Perfeccionar el apocalipsis
J.C. Maraddón
Aunque hablar de “el arte de la guerra” pueda parecer un oxímoron, así tituló el chino Sun Tzu un tratado que data del siglo cinco antes de Cristo y que se convirtió en un clásico, más allá del uso que en Occidente se le dio en tiempos recientes dentro del ámbito de la administración de empresas. La antigüedad del texto no ha sido un obstáculo para que, con las sucesivas traducciones al francés y al inglés, pasara a ser material de estudio dentro de los programas de las carreras militares y una referencia que incidió en no pocas batallas a lo largo de la historia.
Por supuesto, las armas que se emplean y por ende el modo de guerrear han ido cambiando del mismo modo que muchos otros aspectos de la vida, como que aparentan no tener nada que ver las maneras en que Estados Unidos e Israel atacan hoy el territorio iraní, con las tácticas y estrategias desplegadas por Napoleón allá por los comienzos del siglo dieciocho. El uso de misiles y drones de enorme precisión gana terreno con respecto a lo que era el combate cuerpo a cuerpo, que tampoco es seguro vaya a desaparecer del todo en lo inmediato.
Sin embargo, hay quienes señalan que las teorías de Sun Tzu están más vigentes que nunca, en especial su consigna de “someter al enemigo sin combatir”, algo a lo que contribuyen las técnicas modernas de manipulación del ciberespacio, con su poder para influir sobre la opinión pública y facilitar así las operaciones bélicas. El engaño y la sorpresa se transforman por ese medio en factores trascendentales en la lucha, tal cual lo hemos presenciado en los conflictos más recientes, como los que ha encabezado la potencia estadounidense desde que hace poco más de un año asumiera la presidencia Donald Trump.
Y es que muchas veces el manejo de la información sigue siendo un arma letal, al punto que no pierde vigencia la frase que afirma que “la primera víctima de la guerra es la verdad”. A las dificultades que se presentaban antes a la hora de determinar cuál de las partes en conflicto había obtenido ventajas, se suman por estos días los ataques puntuales que, de un lado y del otro, provocan daños y víctimas en cuestión de minutos. La maquinaria de la industria bélica, que no en vano ha incentivado el desarrollo científico, está acelerando su evolución a la misma velocidad que otras áreas del conocimiento.
Por eso, debido a la muerte del actor Robert Duvall que lo interpretaba en la ficción, por estos días se ha propiciado el rescate de la figura del personaje del teniente coronel Bill Kilgore, protagonista de una escena inolvidable de la película de 1979 “Apocalypse Now”, dirigida por Francis Ford Coppola. Su monólogo acerca del olor al napalm y la asociación que él hace de ese elemento con la “victoria”, no sólo es uno de los aciertos mayúsculos en la carrera de Duvall, quien falleció hace un par de semanas a los 95 años, sino que además sirvió para sintetizar el carácter de las atrocidades cometidas por los soldados estadounidenses en Vietnam.
Ese bombardeo que incendia una pequeña aldea vietcong, palidece ante las matanzas de civiles que se vienen ejecutando de un tiempo a esta parte bajo brutales justificaciones geoestratégicas, que los líderes responsables ni siquiera se ocupan en esconder. Aquel oficial insano que desparramaba la música de Wagner desde su helicóptero mientras destruía todo a su paso, representa al criminal de guerra de una época en que empezaban a borrarse los códigos vinculados a un “arte” mortífero, cuyo desarrollo actual no ha hecho sino perfeccionar el apocalipsis.