
Maltrato en las aulas
Javier Boher
Hace un par de semanas el país se vio sacudido por el caso de adolescente que llevó una escopeta a la escuela y mató a otro. Se multiplicaron las explicaciones sobre el tema que hacían foco más o menos en lo mismo de siempre. Desde esta misma columna me atreví a hacer mi propio análisis, sosteniendo la hipótesis de que esta vez la cosa era más seria (y prometía más réplicas) que las veces anteriores.
Desde aquel 30 de marzo se conocieron casos de distinta gravedad que involucran violencia o amenazas que preocupan a alumnos, familias y docentes. Solamente en la última semana, en Córdoba se registraron un caso de un alumno que llevó una picana y otro una pistola a balines, que son no letales pero pueden causar daños duraderos.
Otro caso fue más impactante, porque la comunidad de la escuela pidió una solución a las expresiones perturbadoras de un alumno (una supuesta lista de los que quería matar).
Como los docentes andamos por muchas escuelas, en muchos barrios y en distintas gestiones, siempre conocemos a alguien que nos puede dar algún dato adicional sobre estas cosas. Casualmente, un compañero de trabajo tiene horas en esa escuela
El panorama es más o menos el normal en casi todos lados. Tiene 50 alumnos por curso, lo que hace imposible detectar situaciones de bullying o saber qué les pasa a los chicos. Vamos, si hasta es imposible aprenderse el nombre de todos…
El mismo docente trabaja en otra escuela donde hay nueve alumnos en sexto año. Es una escuela pública en una zona brava. Estadísticamente podría tener dos cursos de 30, pero le toca esa otra realidad.
Hay muchos docentes que prefieren no verlo o no decirlo, pero todos notamos en las aulas (o en los clubes, aquellos que también dedicamos tiempo a eso) que el maltrato entre los chicos es permanente. La forma más habitual de interacción es la burla, la gastada, la exposición, probablemente una señal de que en sus casas se vive una realidad similar. Los adultos se van quedando sin palabras para dirigirse a los chicos, girando a expresiones que luego entran a la escuela.
En el siglo XVIII, el emperador Federico II realizó un experimento privando a un grupo de bebés de todo contacto con el lenguaje, para descubrir qué idioma hablaban naturalmente las personas. Los adultos solamente se encargaban de satisfacer las necesidades básicas de los infantes, como la comida, pero sin hablarles no expresar cariño. El resultado fue que murieron los 30 sujetos de prueba, tristes por la desconexión con los adultos.
La pandemia terminó de igualar a padres con hijos, completando el círculo de adultos que se creen adolescentes. Tanto niños como adultos se creen de esa edad, quizás la más delicada de la vida humana y cuando peor criterio tiene el ser humano para tomar decisiones.
La sociedad parece haber perdido el rumbo, borrando la noción de jerarquías entre generaciones y difuminando los roles del cuidado. Se pierde el diálogo afectuoso y todas son transacciones como las de las nodrizas a las órdenes de Federico II.
La escuela no es ajena a esto. En lugar de mejorar la cantidad de alumnos por docentes y simplificar la burocracia para permitir el acercamiento, todos los incentivos están puestos en que los docentes se laven las manos y pasen todo a gabinetes psicopedagógicos que no saben, no pueden o no quieren resolver los problemas. Es un panorama desolador.
Hace falta que se recuperen con urgencia los roles propios de la escuela, con las normas que le dan sentido. Debe haber consecuencias para los actos contrarios a una buena convivencia y premios para los cumplidores, como así también más instancias de contención bien entendida, no la aberración de las “trayectorias” que impera hoy.
En aquella nota sostuve que hay que recuperar el diálogo en las escuelas; la posibilidad de escucharse y compartir a pesar de opinar distinto. Después de dos semanas (con nuevas interacciones en el aula) estoy aún más convencido de ello.


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