Cultura Por: Víctor Ramés21 de octubre de 2026

Córdobers | Caras y Caretas Cordobesas

La revista “El Hogar” tenía claro lo que se podía extraer de una entrevista a una figura del cuño de Octavio de Rochefort, y le tiraba la lengua, en su casa de Caballito, para sacarle relatos de aventuras y anécdotas familiares.
Henri de Rochefort, padre de Octavio con uno de sus famosos gatos. (Sobre una pintura de Jan Van Beers.)

El brillo tenue de Octavio de Rochefort (Quinta parte)

Más acá de su fama, o bien del anhelado olvido que postulaba el autor de la entrevista, Octavio vivía en 1935 como si su pasado solo sirviese para amenizar una rueda de oyentes en un salón. Era precisamente a lo que aspiraba la revista:  llenar unas páginas donde esas historias cumpliesen el cometido de entretener a los lectores.

Así presentaba “El Hogar” a su objeto de anécdotas:

“Vive en Caballito, en una callejuela olvidada de las guías nomencladoras. La modesta casita — sacudida a horario por los trenes de la vecina vía férrea — tiene "ambiente" de París. Desde el marqués hasta sus hijos más jóvenes, todos han nacido en la capital francesa. Nuestro entrevistado —que no alcanza a comprender por qué “El Hogar” desea entrevistarlo, ni qué interés puede tener para los lectores que el hijo de Henri Rochefort viva en Buenos Aires — nos confiesa que lleva una existencia muy retraída, y aunque fervoroso admirador del país que tan generosamente le brindara hospitalidad en horas difíciles de su vida, se halla al margen de sus inquietudes: «Aquí sólo recibimos 'Le Courrier de la Plata', y estamos alejados de la política argentina, dedicados exclusivamente a la ciencia»."

Octavio parece más aplacado que durante su entrevista de 1923 para “Caras y Caretas”. En esta visita del otro semanario, en 1935, contó su historia con nuevos tintes, diferentes aventuras; y se ocupó también de referir algunas anécdotas de su padre, el héroe revolucionario, el periodista lúcido y mordaz, visto de cerca.

Mientras transcurría la entrevista, un gato negro de la casa aparecía y de pronto se acomodaba lo más pancho sobre las rodillas de Octavio. Este hecho le recordó al marqués de Rochefort un episodio a la vez dramático y gracioso que vinculaba a los gatos con un momento difícil en la historia política de Henri de Rochefort: cuando en 1868, las autoridades del Segundo Imperio quisieron echarle el guante para silenciar a su periódico, y él logró evadirse a Bélgica con la ayuda del escritor Víctor Hugo. Contaba Octavio:

— Es una manía de familia este amor a los gatos. Y a propósito voy a referirle una anécdota de mi padre, sobre un gato, Kroumir, que tuvimos en casa desde pequeños. Cuando el gobierno dio orden de prisión contra el belicoso redactor de ‘La Laterne’, éste huyó precipitadamente a Bélgica. Nosotros estábamos en el campo. La policía se incautó de la casa y cerró con sellos las puertas y ventanas. Mi padre llegó a Bruselas y se acordó de sus gatos. Escribió una carta memorable al presidente de la Asociación Protectora de Animales de París, que fue reproducida en varios panfletos, con el nombre de ‘Los matadores de gatos’. «No tengo necesidad de pintaros — decía, — el horror de su situación. Encerrados en el sótano, sin ninguna comunicación con la sirvienta que le daba de comer, ésta no puede hacerles llegar alimentos, sin ser culpable de romper los sellos de las puertas y ventanas...».

El pueblo formó una manifestación. En las esquinas se comentaba en forma irónica los términos de la carta. «Debo reconocer -agregaba Henri Rochefort- sin embargo, que aunque mis gatos son inocentes, uno de ellos solía encaramarse sobre mis hombros mientras yo redactaba mis artículos. Posiblemente a fuerza de mojar sus patas en mi tintero, ha tomado también aversión a los parlamentaristas…».

La muchedumbre crecía frente a la casa de Rochefort. EL pueblo se amotinaba. Se pedía la libertad de los gatos del tribuno como se hubiera pedido la del mariscal de Francia. El gobierno sintió la sensación del ridículo, y los gatos de Rochefort fueron puestos en libertad.”

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