Caras y caretas cordobesas
A través de las ediciones de poesía, cuentos y ensayos en la década del veinte, más un vuelo rasante por su rumbo cada vez más hacia la diestra en las ideas políticas, se toma noticias del autor cordobés, con una que otra gragea del semanario que nos rige.
Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com
Construyendo a Leopoldo Lugones (Decimoquinta parte)
La presencia impresa de Lugones en Caras y Caretas continuaba siendo un hilo mínimo durante el inicio de la tercera década del siglo veinte, como ya se esbozó en un ida y vuelta entre 1919 y 1923. En el flanco literario, hay que remitirse a sus publicaciones de esa década que fueron varias e incluyeron trabajos escritos con bastante anterioridad. Algunas de esas páginas habían sido adelantadas por el semanario de marras.
La poesía tuvo dos volúmenes para la biblioteca lugoniana, Las horas doradas, recopilación ya mencionada, apareció en 1922, y en Poemas solariegos, de 1927, un Lugones cincuentón reúne un canto a su infancia y al lar con sonidos modernistas, manteniendo a la vez su fobia a la modernidad social donde lo cosmopolita se malogra, al alejarse de las raíces familiares y locales. Publicó en la década de 1920 dos colecciones narrativas, los Cuentos fatales en 1924 traen una exposición de casos imaginados por el fatalismo lugoniano, donde se manifiestan factores que inciden en el destino de cada quien, a veces desde influjos milenarios y, por supuesto, inevitables. El otro título es El ángel de la sombra en 1926. El fascículo de la Colección Capítulo dedicado a Lugones en los años setenta, a cargo de Guillermo Ara, se refería a este como a un “libro decoroso en la forma pero pobre de estímulos narrativos” y lo degradaba a “curiosidad de estudiosos”.
Por el lado de los ensayos, como es sabido, Lugones se alimentaba de resonancias épicas, mientras visitaba diversas temáticas científicas. Los tonos épicos (que se volcaban a su oratoria política), eran elaborados en ensayos como los dos Estudios helénicos, uno de 1924 y otro de 1928, donde bebía el orador de las fuentes clásicas en busca de lo ético asociado a lo épico, para redimir al hombre argentino de una mediocridad señalada también por Ingenieros en la década anterior. Sus ensayos se interesaban, además, por temas como el genio de Leonardo Da Vinci, o por formas especulativas como las reunidas en Filosofícula, de 1924, algunos de cuyos textos habían aparecido en Caras y Caretas la década anterior, en los que la intuición poética adquiría un papel revelador en la búsqueda del conocimiento humano. También publicó como ensayos textos bajo el título de La organización de la paz, en 1925, donde se enmarca la idea de una Argentina fuerte y capaz de autodeterminación contra amenazas exteriores, preludio de su libro francamente reaccionario de 1930, La patria fuerte.
Durante la década de 1920, ya fuera de su producción literaria, en lo ideológico Lugones va trocando el sujeto de su esperanza patriótica; no aspira a un fortalecimiento del liberalismo, sino al regreso de un autoritarismo no ya religioso, sino secamente militarista y antiliberal. Los ejércitos helénicos parecían haber nublado sus ojos al proceso social que se desprendía inexorablemente de los hechos, no ya de las ideas que, para su contexto, empezaban a verse francamente demodé.
Se mencionaron anteriormente aquí sus conferencias en el Teatro Coliseo, en 1923, donde el bardo y tribuno despotricaba al unísono contra los inmigrantes, abominaba del conflicto social y atacaba las ideas socialistas, comunistas y anarquistas.
Un adversario neto a esa hora de Lugones fue el socialista Alfredo Palacios. Como subraya la investigadora Natalia Bustelo en su trabajo ya citado “La figura política de Leopoldo Lugones en los años veinte”, Palacios refuta públicamente a Lugones desde el ámbito universitario. Lo adscribe al fascismo, sin traer absolutamente nada de los pelos, puesto que el orador cordobés había expresado en el Teatro Coliseo: “Italia acaba de enseñarnos cómo se restaura el sentimiento nacional bajo la heroica reacción fascista encabezada por el admirable Mussolini”.
Por su parte, Palacios, señala Bustelo, rechazaba la referencia de Lugones a una amenaza externa encarnada en los países hermanos, señalando con lucidez, y con estremecedora actualidad en nuestro 2026, pero en 1924, a los Estados Unidos como el gran enemigo de Nuestra América con su política imperialista. En cuanto a la “amenaza interna”, Palacios no admitía como tal a la lucha obrera, la que debía cesar una vez conseguido el avance de la democracia y el reconocimiento de derechos sociales.
Transcribimos de una cita de Natalia Bustelo, el siguiente concepto de Palacios:
“Lugones, dando rienda suelta a su fantasía, presenta su ‘plan de acción’, que provocaría hilaridad y no merecería los honores de la refutación, si no hubiera sido formulado por un hombre cuyo magnífico talento literario tiene una influencia apreciable en América.”
Por su parte, lejos de la lid, Caras y Caretas informaba en septiembre de 1922 la recepción del libro Las horas doradas de cordobés, comentándolo con poco esmero: “De Lugones no es posible, en verdad, decir nada que pueda caber en pocas líneas, como no sea reptir una vez más que es un gran poeta, el más grande quizás de los actuales poetas en lengua castellana. Decirlo es, como se ve, bastante fácil; demostrarlo, sería largo y sobre todo aburrido, porque todo el mundo está convencido de ello, y quien no lo estuviese, no tiene sino que leer Las horas doradas.”
Ya para cerrar, otra breve mención a Lugones en Caras y Caretas, en diciembre de 1922, afirmaba de él, bajo una fotografía suya: “No como las flores en el campo, sino como las chispas de oro al choque del yunque y del martillo, brotan los versos de nuestro poeta máximo tanto como fecundo.”
La mención a la herramienta propia del trabajo manual no la muestra movida por el brazo del herrero, sino por el de un intelectual de tintes cada vez menos rojos y de color cada vez más acorde con el de las camisas negras de las milicias paramilitares del fascismo italiano.
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Caras y caretas cordobesas
En 1919 y en 1920 aparecían en el semanario escasas citas del nombre de Lugones, entre ellas un poemas suyo y otras menciones que no lo tenían como tema central. Corrían tiempos donde la agitación social hallaba lugar puertas adentro de la Argentina.
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