Llaryora-Passerini, la disciplina de la unidad
Martín Llaryora y Daniel Passerini se mostraron una vez más juntos en la ciudad, al recorrer ayer el Altonivel que Caminos de las Sierras construye en Avenida Vélez Sarsfield y Circunvalación. Una foto más en un extenso álbum que el intendente y el gobernador siguen construyendo más allá de las vicisitudes de su relación y los altibajos de las encuestas.
Desde la Provincia, la línea que sigue la comunicación es saturar redes y canales con imágenes del gobernador inaugurando concreto. Sobre todo, en la Capital, donde el llaryorismo empieza a celebrar el crecimiento de la imagen del mandatario provincial por encima de la del intendente.
No es fácil saber cuánto hay de realidad y cuánto de expectativa en ese balance. Pero desde la Municipalidad presumen que la imagen del intendente no puede ser mala si dirigentes entusiasmados con la posibilidad de sucederlo no pierden oportunidad de sumar instantáneas con él.
Tampoco suscriben la tesis de una intervención, y hasta se animan a decir que la gestión atraviesa uno de los momentos de mayor autonomía, después de la reestructuración de varias secretarías a mediados del año pasado, la más reciente salida de funcionarios provinciales que recalaron en la secretaría de Administración y la rescisión de un importante número de alquileres que habían “heredado” de la gestión anterior, lo que representaría un ahorro superior a los 200 millones de pesos mensuales.
De paso, aprovechan para aclarar que el convenio que formalizó la colaboración de la Policía Provincial en el manejo del tránsito en la ciudad, en eventos masivos, fue una idea concebida inicialmente por el propio municipio en la reformulación del Código de Convivencia, y no una imposición provincial.
En el Centro Cívico no discuten demasiado al respecto. El asunto de la autonomía capitalina interesa allí mucho menos que la necesidad de reconstruir lazos entre los vecinos de Córdoba y la imagen del gobernador, al que ya supieron dar respaldo en 2023.
Sin embargo, las diferencias de diagnóstico no interfieren en el pronóstico. Quien niegue las tensiones entre una y otra jurisdicción carece de honestidad intelectual, pero no miente cuando dice que un interés común trasciende las vicisitudes del día a día. Y ese interés es la reelección de Llaryora.
Una elección provincial ubicada en el primer semestre de 2027 exigirá, como paso previo, un raid de inauguraciones en la ciudad. Los efectos de una campaña anticipada indefectiblemente permearán la gestión municipal. Y si el gobernador es revalidado al frente del Centro Cívico el peronismo cobrará otro brío para pelear por su continuidad en el Palacio Municipal.
Toda esa secuencia sólo puede conspirar -entiende el passerinismo- a favor del intendente, que no puede pelear por su reelección, pero que necesita cerrar su gestión con el mayor margen de aprobación posible para proyectarse a futuro.
Su rol, entienden en su entorno, puede ser de particular utilidad para el peronismo en un escenario electoral en el cual La Libertad Avanza compita en la Provincial. Sin Natalia de la Sota en la ecuación del cordobesismo, Passerini es, probablemente, el dirigente con mayores condiciones para ir en busca del voto anti-mileista. Y, por lo tanto, podría descargar al gobernador de abordar esa línea de campaña.
Con todo, una eventual división de roles en la campaña no elimina las tensiones. Llaryora necesita recuperar respaldo en la Capital; el intendente, aprovechar el impulso provincial. Entre esas dos necesidades se dibuja un equilibrio que ninguno parece dispuesto a romper. No es exactamente armonía. Es la disciplina de la unidad