La escuela no puede sola contra el bullying
Ayer me tocó dar clases en el secundario. En mi recreo de almuerzo fui hacia la cantina y pasé por el salón de usos múltiples en el que había una reunión convocada por el ministerio de educación para hablar sobre vaya uno a saber qué. No era para docentes, sino para autoridades, lo que quedaba claro por la cantidad de gente acompañada por algún siervo dedicado a hacerle prensa y redes.
Al pasar por la puerta escuché lo mismo de siempre. Gente que está lejos de las aulas hablando maravillas de todo lo que hacen por la educación, como el nuevo régimen académico o los cambios en las orientaciones. Era un poco de onanismo colectivo que seguramente alcanzó su clímax celebrando el resultado de las pruebas PISA.
El fin de semana hubo un caso de bullying extremo que llegó a los medios nacionales por la gravedad de los hechos, que implicaban que la víctima sufriera una crisis psiquiátrica y que una de las agresoras compartiera un video comentando el episodio y gozando por lo que había pasado.
El caso tiene un poco de todo lo que está pasando en las escuelas y que no se está trabajando adecuadamente. No se puede cargar toda la responsabilidad sobre las instituciones educativas, pero la realidad marca que no están pudiendo resolver lo que sucede con el uso de la tecnología entre los alumnos, que llevan el acoso y el maltrato hasta niveles intolerables.
Las pantallas están instaladas en nuestro día a día. Los niños empiezan cada vez a edades más tempranas y los adultos confían en el criterio con el que los menores van a hacer uso de esa herramienta tan poderosa para acceder a todo el contenido que existe en el mundo. El descubrimiento de las aplicaciones de mensajería y las tiranías que allí se generan marcan a menores que pasan demasiadas horas solos, no pueden procesar el rechazo y sufren por ataques que no se cortan en ningún momento del día.
Hay gente que está tan rota que tomó este caso como si fuese un efecto bumeran contra la clase social privilegiada que habría impulsado el nuevo régimen penal juvenil, olvidándose de que hay una víctima que va a tener que cargar con secuelas duraderas por este hostigamiento y culpables que tienen que sufrir las consecuencias de sus actos. Privilegiados o no, este tipo de situaciones se deben poder sancionar y perseguir con firmeza desde temprana edad para aprender que no se puede hacer. El mejor ejemplo es el de Corea del Sur: el 90% de los alumnos con antecedentes por acoso no lograron entrar a la universidad, producto de una norma que castiga fuertemente esa forma de maltrato.
Hace unos meses, cuando el tiroteo en una escuela de Santa Fe, me atreví a aventurar que estos episodios otrora aislados iban a empezar a ser más frecuentes. La escuela dejó de ser una institución ordenadora, quizás la única que ayudaba a los chicos que provenían de hogares rotos, para pasar a formar parte del mismo caos social en el que vivimos hace años.
El bullying no es un fenómeno nuevo, sino que no se hace nada para detenerlo. A lo sumo se trabaja con talleres de concientización que son una pérdida de tiempo porque los mismos chicos se lo toman así.
Los acosos no se cortan porque los gabinetes psicopedagógicos -si existen- buscan recetas erradas para problemas graves, las autoridades escolares están limitadas por resoluciones, reglamentos y protocolos estúpidos, y la gente del ministerio anda de ágape en ágape palmeándose la espalda y felicitándose por lo bien que están haciendo las cosas.