Provincial Por: Felipe Osman14 de octubre de 2026

Llaryora empieza a sonreír en la Capital

En el Panal asoma un medido entusiasmo: los números dicen que la imagen del gobernador comienza a despegarse, en la ciudad, de la de Passerini y su gestión. La intervención directa de la Provincia sobre problemas puntuales de la Municipalidad empezaría a rendir frutos. La apuesta de fondo: recuperar el voto de quienes ya acompañaron en 2023 sin depender de la suerte del intendente.

Después de mucho tiempo, Llaryora empieza a encontrar motivos para sonreír cuando mira hacia la Capital. Los últimos números que circulan en el Centro Cívico sugieren que la estrategia de intervención provincial directa sobre asuntos de la ciudad comienza a producir los resultados esperados: la imagen del gobernador empieza a despegarse de la que refleja la gestión municipal.

El dato es relevante porque, de consolidarse, podría liberar al gobernador de una simbiosis incómoda. Hasta ahora, recuperar terreno en la Capital parecía tener, como condición indispensable, una mejora en la valoración del gobierno municipal. Pero ahora nuevos indicadores sugerirían lo contrario.

Para dimensionar la importancia del dato hay que ponerlo en perspectiva.

En las elecciones provinciales de 2023, Llaryora cosechó en la Capital 333.480 votos que resultaron decisivos para su ajustada victoria sobre Juntos por el Cambio. Un mes después, Passerini, presentado como continuador de su gestión, reunió 314.836 sufragios en las municipales. Dos elecciones diferentes, pero con resultados que reflejaron el respaldo que Llaryora había conseguido construir en la ciudad.

Buena parte de ese capital político se había asentado sobre algunos aciertos de la administración llaryorista. La recuperación de espacios públicos y, particularmente, la redefinición de la relación con el Suoem fueron dos marcas registradas de una gestión que consiguió exhibir autoridad frente a estructuras que habían condicionado durante años a sus antecesores.

Ese antecedente explica una singularidad en la estrategia electoral que ahora despliega el gobernador. Llaryora no necesita convencer a quienes nunca lo votaron. Necesita convencer a quienes ya lo acompañaron de volver a hacerlo. No tiene que construir desde cero. Debe recuperar y fidelizar un respaldo que ya supo conquistar, y que entró en un paréntesis merced a los más modestos números de aprobación de la gestión municipal que le sucedió.

Frente a ese escenario, el gobernador tenía dos caminos.

El primero, intervenir políticamente sobre la Municipalidad ubicando funcionarios de su confianza en posiciones de mando para fortalecer desde adentro una gestión que necesitaba recuperar iniciativa y capacidad de respuesta. Un esquema que habría supuesto involucrarse más profundamente en las decisiones municipales y asumir, también, una mayor corresponsabilidad sobre los resultados.

O una segunda alternativa: operar directamente sobre el territorio, sin mayor intermediación del Palacio 6 de Julio. Bajar obras licitadas y financiadas por la Provincia, seleccionar problemas puntuales de la gestión municipal e intervenir allí donde el municipio encontraba dificultades para ofrecer soluciones. En definitiva, transmitir una imagen concreta: que la Provincia tenía la potencia y la capacidad de ordenar aquello que la Municipalidad no conseguía resolver, pero sin ponerse en los zapatos del intendente.

Llaryora no desechó completamente la primera alternativa. Hubo un desembarco de funcionarios vinculados al esquema provincial en áreas sensibles del municipio. Pero la apuesta central, especialmente en términos de construcción de imagen, terminó siendo la segunda.

Ejemplos no faltan: el plan de obras provinciales para la Capital con licitaciones por 130 mil millones de pesos; el protagonismo del Ministerio de Seguridad en los operativos para erradicar naranjitas y limpiavidrios; y, más recientemente, la intervención de la Policía provincial para cubrir funciones de ordenamiento del tránsito que quedaron resentidas por las medidas de fuerza del Suoem.

La estrategia ofrece una ventaja adicional: si las intervenciones provinciales funcionan, el gobernador puede capitalizar el reconocimiento; y si los problemas estructurales de la administración municipal persisten, la responsabilidad política continúa recayendo principalmente sobre el intendente. Desde luego, nada impide que una mejora en los servicios beneficie también a Passerini, pero ese resultado deja de ser una condición necesaria para que Llaryora repunte en la ciudad.

Por eso Llaryora empieza a sonreír. Porque las primeras encuestas sugieren que empieza a reconstruir el respaldo que supo edificar en Capital durante su periplo como intendente, con algún grado de independencia de lo que suceda a nivel municipal.

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