Nacional Por: Javier Boher01 de abril de 2025

Los números del Indec

Una insólita acusación de manipulación de datos partió desde el kirchnerismo al conocerse la cifra de pobreza del organismo estadístico

Por Javier Boher 
rjboher@gmail.com
La gente que está convencida siempre tiene problemas con la realidad. No importa lo que exprese la evidencia, siempre van a encontrar algún motivo por el cual la misma debe ser considerada falsa. Esa es una de las grandes dificultades de presentar datos: la gente que no los quiere creer se va a resistir a la fuerza de los mismos. 
Por supuesto que los datos -incluso sin ser manipulados- pueden ser presentados de alguna manera que resulte favorable para quien los comunica. Sin ir más lejos, todo lo relativo a la forma en la que se ha comunicado el riesgo país desde que asumió el presidente Milei se concentra en cuántos puntos baja, y no en qué tan alto sigue siendo respecto a otros países similares. Las comparaciones son odiosas, especialmente cuando a los otros les va mejor. 
Si hay un dato con el que les gusta correrse a los políticos que dicen representar al pueblo, ese es el dato de la pobreza. Todos señalan en los gráficos en cuánto estaba cuando lo recibieron y a cuánto lo bajaron en algún momento de su gestión, pero ninguno se quiere hacer cargo de a cuánto lo dejan. Es un gran problema sin resolver de la democracia, con los 30 puntos marcando el valor histórico promedio “a ojo”. 
Ayer se conocieron los datos de este indicador para el segundo semestre del año pasado, que marcó un fuerte descenso de la pobreza respecto a los niveles del segundo semestre del año 2023. El ajuste del primer semestre fue durísimo y los niveles de pobreza aumentaron a niveles que no se veían en 20 años. Sin embargo, el relativo acomodamiento rápido de los precios y el aumento de los ingresos de los trabajadores marcaron que en la segunda mitad del año la gente estaba en mejor situación que 12 meses atrás. 
Ciertamente el posicionamiento de cada uno va a influir para creer o no en esas cifras, porque la magnitud del descenso realmente es llamativa -casi incompatible- con lo que ocurre normalmente. Pero es lo que marcaban las estimaciones de los que más saben sobre el tema.
Sacando la discusión respecto al nivel de pobreza, lo verdaderamente llamativo fue el escándalo armado por los seguidores del kirchnerismo, quienes sostuvieron que el Indec estaba manipulando los datos. Aunque los instrumentos de medición, los mecanismos y las fórmulas se han mantenido a lo largo de los años, hay algunos que se resisten a creer en los mismos. Ahora de golpe parece que no recuerdan lo que fue la experiencia vivida hace más de una década, cuando Guillermo Moreno (el secretario de comercio interior de Cristina Kirchner) decidió empezar a manipular las cifras del organismo. 
La mayor diferencia entre aquella experiencia y la actual es una serie de condenas (como por ejemplo al mencionado Moreno) que demuestran sin margen de dudas que en aquel entonces se dibujaban los datos, mientras que ahora apenas si se trata de una cuestión de percepciones individuales. Pasaron los años, pero ¿cómo podríamos olvidarnos de todas las afirmaciones de aquel oficialismo, con funcionarios que sostenían que la pobreza no debía ser medida porque estigmatizaba, o que en Argentina se comía por $6 al día o que teníamos menos pobres que Alemania? Todavía recuerdo a un profesor (hoy funcionario en un gobierno provincial kirchnerista) que decía que la jugada de truchar estadísticas era fabulosa, porque así no se debía pagar lo del Cupón PBI, situación que los llevó a un juicio cuya obligación finalmente recayó sobre este gobierno. Es increíble que los docentes sean capaces de justificar ilegalidades con tal de bancar a su partido. No era una clase de realpolitik ni hablábamos en esos términos (siempre válidos) sino una charla fuera de programa sobre la agenda.
Esa experiencia alimentó la falta de confianza pública en las mismas estadísticas que genera el Estado, lo que es un problema en múltiples dimensiones, ya que -como mínimo- dificulta la toma de decisiones y expone a los gobiernos a hacer mal las cosas, debilitando al Estado frente a los ciudadanos. 
Es decir que, incluso si las decisiones del gobierno se toman con información clara y certera sobre la realidad social, el hecho de que la gente no crea en esas cifras -independientemente de su veracidad- ponen en riesgo todas las políticas públicas que se derivan de esos números. Es difícil que una política sea legítima si no se puede sostener con datos confiables su necesidad o su impacto.
Finalmente, los números son los números, pero después está la realidad. Parte del descenso registrado de la pobreza tiene que ver con medidas económicas pensadas para lograr un bienestar que permita llegar bien a las elecciones. El atraso cambiario y una cierta apertura de las importaciones van en ese sentido, de mejorar los ingresos y el poder adquisitivo en dólares a costa de comerse lo que generan sectores netamente exportadores. Todo eso es discutible. Los números, medidos igual que hace uno, dos o diez años, no.

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