Mirar al futuro
No quería escribir sobre el tema del feriado de ayer, pero me resulta inevitable. Al final se cumplió el objetivo de la conmemoración del último golpe de estado, el de la reflexión. Todo el fin de semana estuvo lleno de gente discutiendo sobre la dictadura y al final no me quedó otra que dedicarle unas líneas.
La generación de mis padres es la que vivió los ‘70 y la dictadura. Crecí en una familia bastante politizada, por lo que hablar sobre el tema de la dictadura y sus atrocidades era algo común. Esos años anteriores al golpe fueron los del noviazgo de mis padres, por lo que la mayoría de las charlas tenían cuestiones que atravesaban eso que -ya en mi adolescencia- empezaba a ver cómo algo cercano. Cerca de mis padres había desaparecidos, asesinados, torturados, exiliados y todas las consecuencias de aquellos años.
Nunca jamás se intentó exculpar a los militares, pero tampoco se le restó responsabilidad a los que estaban del otro lado, porque había historias que los involucraban a todos.
En mi escuela también se hablaba mucho del tema. Los profes tenían la edad de mis padres o un poco menos, la generación que vivió los ‘80 y el sueño democrático del alfonsinismo. Me tocaron pocos profes de los ‘90, pero para eso ya tenía a mis hermanas, que son de la generación de H.I.J.O.S., los escraches a los responsables de la dictadura y una militancia que tomaba inspiración en los ‘70 para quejarse de lo malo del menemismo.
A mí me tocó ser un joven de los 2000, en la época en la que toda nuestra vida se convirtió en discutir la dictadura. Una forma de desacreditar a cualquiera era preguntarse qué había hecho durante aquellos años, obviando que grandes figuras del kirchnerismo habían trabajado para los militares (como Alicia Kirchner, Eugenio Zaffaroni y Horacio Verbitsky).
Se descolgaron los cuadros, se incorporó el feriado y se institucionalizó una marcha que se convirtió en un rito político para sostener la retórica de un gobierno que necesitaba legitimarse en todo ese progresismo que llevaba un cuarto de siglo herido por la dictadura y el neoliberalismo. Por supuesto que ahí también estaba, agazapada, la izquierda antidemocrática que al día de hoy sigue creyendo que el modelo cubano puede servir para algo.
El gobierno de Milei cambió el foco, pero buscó legitimarse igualmente con algo que pasó hace medio siglo. Sigue siendo una herida importante en la historia de la sociedad, pero no en los términos en los que pretendieron venderlo durante tanto tiempo. Después de la última dictadura la gente se cansó de la violencia. Buena parte de la sociedad civil había confiado en los militares para imponer el orden, pero sus barbáricas acciones los condenaron al desprestigio eterno para dedicarse a la política. Nunca Más no era solo para los militares, sino a una forma de resolución de controversias políticas por medio de las armas.
En estos días me crucé un tuit con una idea que nunca había escuchado. Era sobre el número de desaparecidos. Aunque la evidencia histórica marque un número y la conciencia colectiva marque otro, no creo que deba haber allí un dogma, sino la búsqueda de la verdad (como el reciente caso de las identidades confirmadas por el Equipo Argentino de Antropología Forense). El tuit decía que la diferencia entre los casi 9.000 casos documentados y los 30.000 de la consigna no son una cosa menor, porque hubiese hecho falta un aparato represivo mucho más grande para lograrlo y una sociedad mucho más sádica y comprometida con lo que estaba pasando.
Esto último también tiene que ver con algo que no se suele destacar lo suficiente. Hay diversas estimaciones sobre la cantidad de personas enroladas en los grupos guerrilleros, que varían entre 2000 y 3500. Había menos de 50.000 militares entre las tres ramas de las fuerzas. Incluso con los conscriptos no llegaban a 100.000. Si suena a muy poco es porque efectivamente lo era.
En una casa donde siempre se defendió la democracia esta cuestión del número de involucrados siempre fue importante, porque 100.000 personas en alrededor de 25 millones de habitantes es 0,4% del total de la población. Si bien eran tiempos agitados, los que se pelearon a los tiros y pusieron bombas porque no estaban dispuestos a escuchar al otro eran uno de cada 250 argentinos.
La violencia en los años del gobierno de Isabel Perón estaba desbocada, con todos entreverados en algo que no se sabía bien donde empezaba y terminaba, al punto que en la Argentina de ese momento moría más gente por la violencia política que en el conflicto armado de Irlanda del Norte, uno de los más sangrientos de Europa.
La primera nota que escribí para Alfil era sobre laarcha del 24 de marzo. Era irónica y en tono de humor, así que me valió buenas críticas de parte de los solemnes de siempre. No creo que haya que dejar de recordar la historia, porque estoy seguro de que hay que sacar enseñanzas de la misma, pero en algún momento hay que empezar a mirar para adelante. El mundo está convulsionado y al borde de algo que todavía no sabemos cómo va a ser, pero tenemos todas las condiciones para salir del barro en el que estamos empantanados desde hace muchísimos años, tantos que ya no vale ponerle fecha de inicio. Independientemente de las cuestiones, la inmensa mayoría del país quiere que los chicos aprendan en las escuelas, que la gente pueda caminar por la calle, que el sueldo de los adultos rinda como para poder proyectarse en la vida y que los jubilados puedan tener un retiro digno después de décadas de trabajo. Hay que empezar a discutir cómo vamos a adaptarnos al nuevo mundo para alcanzar esos objetivos en lugar de detenernos todo el tiempo en el mismo punto de la historia.