Córdobers | Caras y Caretas Cordobesas
El brillo tenue de Octavio de Rochefort (Séptima parte)
Tras haberse establecido nuevamente en la Argentina, alrededor de 1911 y obtenido una cátedra en la Universidad Nacional de Córdoba, hechos que ya conocemos a partir de su primera versión, narrada a “Caras y Caretas”, Octavio de Rochefort debió regresar a Francia, en 1913 al llamado del famoso y revoltoso progenitor. Henri, ya ochentón, había decidido bajar un poco las plumas y reunir a la familia en torno a sí. Allí zarpó Octave Maximilien, el buen hijo, dejando otra vez Córdoba y la Argentina atrás.
“En 1913 mi padre, que ya se sentía muy enfermo en Aix-les-Bains – lo que no le impedía redactar sus artículos para ‘La Patrie’ —, quiso poner punto final a su agitada vida pública y gozar en los últimos instantes del calor familiar que había ignorado durante tanto tiempo. Cuando pasé por París, y a los gritos del tren de Marsella, me saludaron como marqués... Mi padre había muerto. Resolví quedarme en Francia, pero desgraciadamente el porvenir no me sonreía. Dedicado a mis investigaciones sobre radiocomunicaciones, fundé una compañía, que instaló las primeras estaciones de resultado positivo para las actividades comerciales: la resonancia fué mundial. Parecía diabólico poder unir Nieppe y Newhaven. Más tarde instalé en Fernando de Noronha otra estación potentísima. Pero subsistía aún en Francia el recuerdo de las campañas terribles de mi padre. Los odios no se habían apagado. Resolví volver a la Argentina con mis tres hijos — nacidos todos ellos en Francia, aunque cuando estuve en Córdoba murió el mayor de todos, que era argentino— pero estalla la guerra y mi país me necesita. Trabajé febrilmente en instalar los equipos radiotelegráficos del ejército francés.”
La historia sobre uno mismo siempre puede pecar de sospechosa, no hay que olvidar que todos podemos ser héroes de nuestro relato. Sin embargo, hay que decir a favor de Octavio que sus referencias a la invención de elementos tecnológicos y su relación con la radiotelegrafía no eran palabras de charlatán. Durante la Primera Guerra, el ejército francés debió ser provisto con urgencia de equipos de comunicación radiofónica. Allí debieron cruzarse el pionero del desarrollo técnico y militar de la radio desde el Ministerio de la Guerra, el más tarde general Gustave Ferrié, encargado de la tarea, con Octavio Maximiliano Rochefort, inventor y fabricante de equipos de inducción eléctrica altamente eficientes, conocidos comercialmente como los sistemas y “bobinas Rochefort”, un implemento esencial para la radiotelefonía militar o civil. Lo cierto es que Octave Maximilien volvió a llamarse Octavio y regresó a la Argentina, cosa que anhelaba hacer. Una sola frase para remarcar esa información triste sobre ese hijo mayor a quien había perdido en Córdoba.
En el párrafo siguiente refiere ese regreso y confirma datos ya leídos previamente en la entrevista de “Caras y Caretas”, para mantener a flote las secciones biográficas de su relato.
“Mi nombre corría de boca en boca; tenía la inmensa palanca de mi apellido, que unas veces me ayudaba y otras me perdía; pero yo no dejaba olvidar aquella tierra cordobesa que, cuando en mi patria se me proscribía por ser hijo del hombre que se había convertido en el acusador de los malos gobiernos, me recibió con los brazos abiertos. Volví a Córdoba y trabajé en infinidad de cosas, llegando a ser cónsul. Estuve de nuevo en la Universidad hasta que una revuelta estudiantil, ‘la reforma’, me disgustó, y resolví alejarme. Me ofrecieron trabajos de ingeniería, sabiendo que con anterioridad había intervenido ‘ad honorem’ en la construcción del dique San Roque. Más tarde se me designó jefe de la sección mecánica de la Dirección de Arsenales del Ministerio de Guerra.”