Tras una breve estadía en el Sanatorio de Ascochinga, en 1934 Fader fue de una leve pero alentadora mejoría, a un cuadro de irreparable empeoramiento que lo acercaba hacia su fin.
Una exposición retrospectiva de algún modo improvisada por Müller, intentaba obtener en 1933 fondos que la salud de Fader requería. El mismo año inauguraba el edificio del Museo Nacional de Bellas Artes.
En 1933, Fader tomó contacto con el Dr. Cetrángolo, director del Sanatorio de Ascochinga y un destacado tisiólogo, quien comenzaría a atenderlo aun cuando la tuberculosis del pintor había alcanzado una fase avanzada.
Se completa la crónica publicada en el semanario “Caras y Caretas” en septiembre de 1932, en la que el escritor y periodista Armando Maffei, refiere una visita a Fader, que transcurría un difícil período de postración en Loza Corral.
Al verse separado de la pintura por su padecimiento, quedó de un lado Fader, el hombre, en Ischilín; del otro su obra, expuesta en Buenos Aires, cosechando para el hombre la gloria de un semidiós del arte.
En 1932 tendría lugar la inauguración de una gran exposición retrospectiva de Fader, al cumplir sus cincuenta años, en las salas de la Comisión Nacional de Bellas Artes del Palais de Glace.
A comienzos de 1931, Fader daba las últimas pinceladas sobre tela. El agravamiento de su salud determinaría su ausencia obligada de las muestras. Aún le quedaba vida por delante, pero ya no habría obras.
En el año 1930 regresaba la pintura de Fader a la galería Müller, anticipándose al comienzo de la Década Infame. Además, la apertura de la exposición coincidía con la final Argentina-Uruguay del primer Mundial de Foot-ball de la historia.
Fader volvería a estar ausente, en 1929, en el salón de Müller, y ya no concurriría a exposiciones a la ciudad porteña. A comienzos de ese año se colgarían obras del pintor de Loza Corral en una exposición colectiva organizada por el Jockey Club de Buenos Aires.
El “fordcito” de Fader fue un vehículo que el pintor había adaptado para trasladar sus pinturas y telas en busca de paisajes lejanos. En algún momento se convirtió en su única oportunidad de seguir pintando, cuando su salud empeoró en los años 1928 y 1929.
Una nota breve, una esquela casi, quedaba reflejada en “Caras y Caretas” en ocasión de la muestra con que Fader reacomodaba su relación con Müller y volvía a exponer en octubre de 1926 en la galería de la calle Florida, reabierta ese año.
En su segunda muestra en la “Asociación Amigos del Arte”, en octubre de 1925, Fader participó de una colectiva en la que presentó sólo tres obras. También exponía Emilio Pettoruti, y ambos pintores tuvieron un roce basado en sus estilos tan opuestos.
El hábito de las muestras anuales en Galería Müller se interrumpió en 1924, por estar Fader y su marchand distanciados. El pintor lograría, no obstante, abrir en octubre una retrospectiva de 50 telas, invitado por la recién inaugurada “Asociación Amigos del Arte”.
La exposición de 1923 en la galería Müller encontraba a Fader disconforme con su producción de un año difícil, en cuyo curso se había incluso resentido la relación con su marchand, que no mucho después llevaría a una ruptura por asuntos de dinero.
Entre su porfiada producción de telas en el faldeo de las Sierras de Ischilín, y las exposiciones de su obra, aparecían al menos dos Faders diferentes. Aquí, una visita en su casa cordobesa, un hombre solo que pintaba o tocaba el piano, según la hora.
Fader seguía su batalla por producir la obra que anualmente mostraba al público en Müller y a la crítica porteña. Así lo haría en 1920 y en 1922, pero en el año 1921 dicha ceremonia inaugural debió ser suspendida.
En 1919, Fader participaría de dos muestras, el Salón de Otoño de Rosario, y su muestra individual, gran ceremonia anual en la Galería Müller de Buenos Aires. Entretanto, en Loza Corral, pintaba luchando contra el mal tiempo cordobés.
Cuando Fader se hallaba cerrando su exposición en Montevideo, el semanario porteño publicaba, el 22 de junio de 1918, una nota reflejando la buena recepción obtenida por el artista en el ambiente cultural de la capital uruguaya.
En 1918, Fader viajaba a Montevideo para realizar su primera exposición en Uruguay. El artista obtenía muy buena recepción en el vecino país, aunque la prensa local prácticamente silenció la repercusión favorable de su obra en el ambiente cultural del vecino país.
El oficio de Fader entrañaba una profunda enseñanza en sus cuadros y en sus propias palabras. Su búsqueda, su convicción, su disciplina, su certeza sobre las limitaciones de la pintura para atrapar los colores del paisaje, eran explicadas por él en el semanario, en 1917.
En marzo de 1917, el semanario de Buenos Aires le pedía a Fernando Fader definiciones sobre su pensamiento y sobre su obra, y publicaba en abril el texto, una especie de revelador monólogo del prestigioso artista.
Desde 1916, Fader comienza a producir obra en las serranías cordobesas, y ese año las exhibe en Buenos Aires, en su primera exposición individual en la Galería Müller.
La vida de Fernando Fader después de la “pesadilla hidroeléctrica” en Mendoza, floreció en una producción pictórica admirable, a partir de 1914. En 1916, se trasladó con su esposa e hijos a las serranías cordobesas, donde se establecieron definitivamente.
El periodo de la vida de Fernando Fader que abajo se comenta, fue una muestra de cómo una quiebra empresarial demoledora, desastrosa para la familia, le devolvió al país a su mayor pintor en actividad de esos años, en 1914.
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