El acuerdo Mercosur-UE y la demagogia
Por Javier Boher
rjboher@gmail.com
En Harry Potter y la Piedra Filosofal, Albus Dumbledore otorga diez puntos extra a Gryffindor por la acción de Neville Longbottom. Al reconocer el mérito dice: “Se necesita mucha valentía para enfrentarse a nuestros enemigos, pero igual de valentía para enfrentarse a nuestros amigos”.
La demagogia es un problema grande para la política, porque resulta tentador decir y prometer aquello que el electorado quiere. Es habitual que los políticos no quieran contradecir a sus votantes para evitar ver reducidas las chances de ganar una elección, muchas veces desdibujándose en el proceso.
El acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea sigue su curso a pesar de las distintas trabas y obstáculos que presentan los actores que se verían perjudicados a uno y otro lado del charco. Los que más objeciones presentan son los que han obtenido beneficios por la protección que les brindó el Estado, aunque también es real que son sectores perjudicados por distintas normativas que complican sus actividades. Tanto los industriales argentinos como los productores agropecuarios europeos tienen argumentos suficientes para oponerse al acuerdo.
El gobierno de Milei no es una derecha tradicional en el sentido en el que habitualmente se expresan las derechas del mundo: es globalista antes que nacionalista, promoviendo una apertura comercial que implícitamente afirma que el intercambio con los otros es algo bueno. Esa visión choca fuertemente con los discursos como el de Trump, que exaltan los valores de cerrarse para proteger un supuesto purismo social, económico y cultural.
En ese grupo de derechas europeas que se parecen a las izquierdas bolivarianas de Latinoamérica están algunos de los aliados y amigos de Milei, como VOX y ciertos sectores del Partido Popular español, que salieron a respaldar a sus productores agropecuarios.
En todo el mundo es el campo el sector que más defiende las tradiciones del país. El ritmo de vida, junto la soledad o el aislamiento, contribuyen a que se le tema al cambio. En el caso europeo, además, se suman la reacción a los procesos inmigratorios (con un impacto mucho más urbano) y la lógica preocupación por las distintas reglas con las que se va a competir, con productores mucho más limitados por regulaciones ambientales que en Sudamérica no existen o no se aplican.
Aunque la evidencia recopilada a través de años de integración económica demuestra que el comercio entre países es bueno, todavía hay muchos detractores de la idea, esbozando argumentos variados en los que se mezclan pérdida de puestos de trabajo y capacidad productiva ante un eventual escenario de crisis.
El mundo sigue su proceso de cambio geopolítico en donde las superpotencias profundizan las tensiones y enfrentamiento, pero donde no necesariamente hay que sucumbir a esa lógica. El acuerdo entre Europa y Sudamérica podría presentar una oportunidad para brindar cierta autonomía a los países que integren el bloque, lo que significa mayor soberanía para plantarse ante un escenario de polarización entre Estados Unidos y China.
Sin embargo, para eso es necesario que los políticos tengan la valentía suficiente para escapar de la lógica electoral de actuar y proponer exclusivamente para sus votantes, tomando decisiones que sean mejores para el colectivo y el largo plazo, a pesar de ofender y molestar individualmente y en el corto plazo. Para ganar no hace falta gustarle a todos; alcanza solamente con sacar un voto más que el segundo. Para gobernar y asegurar un proceso sostenible en el tiempo hay que romper esa trampa de decir lo que los votantes quieren y pasar a hacer lo que los países necesitan.