadios, después de haber transitado antros nocturnos varios.

Se trataba de un circuito de bares, boliches, pubs y centros culturales que había servido de refugio en los años oscuros y se consolidó como bastión contracultural, donde podían desplegar lo suyo quienes preferían desafiar las normas. El restablecimiento de las instituciones republicanas no implicó una inmediata recuperación de la visibilidad para esos rebeldes natos, acostumbrados a transgredir como herramienta de lucha, a los que los estrechos márgenes de maniobra que permitía la incipiente democracia no les bastaban para sentirse libres de verdad, y por eso preferían mantenerse en un panorama subterráneo de cada vez mayor variedad en cuanto a manifestaciones.

El rescate que se hace en estos días del espíritu ochentoso, ha promovido la realización de documentales y la publicación de libros que testimonian lo ocurrido en Argentina en esa época y que lo ponen en valor de acuerdo a cómo se lo ve hoy, una vez que han transcurrido cuarenta años de aquello. Dentro de ese revival, también han sido considerados como corresponde los lugares que funcionaron como focos a partir de los cuales se inoculaba el virus de lo alternativo, en confrontación con el nuevo canon que se pretendía construir desde las instituciones oficiales por voluntad de las autoridades recién asumidas.

En las artes escénicas, núcleos como los de las Bay Biscuits, los Peinados Yoli y Las Gambas al Ajillo, entre otros, desfilaron por los escenarios del Einstein, el Parakultural, Cemento o Medio Mundo Varieté, además del Centro Cultural Rojas, dependiente de la Universidad de Buenos Aires. Varios de los integrantes de esos elencos se sumaron luego a la elite actoral del país, con incursiones en el cine y la televisión, pero hace cuatro décadas no se podía sospechar hacia dónde iban a salir disparados esos indómitos exponentes de una raza dispuesta a traspasar todas las reglas.

Entre los más arriesgados, estaban Batato Barea, Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese, quienes con sus puestas en escena se ganaron los favores de los parroquianos del Parakultural y de la fauna del Rojas, donde su talento fue advertido por figuras ya instaladas en la consideración masiva, como Fito Páez o Antonio Gasalla. Ellos les brindaron un espaldarazo que depositó a la dupla Urdapilleta-Tortonese en la pantalla de ATC, instancia de la que se vio privado Barea porque falleció en 1991 con apenas 30 años y una foja inolvidable de servicios en las filas del clown y la performance.

Alejandro Urdapilleta, consagrado en esa aparición televisiva, desarrolló una carrera con sucesivos logros, tanto en puestas teatrales como en recordadas series y telenovelas, y en películas de directores como Jorge Coscia, Fernando Spiner o Lucrecia Martel. Sus enormes condiciones para la actuación le reportaron numerosos premios, pero sobre todo el respeto de sus colegas y de un público que supo apreciar su particular modo de encarnar los personajes que le tocaban en suerte. Desde que murió, en diciembre de 2013, ha sido objeto de incontables homenajes, que renuevan la vigencia de un artista que se animó a trascender el under.

Entre esos tributos, cabe mencionar el ofrecido por el grupo Calicódomos Teatro, que animará la segunda función de su “Festejo alucinado a Alejandro Urdapilleta” este domingo a las 20 en Espacio Blick. Con dirección de Matías Etchezar y Martín Gaetán, sobre textos que pertenecen a “Vagones transportan humo”, un libro de Urdapilleta editado en 2000, el espectáculo se propone reivindicar el vasto universo gestado por la creatividad de un ilustre cuyo apellido es tendencia ahora en las redes sociales: alguien advirtió que en su correspondiente estrella de la fama de la avenida Corrientes se equivocaron al escribir su nombre.

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