Politi-therians
Argentina está sacudida por una nueva tribu urbana que se pretende género, todo un tema para el discurso público
Por Javier Boher
25 de julio de 2025, 16:39. “Mi hija tiene una compañera que es therian, cosa que no sabía que existe. Básicamente se cree que es un gato y anda en cuatro patas por la escuela.
Estoy a punto de convertirme en un Raúl que pide que vuelva el servicio militar”. Sin saberlo, con ese tuit de hace siete meses me estaba adelantando al tema del verano argentino, los therian. En todo este tiempo de escuchar las lecciones de mi hija ya me siento un experto.
La cuestión básica es que se trata de personas (más que nada adolescentes, gracias a Dios) que se sienten animales. La pelea de los therian es para que los reconozcan como una identidad, una especie de género. Algunos son perros, otros gatos, hay un video de uno que se cree víbora y seguramente habrá otros más dando vueltas.
Hay una escuela de therians, tutoriales para saltar o ladrar, diferencias entre therians y furries (los primeros son una identidad, los segundos son un hobby, según se dice en un video) e incluso ya se ven videos de therians peleando como animales. Nunca hay un sifón de soda cerca para separarlos, lamentablemente.
Ayer fue noticia que una madre denunció que un therian mordió a su hija mientras estaba en un estado de personificación animal, un momento en el que *se sentía* perro. Era cuestión de tiempo para que ocurriera, del mismo modo en que nadie debería sorprenderse de que alguien salga con un rollo de papel de diario a defenderse del eventual ataque de alguno de estos personajes.
Este colectivo es una variante más de las famosas tribus urbanas, las que le dan sentido a la vida durante la adolescencia. La búsqueda de la identidad y la necesidad de tener un grupo de referencia con inclinaciones similares hacen lo suyo, agrupando a las personas por gusto y profundizando los rasgos compartidos. No solamente hay que compartir la identidad, también hay que mostrar hasta qué extremos se la puede llevar.
El tema de los Auténticos Decadentes tiene 15 años y se escribió cuando a la tele llegaban los emos y los floggers, pero aplica del mismo modo a los tiempos de hoy: “El tema de las tribus urbanas, Cada uno hace lo que le da la gana, (...) Unos buscan guita, otros buscan fama”, aunque realmente acierta cuando dice “hay muchos que están re chapa”. Esto último es un problema, porque termina siendo difícil separar a los que viven una etapa normal de la vida de los que están en riesgo y pueden arrastrar a otros.
Para completar el cuadro del tuit inicial, el problema más grande de la escuela lidiando con estos casos es que el criterio no es tan claro. No quiero meterme en la vida de la chica que se siente gato, pero no es la única de la escuela, sino que son varias personas que además suman cuestiones como no binarismo, género fluido y todos los lugares comunes del progresismo que satirizó la identidad sexual.
Este tipo de situaciones despiertan conflictos lógicos en el entorno escolar, donde las autoridades no pueden suprimir cuestiones de la identidad de género, pero tambien deben aplicar reglamentos que quedan desactualizados por este tipo de cosas.
La cuestión básica y elemental de la disciplina en una escuela es la aplicación justa de las normas, lo que es imposible en casos como estos: en muchas escuelas los alumnos deben cumplir con uniformes o no pueden usar accesorios o gorras, pero si entran personificando un carpincho, una comadreja o un quirquincho se supone que hay que dejarlos.
Este conflicto además se profundiza por la aplicación dispar de la norma según el docente: mientras los más conservadores piden que los therian no anden en cuatro patas por el aula, los más progresistas rescatan la búsqueda de la identidad de los que se ocultan tras una máscara peluda en su clase.
Seguramente esta será una moda pasajera como las crestas punk, las cadenas metaleras, los batidos de los ‘80, los pantalones caídos de los skaters, los colores oscuros de los emos o los colores de los floggers. La diferencia es que en aquel momento existía un límite que justificaba la rebeldía de quienes buscaban transgredirlo, mientras que hoy no se rebelan contra nada porque no existen los límites.
Para descomprimir un poco la situación me puse a pensar qué animal sería cada político.
Cristina Kirchner me presentó un desafío, aunque quizás se siente pavo real: hizo más carrera por su apariencia, pero -como en la fábula- se esfuerza por que sea por su canto. Tuvo la suerte de que muchísima gente creyó que es bello lo que sale de su boca, así que no recibió el castigo de Hera. Igual terminó como casi todos los pavos reales, encerrada y de adorno, aunque por lo menos no le tocó en una jaula.
Uno podría decir que Luis Juez se identifica con el camaleón, pero eso no sería cierto. Alguna vez se sintió pingüino, después gato o león, aunque muchos creen que hoy también parece gorila. Creo que la identidad animal que mejor le cuadra es la de la cancha, porque lleva toda una vida vistiéndose de gallina una vez por semana.
No sé si vale la pena seguir con otros, porque la mayoría de los de cualquier oficialismo se siente mono o víbora: si no trepan, se arrastran. Ni hablar de los de las oposiciones, que se sienten caniche: ladran como para comerte, pero te distrajiste y desaparecieron.
Después de esto estoy seguro de que alguien me va a hacer saber qué animal seríamos los periodistas que nos reímos de las víboras y los caniches.
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