No es historia antigua
La difusión de las ideas socialistas y anarquistas en la Argentina fue motorizada por los inmigrantes europeos que vinieron hacia finales del siglo diecinueve, quienes a diferencia de lo que habían imaginado los prohombres de la generación del 80, eran en su mayoría gentes desesperadas por encontrar la posibilidad de mejorar las paupérrimas condiciones de vida en las que se debatían en su país natal. Dentro de esos contingentes empobrecidos se inscribía el prusiano Karl Arlt, arribado en 1898 junto a su esposa Ekatherine Lobstraibitzer, escapando de los deberes militares que se le imponían como miembro del ejército de su patria.
Si bien una vez establecido en el barrio porteño de Flores se dedicó a la creación de objetos de vidrio y a la elaboración de tarjetas postales, la formación en la milicia había moldeado su carácter y su manera de pensar. Lejos de comulgar con ideologías socializantes, más bien se inclinaba hacia posturas individualistas y se comportaba de un modo conservador y autoritario. Con su hijo Roberto puso en práctica estas teorías y se esforzó en torcer sus inconductas mediante severos castigos que marcaron la infancia del futuro literato y condicionaron su perspectiva para ver el mundo, teñida de una pátina anarquista.
En su derrotero de adolescente que huía del hogar paterno para evitar el maltrato, Roberto Arlt llegó a la ciudad de Córdoba con apenas 19 años, portando una carta de recomendación de su amigo Conrado Nalé Roxlo para que lo aceptaran como colaborador en una revista cultural. Una vez instalado en La Docta, debió cumplir con el servicio militar obligatorio en el regimiento de infantería de Camino a la Calera. En ese tiempo conoció a Carmen Antinucci, heredera de una familia acomodada, con la que el autor de “Los siete locos” y “Los lanzallamas” se casó en 1922.
A poco de contraer enlace, Carmen fue diagnosticada de tuberculosis y resolvieron instalarse en Cosquín, que por ese entonces era un destino indicado para quienes padecían esa enfermedad. Con el dinero que había recibido de los Antinucci como dote, Arlt compró una casa en el centro coscoíno y realizó una serie de inversiones que no prosperaron. En diciembre de 1923 nació su hija Mirta, pero a esa altura los cónyuges habían descubierto que eran incompatibles en muchos aspectos. Él se volvió a Buenos Aires en 1924 y ella lo siguió más tarde junto a Mirta, pero las cosas jamás volvieron a ser lo mismo.
En Córdoba, Arlt había escrito y publicado una novela corta, “Diario de un morfinómano”, que apareció en un periódico literario local, aunque no se ha conservado ninguna copia de esa edición y por lo tanto se trata de una obra inhallable. Allí se narraban las desventuras de un adicto a los opiáceos de nombre Astier, apellido que sería recuperado luego por el escritor en “La vida puerca”, un boceto de novela que en su mayor parte fue redactado durante su residencia en Cosquín y al que trató infructuosamente de editar una vez que arribó a la gran metrópolis.
Bajo la protección del renombrado Ricardo Güiraldes, quien le sugirió cambiar el nombre de su manuscrito, en octubre de 1926 salió a la luz por fin “El juguete rabioso”, a través de la Editorial Latina. El volumen ha sido considerado por los especialistas como la primera novela moderna argentina, paradójicamente bajo los auspicios de Güiraldes, uno de los últimos referentes de la literatura gauchesca. Con un contenido que resulta autobiográfico en un alto porcentaje, “El juguete rabioso” anticipa algunos de los tópicos que iban a marcar el resto de la producción arltiana, con personajes que escapan de las convenciones y, en algunos casos, se pliegan a cruzadas conspirativas.
En este mes se están cumpliendo cien años de la aparición de aquella novela fundacional y, como es de esperar, ese aniversario despierta iniciativas de recordación de ese texto que a esta altura ya es un clásico de las letras en lengua española. Entre esas conmemoraciones, hay que destacar el emprendimiento de la Editorial Universitaria de Villa María (EDUVIM), que ha lanzado una nueva edición de “El juguete rabioso” como primer volumen de su colección “Biblioteca Roberto Arlt. Obra Completa”, que dirigen Sylvia Saítta y Laura Juárez, y cuyo proyecto contempla la publicación de doce tomos.
De la rigidez de la educación prusiana que quiso imponerle su padre, Roberto Arlt salió disparado hacia un recorrido vital que hizo escala en la provincia de Córdoba, donde encontró la inspiración para poner en palabras esa historia de Silvio Astier donde insertó no pocas experiencias personales. Un siglo después, “El juguete rabioso” sigue reflejando las frustraciones de un joven que quiere forjar su destino y al que la sociedad le niega la posibilidad de siquiera vislumbrar una salida. Con todo lo que ha sucedido en ese lapso, es lamentable que hoy lo narrado allí no parezca historia antigua.