
De los dos lados del mostrador
Javier Boher
Cuando enseñamos para qué sirven los partidos políticos decimos que son una forma de representación de intereses, un vehículo para que las demandas sociales tengan posibilidad de convertirse en políticas públicas.
Cada partido tiene su propia democracia interna, que implica una cierta heterogeneidad en las formas de ver el mundo que tienen sus facciones. A pesar de eso existe un núcleo duro de coincidencias que hace que todos sigan trabajando dentro de los límites del partido, evitando romperlo para iniciar una alternativa personal.
Acá en Argentina los partidos son mucho más amplios y flexibles en cuanto a esos límites, quizás porque el populismo siempre atrajo a los votantes. Cualquier alianza es posible, por más inverosímil que resulte a priori.
Lo que me resulta absolutamente increíble es el cinismo con el que algunos se ubican a ambos lados del mostrador en cuestiones que no son ni doctrinarias ni políticas, sino que van más a lo moral. Lo pongo en otras palabras para que quede más claro: no es una discusión sobre el rol del Estado en la economía o el uso del clientelismo, es sobre matar gente. Una nena, para ser más preciso.
El fin de semana se habló mucho sobre el rol del peronismo en el caso del femicidio de Agostina Vega. El hecho de que algunos prefieran no nombrarlo no va a hacer que desaparezcan los datos concretos que hemos visto hasta ahora, que están lejos de toda conjetura.
Incluso sin pensar mal, los 27 años de controlar la legislatura significan que es esa misma cantidad de años controlando, si no la justicia, al menos la designación de jueces y otros funcionarios importantes para que se imparta justicia.
El femicida era peronista, casi sindicalista, empleado municipal y barra de Instituto. Son datos, no conjeturas. Era cercano al concejal y abogado Ricardo Moreno, aparentemente más allá de lo que están dispuestos a reconocer.
Me ha tocado muchas veces padecer las consecuencias del estereotipo del rugbier (por estar ligado al deporte desde hace 30 años) cada vez que hay un homicidio como el de Fernando Baez Sosa. Ahí no parecen preocuparse tanto de que no todos somos iguales y nos caen con todo el peso de los prejuicios, de allí que me cuesta entender que ninguna de todas las categorías en las que entra Barrelier sirva para explicar (o al menos para entender) por qué asesinó a la nena.
El circuito con el que trataron de sacarse de encima el problema estuvo clarísimo. Después de la catastrófica conferencia de prensa del sábado, el gobernador y el ministro de seguridad recibieron el domingo a la tarde a la familia de la víctima. El abogado de la madre dijo lo mismo que dice cada vez que hay un caso similar, algo así como que están muy conformes con la reunión y que el gobernador se comprometió a poner todos los recursos a disposición para resolver el caso.
El lunes tuvimos que ver al ministro Quinteros hablar y emocionarse al contar los pormenores del trabajo del fin de semana, sin recibir ninguna pregunta que lo incomode. A última hora de la tarde, el ministerio de Educación sacó una circular informando que darían las faltas a docentes y alumnos que quisieran asistir a la marcha de Ni Una Menos.
El martes nos la pasamos discutiendo cuestiones técnicas sobre femicidio y homicidio, en parte por la negativa del gobierno nacional a usar el término. Ya todo estaba virando hacia ese lado, dejando atrás los vínculos políticos del homicida. Ese mismo martes empezaron a aparecer los videos de los jóvenes que militan en la juventud peronista convocando a la marcha, contra el negacionismo del gobierno nacional y para que no le pase más a nadie. A ninguno le hizo ruido estar militando para el mismo partido que militaba Barrelier, el partido del abogado que lo sacó de la cárcel la primera vez y el partido que lo metió en el Estado. Prefieren quedarse con el partido que liberó las horas de docentes y alumnos para ir a la marcha, pero eso no quita que se trate de la misma organización política. No se puede estar de los dos lados del mostrador en estos temas, porque es mucho más profundo que una simple disidencia interna.


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